Letanías, cuerpos y cortesías

Diario Manual 1751 PortadaLa catolicidad de antaño procesionaba prácticamente por cualquier motivo, pero lo hacía de manera ordinaria con mayor énfasis entre la Cuaresma y la Semana Santa, como sigue sucediendo hasta hoy en muchas partes. En cambio, ha quedado casi en el olvido un segundo momento fuerte de procesiones: casi al final de la primavera, desde el triduo de la Ascensión hasta la octava de Corpus. Fiestas apenas recordadas, aunque en algunos lugares se han integrado al calendario civil, como ocurre con la Ascensión en la empero muy laica República Francesa.

Mas volvamos a nuestro tema: Los días previos al Jueves de Ascensión eran un momento particularmente importante de procesiones. Recordémoslo con ayuda del Diario manual del Cabildo Catedral de la Metropolitana de México de 1751, cuya portada vemos al margen, disponible en la Biblioteca Digital Hispánica. Era la ocasión para la reunión del cuerpo de la Iglesia a través de sus numerosos cuerpos, con sus símbolos y sus imágenes: “cofradías con sus guiones, estandartes y santos” abrían el cortejo, seguidas por las cruces altas de las parroquias tradicionales de la capital, las de San Miguel, Santa Catalina y Santa Veracruz, la del Sagrario Metropolitano se entiende que iba unida a la propia Catedral. Tras ellas, como correspondía en una ceremonia eclesiástica, en que la jerarquía asciende del frente hacia atrás, venía ya la Catedral Metropolitana en pleno: pertiguero, cruz y ciriales con un medio racionero, acólitos, clero (curas, capellanes, etcétera) y en fin, los canónigos (medios racioneros, racioneros, canónigos propiamente dichos y dignidades) portando sus capas procesionales. Desde luego, podía cerrar el arzobispo en persona: durante siglos el prelado de mayor jerarquía de todo el reino. Al contrario, tras la procesión, vendría la jerarquía que hoy diríamos “civil”, en orden inverso: primero las autoridades, en principio la “Nobilísima Ciudad”, es decir, el Excelentísimo Ayuntamiento de México, precedido por sus maceros, “bajo de mazas” como solía decirse, las que se abrían muchas veces también para la nobleza y particulares “de distinción” que quisieran unírsele.

ChurchSantoDomingoDFMas para representar cabalmente a la Iglesia como cuerpo, hubieran faltado algunos miembros no desdeñables: las órdenes religiosas. No se unían al cortejo de las letanías, pues la procesión se dirigía hacia las iglesias al menos de las más antiguas: en las letanías mayores del día de San Marcos se iba a la iglesia de los dominicos, cuyo estado actual vemos en la imagen. En las rogativas de la Ascensión, el lunes el destino era la iglesia de los franciscanos y el martes la de los agustinos, mientras que la última sólo le daba la vuelta al atrio de la propia Catedral. Las tres primeras eran pues oportunidad para que las comunidades de religiosos salieran en pleno a recibir solemnemente al cuerpo de la Iglesia que venía encabezando el Cabildo Catedral o el arzobispo. Era entonces que los frailes se sumaban, o literalmente “se incorporaban” a la procesión: sus cruces se unían a las de las parroquias, sus prelados a los canónigos, los religiosos escoltaban por los lados. Lo propio ocurría a la vuelta: las comunidades debían “salir a dejar” la procesión, “hasta pasar de una cuadra de calle”.

El triduo de la Ascensión reunía así al cuerpo de la Iglesia local para rezar la letanía de los santos, e invocar a la Iglesia Triunfante para las necesidades corporales y espirituales de la Iglesia Terrenal. El Diario manual lo tenía previsto pero no era particularmente específico, se movilizaba de manera particular a ciertos abogados celestiales en sus imágenes o en sus reliquias. Acaso alguna vez salieron por las calles de la capital alguno de los relicarios que vemos en la imagen, actualmente ubicados en la sacristía de la Catedral.  Las iglesias a dónde estas procesiones se dirigíanDSCF8118 eran además particularmente significativas en la memoria o en las jerarquías locales culminando casi siempre en la más importante: si en México la última sólo rodeaba a la Catedral Metropolitana, en Roma las rogativas iban a las basílicas mayores papales (Santa María la Mayor, San Juan de Letrán, San Pedro del Vaticano).

Representación del orden de la catolicidad tan querido desde la llamada Contrarreforma o Reforma católica, la procesión de letanías menores no era menos un auténtico teatro político. En efecto, era una función en la cual, como las de Semana Santa y otras, una preocupación no menor eran las cortesías, verdaderos actos políticos en los que se hacía visible el poder y jerarquía de las autoridades. No era casualidad que el Diario manual recordara además que cuatro capellanes de coro debían salir a recibir a la “Nobilísima Ciudad”, es decir, al Ayuntamiento capitalino. Recepción que además estaba también particularmente regulada porque a veces podía implicar el uso del agua bendita por aspersión o tomado de la aspersorio por los miembros de los tribunales. Otro tanto podía ocurrir entre los propios cuerpos eclesiásticos, que no por estar formados de graves canónigos, austeros frailes o devotos cofrades estaban menos preocupados por mantener la “representación” de sus corporaciones. Cualquier cambio inesperado o “desaire” era inmediatemente motivo de querella, de largas disputas, de verdaderos conflictos de poder.

Sin embargo, ya lo veremos más adelante este año, era sin duda la procesión de Corpus la que mayor atención concentraba como espectáculo religioso y político por excelencia del Antiguo Régimen.

Un pensamiento en “Letanías, cuerpos y cortesías

  1. LIDIA E.GÓMEZ GARCÍA

    Uno de los artículos más relevantes que he leído sobre esta narrativa procesional. Es decir, en verdad era una narrativa, un discurso, en movimiento. Considero que las pinturas que representan este despliegue de cuerpos sociales caminando juntos en un ritual público, no pueden entenderse sin estas narrativas procesionales. Gracias David por este valioso aporte.

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