Las elecciones cofradieras del siglo XVIII

Es tiempo de elecciones en nuestro país, por lo que es siempre oportuna una mirada histórica sobre el tema. Ya una vez, en el año 2010, dediqué una entrada de este blog al tema de las elecciones en las corporaciones religiosas en general, ahora quisiera llamar la atención en particular a las que tenían lugar en las cofradías del mundo hispánico en el Antiguo Régimen.

Tal vez conviene comenzar recordando que por entonces había elecciones y de manera constante en buena parte de las corporaciones que estructuraban la sociedad. Sin duda hoy todos los historiadores lo tienen presente, el término elección significaba ante todo la renovación de una autoridad y no implicaba un procedimiento específico (podía ser escrutinio, por sorteo, por compromiso o por una manifestación de la voluntad divina expresada en un voto unánime). Sería pues, un anacronismo decir que no había elecciones entonces, sólo porque el procedimiento no era el mismo que en nuestros días, como lo es también pensar que esas corporaciones sólo porque había elecciones eran ya un precedente de nuestra contemporánea democracia. Empero, es cierto que mucho influyeron en la construcción de los procedimientos electorales liberales: una buena historia de las elecciones, no podría dejar de analizar con detalle las prácticas, por ejemplo, de las repúblicas de indios, que sí que elegían anualmente a sus autoridades, o las de corporaciones religiosas de seglares como las que tratamos aquí. En cambio, sería tal vez un tanto inútil remontarse hasta las civilizaciones prehispánicas, cuyos regímenes, por definición eran distintos a los de la civilización occidental.

Dicho lo cual, pues, repetiré lo que escribí en 2010: en las constituciones cofradieras estaba normalmente previsto que cada año, después de la fiesta patronal de la corporación, se reunieran los hermanos en cabildo y eligieran nuevos oficiales. Los procedimientos concretos eran de lo más variado, en general tendientes a evitar la formación de divisiones entre los cofrades y a asegurar la indiscutible validez del acto. Existía, por supuesto, el voto secreto en cédulas depositadas en una urna, como lo practicaba por ejemplo la cofradía de Nuestra Señora de Aranzazu de Puebla, al menos según sus constituciones redactadas en 1782. Las había que confiaban en la autoridad clerical para validar sus resultados, como la sacramental de Tizayuca, que en 1739 disponía que los cofrades votaran para elegir al mayordomo, rector y diputados al oído del cura párroco, en quien confiaban para hacer el cómputo de los votos. En cambio, hasta donde he podido ver, el sorteo no parece haber sido una de las prácticas electorales comunes de las cofradías, lo era más bien una suerte de compromiso: el escrutinio previo. Un buen ejemplo es la cofradía de Jesús Nazareno de Veracruz, que disponía en sus constituciones de 1770 la celebración de una junta particular de oficiales para establecer en ella a los candidatos a la elección, de manera por completo secreta, desde luego. Al otro lado del Atlántico, en la siempre cofradiera Sevilla, tal era el procedimiento más extendido: los hermanos eran convocados más bien para validar o rechazar la lista presentada por los oficiales actuales, utilizando por lo común unas bolillas negras o blancas.

Conviene destacarlo, las elecciones cofradieras eran por lo común enmarcadas con ceremonias religiosas, destinadas a pedir la inspiración divina para garantizar el acierto en ellas, o para dar gracias al Cielo por su correcta celebración. Así, en las cofradías del escapulario del Carmen se rezaba el Veni Sancte Spiritus antes de comenzar la elección; en la del Señor de la Coronación de Real del Monte se invocaba también al Espíritu Santo con una oración y se cantaba un Te Deum al finalizar. Había también Te Deum en la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí y en la sacramental de la parroquia de Santa Veracruz de México, mientras que en la de San Francisco Xavier de la misma capital rezaba el Veni Creator al inicio y una Salve al final. Ya a principios del siglo XIX, los cocheros del Santísimo de la parroquia de San Sebastián de México, establecerán directamente una misa de Espíritu Santo antes de iniciar el cabildo de elecciones. En ello se parecían a la cofradía de los sastres de Sevilla, la de Nuestra Señora de los Reyes, que ya desde 1788 tenía por constitución una misa semejante antes de su cabildo de elecciones. Cabe decir, algunas cofradías sevillanas extendían estas oraciones e invocaciones a todos sus cabildos, como la Orden Tercera de Siervos de María de los Dolores, que rezaba también el Veni Sancte Spiritus.

Ahora bien, no por ceremoniosas y cuidadosamente planeadas en las constituciones las elecciones tenían lugar de manera pacífica y completamente armoniosa. En Sevilla, por ejemplo, el cabildo de elecciones de la hermandad del Santo Cristo de la Salud de la parroquia de San Bernardo era especialmente vigilado por las autoridades eclesiásticas en virtud de algunos “alborotos y disensiones”. En noviembre de 1787, el párroco Cristóbal García Marmolejo escribía a la mitra sevillana dando cuenta de que en efecto, en la reunión de principios de ese mes, se habían escuchado “alguna conmoción”, “varios campanillazos y ciertas amenazas uno a otro con darle bofetadas, de mandarse en mala hora y otras”, que lo habían obligado a hacerse presente para imponer el orden. De este lado del Atlántico no he encontrado por ahora testimonios directos de conflictos electorales en las cofradías novohispanas del siglo XVIII, por lo que dejaremos pendiente el tema por ahora. En cambio, me interesa cerrar destacando que en algunos pueblos las elecciones cofradieras terminaron junto con la centuria: en las de españoles de Orizaba comenzó a introducirse la costumbre de que fuera el párroco quien designara a los mayordomos, en las de Lagos, las elecciones desaparecen incluso en cofradías de indios como en la de Purísima Concepción del pueblo de Moya. Símbolo posiblemente de que el clero reforzaba su participación directa y su control en la vida religiosa de los pueblos, las elecciones cofradieras fueron así perdiendo importancia en el siglo XIX, cuando además aparecieron unas elecciones nuevas y no menos apasionantes, las propiamente políticas en el sentido moderno.

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