La reforma de los días festivos

Uno de los grandes temas de la reforma religiosa del mundo hispánico desde el siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX fue el tema de los numerosos (desde la perspectiva de los ilustrados primero y de los liberales más tarde) días festivos del catolicismo. Había en ello una crítica religiosa: lejos de ser “verdaderos” días de guardar, eran ocasión de ocio, o peor todavía, de desenfreno a las pasiones. En el siglo XIX, se impondrá además la crítica económica, con ellos se perdían numerosos días de trabajo y disminuía la producción, aumentaba la pobreza, en perjuicio de los propios fieles. No faltaba la crítica anticlerical: eran simplemente pretextos para el clero para aumentar sus ingresos, de nuevo a costa de su propio rebaño.

Conviene decir que el propio clero compartió, durante largo tiempo, una perspectiva semejante, y que hubo grandes obispos reformadores que intentaron emprender reformas, con resultados más bien dispares. Desde luego, en su día, la monarquía católica hizo lo propio. Hay una historiografía importante al respecto, pero creo que la hay menos sobre el primer siglo XIX, cuando el establecimiento en México y en otros países hispanoamericanos de repúblicas en las que el catolicismo era religión nacional, permitió la continuación de la reforma por nuevas vías. Una que tal vez parezca inesperada fue la vía romana. En 1839, el Papa Gregorio XVI, a petición del enviado extraordinario plenipotenciario de la República Mexicana, Manuel Díez de Bonilla, concedió la reducción de las fiestas por el breve Cum Dominici. No conozco, y seguramente es por incuria mía, trabajos que lo hayan analizado a fondo, las circunstancias de su obtención y sus consecuencias. Dedicaré una entrada futura al tema, pero por ahora me parece basta con presentarles aquí el texto del breve, que fue circulado impreso por el gobierno federal, y que tomo aquí de un ejemplar que llegó a la Mitra de Guadalajara, conservado en el

Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, sección Gobierno, serie Santa Sede, caja 1, “Expediente seguido sobre la publicación del Breve Pontificio sobre disminución de días festivos, año de 1839”.

Breve 1839Gregorio Papa XVI.

