La piedad testamentaria de la élite orizabeña del siglo XVIII

Fragmento traducido de la tesis “Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, (Mexique) 1700-1834”, presentada para obtener el grado de Doctor en Historia de la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne en septiembre de 2010. La versión original puede verse en este mismo sitio en la sección correspondiente.

Catedral y el padre Llano 2

Antigua iglesia parroquial de San Miguel de Orizaba, actual catedral.

Como en el caso del capitán Bringas y del regidor Montes Argüelles, las fuentes notariales nos permiten identificar otras prácticas piadosas de los notables devotos, en este caso las prácticas testamentarias. Seguimos aquí, cierto, las prácticas identificadas ya hace tiempo por la historiografía francesa, especialmente por Michel Vovelle, bajo el término de “piedad barroca”[1]. Es interesante abordar el tema pues en el caso de México la obra de Vovelle ha tenido muy escasa recepción en la historiografía mexicanista, a diferencia por ejemplo de la historiografía española, donde los estudios sobre las actitudes ante la muerte han estudiado sistemáticamente los testamentos de varias regiones de la Península[2]. Presentaremos aquí tan sólo una primera aproximación a la piedad testamentaria de la élite de Orizaba, pues veremos sus transformaciones en el capítulo siguiente. Los datos proceden del análisis de las 79 últimas voluntades de que disponemos de entre los 226 miembros de la élite orizabeña de finales del Antiguo Régimen, dictadas entre 1767 y 1829.

En esta época, cabe recordarlo, los testamentos comenzaban siempre con una profesión de fe e incluso una invocación de la Virgen, de San José y del santo patrono del testador como abogados ante el tribunal divino. Enseguida, incluían cláusulas donde se indicaba la elección de la sepultura y de las honras fúnebres, con el número de misas mortuorias[3]. Entre las devociones testamentarias de los notables, la más extendida era sin duda la elección del hábito franciscano como mortaja: la encontramos en cincuenta casos, es decir poco más de un quinto del total. Los notables de la villa actuaban como los más visibles de la sociedad de la época: los nobles. En efecto, el hábito franciscano era también la mortaja más frecuente de la nobleza novohispana de la época[4].

El hábito franciscano permitía a los difuntos ganar las indulgencias propias de los religiosos; sin embargo, uno de los notables orizabeños decidió ir más allá un poco antes de su muerte. Alexandro Fernández era un comerciante originario del reino de Oviedo, pero vecino de Orizaba. Como la mayor parte de la élite de la villa era cosechero de tabaco y fue incluso diputado del gremio en 1771. Previamente había sido administrador de las alcabalas designado por los vecinos (1770), pero sin duda era ya conocido en la villa por ser colector de diezmos desde 1768. Además, tenía buenas relaciones con los otros notables: compadre del regidor Juan Antonio de Cora, amigo de Marcos González, comandante de las milicias de la villa, estaba casado con María Josefa de la Vega, hija de otro comerciante. Mas nos interesa sobre todo porque se reveló como un devoto, en particular en sus últimos días. Cierto, era cofrade del Santísimo Sacramento, y fue incluso mayordomo entre 1768 y 1769. En 1773 una enfermedad lo obligó a dejar todos sus negocios bajo la responsabilidad de su esposa y amigos para retirarse al convento de San Francisco de Puebla, donde profesó antes de morir el 23 de agosto[5].

Los funerales de este comerciante ejemplar retirado al convento fueron espectaculares. Su cuerpo, revestido con el hábito franciscano, fue llevado por “doce pobres” hasta el cementerio del convento de Puebla, acompañados por el párroco, el sacristán y numerosos clérigos, quienes cantaron el responso, como hicieron también las otras comunidades religiosas de la ciudad. Mas Alexandro Fernández no fue el único notable orizabeño del siglo XVIII que designó el lugar de su descanso eterno y sus pompas fúnebres, dos preocupaciones que acercaban a los notables de la villa, de nuevo, con las prácticas de la nobleza del reino[6]. En total treinta y cinco personajes de la élite mostraron ese cuidado. Cierto, es una proporción pequeña en relación al total, pero es significativo que se encuentren entre esta treintena de personas una cuarta parte de los miembros del ayuntamiento, de los que ocho se enterraron en el convento carmelita. Los cinco primeros regidores, por ejemplo, designaron todos su lugar de entierro: reposan hasta hoy en el convento carmelita, en la iglesia parroquial y en la capilla del Rosario[7].

