Las reliquias del Presidente

Miguel BarragánHace un par de semanas dediqué una entrada a hablar sobre las reliquias en la Nueva España, sin embargo, y en estos días lo hemos constatado, el régimen republicano también ha producido sus propias reliquias. Quisiera evocar en esta entrada un hecho que no por ser más o menos conocido deja de ser interesante: el reparto de las reliquias del presidente Miguel Barragán.

El general Barragán fue, el 1o. de marzo de 1836, el primer presidente de la república que fallecía en el cargo, o al menos a escasos dos días de haber tenido que dejarlo por la gravedad de su enfermedad. Cierto, había el precedente del general Vicente Guerrero, quien había sido fusilado en 1831, pero había pasado un año más luego de que abandonara el cargo de presidente, e incluso había sido inhabilitado por el Congreso. Barragán en cambio, incluso tras su fallecimiento seguía siendo tratado de “Presidente interino de la República”. Se diría que tenía cierta conciencia de la importancia simbólica de este hecho, y al tiempo en que expresaba su devoción religiosa por ciertos templos y comunidades monásticas, aprovechó también para hacer memoria de su extensa carrera, militar sobre todo, que lo había llevado a recorrer varios puntos de la república, dando al mismo tiempo la oportunidad para que se celebraran funerales con la liturgia real (que era la que le correspondía al presidente de la república) y, precisamente, ante una parte de sus restos.

No era un asunto menor. En tiempos de la Nueva España se celebraban por todas partes los funerales de los reyes, pero siempre ante tumbas meramente simbólicas; en cambio, el general Barragán le dio la oportunidad a cuatro lugares fuera de la Ciudad de México de celebrar exequias, no ante reliquias regias, sino presidenciales, acaso ayudando a fortalecer, como se ha dicho en la historiografía a propósito de las ceremonias fúnebres de los reyes, la unidad por entonces particularmente frágil del cuerpo político.

Así, dispuso que sus ojos fueran enterrados en su pueblo natal, Valle del Maíz, en San Luis Potosí; su lengua, en la capilla de la fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz, pues había sido comandante general y gobernador de Veracruz (1824-1828), y sobre todo, porque había estado al mando de la toma de San Juan Ulúa, último reducto español, en 1825. El corazón lo envió a Guadalajara, donde había sido comandante militar, y en fin, sus entrañas las repartió entre las capillas de las religiosas de Santa Teresa la Antigua en la Ciudad de México, y de las capuchinas en la Villa de Guadalupe. Como podrá notarse, aunque ya en esta época existían cementerios extramuros en varias ciudades y villas, no había lugar digno para la sepultura de una reliquia presidencial que no fuera una iglesia.

Precisamente por ello, porque era en las iglesias, con la liturgia católica, que era la única que existía para los funerales presidenciales y porque eran corporaciones eclesiásticas las que debían organizarlos, tocó encargarse del reparto del cuerpo a don Joaquín de Iturbide, encargado del ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos, según consta en el expediente del caso que existe en el AGN (Justicia Eclesiástica, vol. 130, fs. 53-67). Casi sobra decir que todas las corporaciones involucradas lucieron sus mejores galas. Los canónigos de la Basílica de Guadalupe llevaron “procesionalmente con asistencia de todo el coro y con los honores correspondientes” el bote con las entrañas hasta depositarlo con las capuchinas. Por lo que toca a la lengua, “esta parte preciosa del ilustre vencedor de Ulúa” como la denominó el gobernador de Veracruz, luego de estar expuesta por tres días, se le celebraron exequias “con toda la magnificencia posible” por todo el clero de la ciudad. En Guadalajara, el gobernador de la mitra Diego de Aranda salió a las afueras de la ciudad para recibir el corazón, “este precioso despojo”, acompañado del gobernador y del comandante militar, depositándolo en la capilla del Palacio de Gobierno mientras se le construía el sepulcro en la Catedral, “que reuniendo la sencillez y la majestad, puesto a la vista de todos, sirva de continuo para recordar la memoria del hombre ilustre que honramos”.

El avance de la secularización del siglo impidió acaso que algún otro de los presidentes o notables de la época hiciera de sus funerales una empresa nacional similar a la del general Barragán, con producción de reliquias incluida, salvo casos menos espectaculares. Tal vez los más cercanos hayan sido la pierna del general Santa Anna enterrada en el cementerio de Santa Paula o el corazón del general Anastasio Bustamente, depositado al lado de los restos de Agustín de Iturbide en la Catedral de México.

Al respecto, no me queda aquí sino recomendar los trabajos de la profesora Verónica Zárate Toscano, quien ha estudiado con amplitud las ceremonias fúnebres del siglo XIX, y ha dado cuenta de la progresiva disminución de las prácticas religiosas tradicionales. Por ejemplo sus artículos: “Piadosa despedida. Funerales decimonónicos” en Manuel Ramos (comp.), Historia de la Iglesia en el siglo XIX (1998); “Los testamentos de los presidentes del siglo XIX”, en Luis Jáuregui y José Antonio Serrano (coords.), Historia y nación. Actas del congreso en homenaje a Josefina Zoraida Vázquez, vol. II (1998).

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