Para perpetua memoria. Exigiendo urgentemente la salud del rebaño del Señor, que nos ha sido confiada por el Príncipe de los Pastores y Obispo de las almas, que en cuanto nos sea posible, nada dejemos de intentar y ensayar para promover constantemente a todas horas y por todos los medios posibles el bien espiritual de los fieles cristianos, conviene por otra parte, que interpongamos nuestra suprema autoridad en aquellas cosas que sin embargo de estar prescritas para el mayor aumento del culto divino, conocemos que, o se convierten en motivo de ocio y prostitución por el resfrío de la caridad en algunos corazones, o se desprecian no sin remordimiento de conciencia por la escasez de medios para subsistir. De aquí es, que siguiendo las huellas, e imitando el ejemplo de otros Pontífices nuestros predecesores, al prescribir los días festivos, al paso que atendamos a la utilidad espiritual de los pueblos, ocurramos también oportuna y saludablemente a sus necesidades temporales, según las circunstancias de los diversos tiempos y lugares. Sabemos que la frecuencia de los días festivos en el territorio de la América Septentrional que lleva el nombre de México, no sólo no contribuye a que los fieles cumplan con más escrupulosidad el precepto relativo a las cosas divinas, sino que obligándoles a menudo a abstenerse de las obras serviles, se ocasionan muchos y graves inconvenientes, por cuya causa peligra algunas veces su bien espiritual y temporal. Porque, según se nos ha informado, por falta del competente número de Ministros, son pocas, en aquellas vacías y apartadas provincias, las Iglesias en que se celebra el Santo Sacrificio de la misa, y se ejercen las demás funciones religiosas para culto de Dios e instrucción de los fieles en lo concerniente a su eterna salud; de manera que los que están dedicados a la agricultura y cría de ganados, a las minas, oficinas y talleres de artes, no pueden concurrir a ellas sino con gran dificultad y por caminos tal vez intransitables. Por otra parte, es tal la pobreza de los operarios y artesanos, que cuando se les precisa a dejar con alguna frecuencia el trabajo, no pueden sufragar cómodamente a su sustento y el de sus familias, no cooperar bastantemente a la pública utilidad. A esto se agrega también, que resfriado en no pocos de ellos el celo de la Religión y piedad, quieren más bien consumirse en la ociosidad, mancharse con toda especie de vicios, contaminarse con los crímenes y delitos, y dedicarse a proyectar innovaciones igualmente dañosas a la Religión y al Estado. Por tales motivos, el Supremo Gobierno de aquel país, ha cuidado de manifestarnos tan graves males, y nos ha suplicado rendidamente que reduzcamos los días festivos, con la esperanza sin duda de que siendo los fieles más solícitos de guardar las fiestas que quedaren, y removiendo todo pretexto u ocasión de ociosidad que dé entrada a los vicios, se hagan más industriosos para proporcionarse con el trabajo su subsistencia y la de sus familias, con provecho de la Religión y de la República. Nosotros, pues, habiendo considerado todo esto con maduro examen; siguiendo el ejemplo de los Romanos Pontífices nuestros predecesores, que en algún tiempo y caso no rehusaron templar en esta parte la disciplina eclesiástica, hemos accedido benignamente y del mismo modo a dichas súplicas. Por tanto: deseando consultar el bien y tranquilidad de todos los fieles cristianos de la República Mexicana en la América Septentrional, y queriendo dispensarles especiales favores y gracias, y absolviéndolos de cualquiera excomuniones, entredichos y otras eclesiásticas censuras, sentencias o penas impuestas de cualquiera modo y por cualquiera causa que sea, en que acaso hayan incurrido, y declarándolos por la presente absueltos para sólo este efecto; de acuerdo con nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana que entienden en los negocios consistoriales, y con plenitud de nuestra autoridad Apostólica, encomendamos y mandamos por las presentes letras a nuestros venerables hermanos los Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios de la misma República Mexicana, en la América Septentrional, que en virtud de nuestra autoridad Apostólica disminuyan para lo sucesivo el número de días festivos que allí se celebran, y con ellos el precepto de oír misa y de no trabajar en obras serviles, exceptuando todos los Domingos y las fiestas anuales de la Circuncisión, Epifanía, Ascensión, Corpus Christi, Natividad de Nuestro Señor Jesucristo y también los de la Purificación, Anunciación, Asunción, Natividad, Concepción de Nuestra Señora y Aparición de la de Guadalupe; así como el de la Natividad de San Juan Bautista y los de las fiestas de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo y de Todos Santos; guardándose sin embargo el precepto de oir misa en la fiesta del Señor San José, aunque con licencia de trabajar. Igualmente conferimos nuestra autoridad Apostólica a los referidos nuestros venerables hermanos y Ordinarios, para que transfieran los días dedicados a los Patronos de las Provincias, Ciudades y Pueblos al Domingo inmediato siguiente, con tal que en él no caiga alguna de las fiestas referidas; mas en los días de las festividades que se suprimen por virtud de este indulto, declaren a los fieles del todo libres del precepto de oir misa y habilitados para trabajar en obras servirles, bajo la condición de guardar los ayunos establecidos por precepto eclesiástico en sus vigilias, en los días viernes y sábados de cada semana del Adviento, con facultad de comer huevos y lacticinios. Por último, mandamos que por este indulto nada se innove de lo que se acostumbra observar en los referidos días en cuanto a Rito y Liturgia.

Esto es lo que hemos juzgado establecer para el mayor bien de los fieles de la citada República Mexicana, creídos ciertamente de que nada omitirán los mismos fieles para emplear los demás días festivos, que les quedan designados, en la recepción de los Santos Sacramentos, en la meditación de las cosas celestiales, y en sentimientos de piedad y religión. Estas cosas establecemos, concedemos y mandamos, no obstante las constituciones y sanciones Apostólicas, y cualesquiera estatutos y costumbres de las Diócesis de la misma República Mexicana, aunque estén confirmadas con juramento o con la autoridad apostólica, o asegurados con cualquier otra especie de firmeza, y no obstante las costumbres, privilegios, indulgos y letras Apostólicas contrarias, en cualquiera manera concedidas, confirmadas e innovadas, cuyos tenores de todas y cada una, teniéndolos por las presentes como plenamente expresos e insertos literalmente, y dejándolos para lo demás en su fuerza y vigor, por esta vez y para los efectos expresados, los derogamos especial y expresamente, y cualesquiera otras disposiciones que puedan ser contrarias. Dada en San Pedro de Roma, bajo el anillo del Pescador, el día diez y siete de mayo de mil ochocientos treinta y nueve.- Nono de nuestro Pontificado.- E. Card. de Gregorio.

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