Laicidad en plural

Sept LaicitesJean Baubérot, Les 7 laïcités françaises. Le modèle français de laïcité n’existe pas, París, Éditions de la Maison de Sciences de l’Homme, 2015, 173 pp.

Autor ya bien conocido por su extenso trabajo sobre el tema de la laicidad, Jean Baubérot, profesor emérito de la École Pratique des Hautes Études, presenta, como ha hecho en otros textos, un posicionamiento original frente a los debates contemporáneos sobre el lugar de la religión en el país galo. Su obra, indispensable para quienes nos dedicamos a estos temas, consta ya de más de una veintena de títulos, en los que ha venido explorando, no sólo la definición de la laicidad y sus problemas actuales, sino que se ha situado en perspectiva histórica, analizando de manera particular la construcción de la ley de separación de las iglesias y el Estado de 1905, todavía vigente. Hombre de tradición protestante, pero que se sitúa desde una perspectiva metodológica del todo agnóstica, alejándose de las tomas de posición simples, su trabajo en más de una ocasión no ha dejado de ser, incluso, provocador en algún sentido. Sirva de ilustración el título de una de sus obras de 2008: La laïcité expliquée à Nicolas Sarkozy et à ceux qui écrivent ses discours.

Justo el breve ensayo que reseñamos aquí comporta también originalidad y provocación, ya desde el subtítulo. En una época como la nuestra, en que los medios franceses no dejan de hablar de la especificidad del “modelo francés de la laicidad”, Baubérot ha tenido a bien agregar como tajante subtítulo a este libro “El modelo francés de laicidad no existe”. Frente a los debates de los últimos años sobre adjetivar o no la laicidad, el autor nos muestra que, de hecho, en Francia han existido, al menos desde la época de la discusión de la ley de 1905, múltiples laicidades, muchas veces contrapuestas. Además, una segunda línea fundamental del libro es mostrar el surgimiento de “nuevas laicidades”, sobre todo de derecha. Esto es, se trata de una obra que ayuda a explicar de qué manera la laicidad ha llegado a formar parte en nuestros días del discurso de la extrema derecha francesa, el renovado Frente Nacional de Marine Le Pen. En fin, por si fuera poco, el propio contexto en que se ha publicado la obra, unos dos meses después de los atentados contra el semanario Charlie Hebdo y del supermercado Hypercacher, le agrega todavía mayor interés a su análisis.

Ahora bien, el lector no encontrará aquí sino una obra académica, de actualidad por su contenido, pero no por seguir la perspectiva de la actualidad periodística, que critica con acierto. La obra se estructura en cuatro partes, las tres primeras para exponer los siete modelos de laicidad a que alude el título, y la última para una serie de reflexiones sobre el segundo eje que hemos mencionado. En términos metodológicos, es de interés resaltar el rescate del autor de los “tipos ideales” de Max Weber, que le sirven para la construcción de los modelos de laicidad, que organiza a partir de cuatro elementos: la libertad de consciencia, el principio de no discriminación, la separación Iglesia-Estado y la neutralidad del Estado y de los individuos. De manera sistemática cada capítulo contiene un apartado en que se identifica el “núcleo duro” (noyau dur) de cada modelo, a partir de la forma en que se declinan esos cuatro elementos en sus principales representantes. Ejercicio de abstracción, pero que se deslinda explícitamente de todo “sustancialismo”, no deja de ser, sin embargo, una elección metodológica muy particular aunque con la ventaja de la claridad.

No vamos a entrar aquí en los detalles, baste decir que se presentan así, sucesivamente los diversos modelos de laicidad. Primero, las laicidades vencidas con la ley de 1905: la antirreligiosa, la que identifica una “verdadera libertad de consciencia” con la emancipación de la religión; segundo, la galicana, que limita la libertad de consciencia, le interesa poco la separación y hace énfasis en la neutralidad de las instituciones. Vienen enseguida las laicidades victoriosas en 1905: las separatistas, que en cambio ponen el énfasis en la libertad de conciencia; si bien el autor distingue entre quienes la consideran un derecho individual y quienes le conceden una dimensión colectiva, con lo que divergen en el tema, importante en ambos modelos, de la neutralidad del Estado. En fin, las “nuevas laicidades”: la “abierta”, originada más bien en medios “creyentes”, que pone el acento en la libertad de conciencia como libertad religiosa, implicando matices en la separación, la neutralidad y la no discriminación. Todos estos modelos, desde luego, ameritarían comentarios comparativos con el caso del mundo hispánico, pero eso va más allá de los límites inherentes a una reseña breve como la que aquí presentamos. Digamos empero que todos esos modelos resultan de alguna forma “reconocibles” para un lector mexicano.

En cambio, se diría que la verdadera originalidad francesa se encuentra en el sexto modelo: la “laicidad identitaria”, que se desarrolla en el ámbito de la derecha y la extrema derecha. Haciendo abstracción de la historia, se integra la laicidad a la “identidad francesa” como un medio para el combate a la migración y en concreto, al ascenso del islam. En este caso, la neutralidad pasa de las instituciones a los individuos y se favorecen la discriminación y la desigualdad. En fin, el séptimo modelo de Baubérot corresponde a la “laicidad concordataria”, la de las regiones de Alsace-Moselle y ciertos departamentos de Ultramar (Mayotte y Guyana en particular) donde no está vigente la ley de 1905. En consecuencia, los cuatro elementos de la laicidad se encuentran mayormente con limitaciones. Para el lector hispánico no deja de ser interesante que un régimen legal tan particular como el de Alsace-Moselle, enclave de leyes que datan del siglo XIX, pueda ser considerado también como un régimen de laicidad. Si el sexto modelo más bien resulta extraño, el séptimo en cambio pareciera reconocible, pero no es fácil decir si en español lo llamaríamos laicidad.

En fin, en el penúltimo capítulo Baubérot retoma su teoría de los tres “umbrales de laicización”, como los ha denominado en otros trabajos. Lo más interesante es la relación que se establece entre esos umbrales y los ideales de la Ilustración, cuyo ascenso favorece el segundo umbral, y cuya decadencia constituye el marco del tercero: la laicidad se convertiría en un recurso para “reencantar” unas instituciones incapaces de cumplir las promesas del progreso. En buena lógica, la obra termina con un capítulo dedicado a la reflexión sobre el “comunitarismo” y la “emancipación” individual. Más allá de la memoria de una “Francia republicana”, integral y laica, que en realidad nunca existió, el autor recuerda que existían en efecto comunidades diversas (católicos, comunistas) que hoy se debilitan, al mismo tiempo que ascienden relaciones intercomunitarias basadas sobre todo en la victimización. Moderado al final, Baubérot concluye proponiendo la recuperación de lo simbólico, comprendido a través de una “inteligencia racional”, y con la pregunta de cómo la laicidad puede todavía ser factor de innovación. Por nuestra parte, no deja de ser interesante en estas últimas páginas, sobre todo la valoración negativa que, de manera al menos implícita, formula el autor sobre la obsesión por la memoria de las últimas décadas. Esas memorias cada vez más fragmentadas e insistentes en la recuperación de los sufrimientos del pasado, parecieran ahora contribuir a la incapacidad de comprenderse en el presente.

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