La voz de los sacerdotes de Orizaba

En el siglo XIX una frase constantemente repetida por los publicistas católicos era que “no hay culto sin sacerdotes”. En efecto, desde al menos el siglo XVI, el culto católico, además de adquirir unos fastos cada vez más espectaculares, se centra cada vez más en la figura del sacerdote, quien se convierte así en su verdadero protagonista. De manera cotidiana, pero también en las grandes ocasiones, el clero se distinguía por portar ciertos ornamentos, por realizar ciertos gestos litúrgicos, y sobre todo, por elevar su voz sacerdotal para celebrar, bendecir y para exorcizar incluso; pero también su voz profética para predicar e incluso su voz de gobernante para corregir. La villa de Orizaba en el siglo XVIII y principios del siglo XIX no era ninguna excepción en ese sentido dentro del mundo católico, y pudo escuchar constantemente la voz de sus pastores en las más diversas ocasiones, dejando de ellos testimonios interesantes.

Lo sabemos en principio por las cartas que los obispos hacían circular por la diócesis, la voz gobernante de los párrocos se hacía oír desde el púlpito para “exhortar” a sus feligreses para los más variados fines. Así fue incluso como se transmitieron muchas medidas de la Corona, pues los párrocos exhortaban lo mismo para combatir la producción de bebidas prohibidas que para convencer de que “el execrable vicio del contrabando” era también un pecado. Fuera de sermones y pláticas doctrinales, nos han llegado ciertos ecos de la década de 1770 de la voz de la autoridad de los párrocos Francisco Antonio Illueca y Francisco Olmedo y Araciel. Al primero debieron oírlo con cierta frecuencia los frailes juaninos del hospital de Orizaba, contra los cuales emprendió incluso un juicio por sus faltas en 1771. En este proceso es muy clara la verbalización de la autoridad de Illueca, quien “manda”, “intima” y sobre todo “reprende” la conducta de los religiosos. Su sucesor, el bachiller Olmedo y Araciel, hará otro tanto con las cofradías de indios, para limitar lo que consideraba excesos en el culto de las imágenes de sus santo patrono, San Miguel Arcángel. Lo lamentarán los propios indios en sus documentos, el cura “ordena”, “responde”, “da a entender” con edictos episcopales los límites de la decencia en el ornato, alterando la costumbre.

Desde luego, los sacerdotes subían también al púlpito a predicar. En la villa de Orizaba se escuchaba también la voz profética de los religiosos. A este respecto, los misioneros apostólicos franciscanos eran tenidos por capaces de verdaderos milagros con sus voces. Lo decía con gran asombro el párroco a propósito de la misión predicada en 1778: “sobre haberse sofocado los vicios, refrenádose generalmente las costumbres y exterminádose el lujo y la ociosidad… comenzaron luego a percibirse los suaves aromas de las virtudes, y a admirarse como objeto de edificación cristiana aquellos que lo eran antes de murmuración y escándalo”. Desde luego podía ser también una voz “elocuente” o “elegante”, como en los sermones predicados con motivo de las consagración de las iglesias de la villa y en otras festividades.

Pero tal vez la voz del clero no era más apreciada que cuando actuaba propiamente como sacerdote, como intercesor con lo Divino. He citado aquí en otra ocasión el pasaje, en 1793 un religioso elevó su voz para “conjurar” la amenaza de una nube de granizo contra los campos de tabaco. Ante otros desastres naturales, como contra los temblores de 1819, los orizabeños buscarán también la intercesión de la voz de sus pastores, en ese caso para que cantaran el Miserere al Santísimo Sacramento, implorando su piedad.

Y es que en efecto, los sacerdotes no sólo exhortaban, reprendían, predicaban o conjuraban, sino también y constantemente, cantaban, y lo hacían también con fines devotos. El cronista de Orizaba a finales del siglo XIX, José María Naredo, recordaba así con particular cariño el canto de las Lamentaciones de Jeremías el Miércoles Santo por los padres del Oratorio de San Felipe Neri. “Las melodiosas y concertadas voces de aquellos venerables sacerdotes encantaban el corazón y arrebatando el alma la elevaban a las regiones celestiales”, decía el nostálgico cronista.
Estas voces sacerdotales entonces, en el siglo XVIII, eran “todavía” unánimemente apreciadas por los orizabeños. Mas en el siglo XIX más de uno de los aspectos citados aquí causará debates, lo mismo políticos que de sensibilidades estéticas.

Hoy que es imposible, por cierto, reconstruir idénticamente esas voces, podemos escuchar interpretaciones contemporáneas de algunas obras de la época. Aquí por ejemplo, y ya para terminar, una interpretación que se ha vuelto clásica de las versiones contemporáneas de la música sacra novohispana: las Lamentaciones de Jeremías, aunque no las del oficio Miércoles sino las del Sábado Santo, compuestas por Manuel de Sumaya, maestro de capilla de las catedral de México, primero, y de Oaxaca más tarde. Esta versión procede del disco Mexican Baroque de la orquesta vocal Chantecleer.


Lamentaciones de Jeremías por davidclopez

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