Como en el caso de los nobles estudiados por Verónica Zárate Toscano, hay pocos testimonios de las pompas fúnebres de los notables. Como los habitantes de la ciudad de Puebla, los orizabeños tuvieron la ocasión de ser testigos de los funerales de un regidor devoto: Manuel Montes Argüelles. Comerciante y cosechero de tabaco, Montes Argüelles había sido uno de los vecinos más importantes de la villa. Había ocupado cargos en las corporaciones civiles locales: consejero de la diputación de tabaqueros en 1771, regidor juez provincial de la Santa Hermandad (1767-1774) y más tarde regidor defensor de menores (1774-1785). Había sido también consejero del vecindario para la administración de las alcabalas y procurador del ayuntamiento. Igualmente había ejercido cargos a nombre del rey: correo mayor, comisario real de guerra y recaudador de anatas. El regidor fue también servidor de la nobleza: administró largo tiempo los intereses del conde de Medina y Torres y los del marqués del Valle de la Colina[8].

Tras su muerte, Montes Argüelles fue revestido con el hábito franciscano y enterrado en el cementerio del convento de carmelitas. El entierro, según declaró su hermano, fue hecho “con toda la pompa y esplendor posibles”. Los regidores, formados en cuerpo y precedidos por sus maceros, acompañaron el cadáver de su colega mientras que ese día y los siguientes los clérigos celebraron 155 misas por él y los religiosos carmelitas otras 115 misas. El regidor solicitó también otras 1 600 misas, celebradas más tarde por los clérigos y los carmelitas de Orizaba y los franciscanos de Córdoba.

Mas las pompas fúnebres no fueron suficientes para el fundador de la corporación municipal. Se mostró también caritativo: 100 pesos de limosna fueron distribuidos en su casa el día de su fallecimiento y 700 más fueron repartidos los días siguientes; los pobres de los hospitales de la villa recibieron también 200 pesos en total. Parte de su ropa fue distribuida entre los pobres, mientras que su esclavo Juan Mexía recibía la libertad y el perdón de sus deudas.

El testamento de un devoto incluía siempre una fracción de su herencia dejada para el sustento del culto: para el culto de la Eucaristía Montes Argüelles dejó dos custodias, una para la parroquia, la otra para el convento de carmelitas. Sobre todo, fundó cuatro obras piadosas: dos para las fiestas de Santa Ana y San Joaquín, una para los pobres y una capellanía para los sacerdotes de su familia o los vecinos de la villa[9].

El testamento de Manuel Montes Argüelles constituye el testimonio más explícito de las prácticas devotas de la élite de Orizaba, pero las encontramos también en otros notables. Veamos las misas testamentarias: como los nobles de la época, los notables de la villa intentaron acumular el mayor número posible: cincuenta y cuatro notables del siglo XVIII designaron su número, a veces más allá de las mil misas. Como es costumbre fueron los miembros del ayuntamiento los más notorios en estos temas: además de Manuel Montes Argüelles, nueve regidores y alcaldes se cuentan entre los veintinueve notables que solicitaron más de cien misas.

En la época se buscaba no sólo las oraciones inmediatas de las misas, sino también las oraciones a perpetuidad de las obras piadosas[10]. Éstas eran además la prueba de la solidaridad de los notables con las corporaciones religiosas. Hemos encontrado cuarenta y nueve obras pías y capellanías fundadas por veintisiete notables del siglo XVIII, de los cuales ocho miembros del ayuntamiento. Una vez más, éstos fueron los más destacados pues aportaron la mitad del total de fundaciones. El ejemplo más evidente es el del capitán Diego Bringas de Manzaneda, citado antes como devoto del convento del Carmen. El capitán Bringas fue el primer alcalde ordinario de la villa en 1764 y murió cuatro años más tarde. Además de cuatro capellanías fundadas en el convento de San Juan de la Cruz, estableció otras dos para sus descendientes y una para la lámpara del Santísimo de la capilla de Nuestra Señora de los Dolores[11]. Estas fundaciones constituyen también un testimonio destacado de la diversidad devocional de la villa, pues si bien había imágenes más solicitadas que otras, no hemos encontrado ninguna concentración significativa entre los notables.

NOTAS:

[1] M. Vovelle, Piété baroque et déchristianisation en Provence au XVIIIe siècle, París, Seuil, 1978. Podemos ver también un balance de las prácticas testamentarias a nivel europeo en P. Goujard, L’Europe catholique au XVIIIe siècle. Entre intégrisme et laïcisation, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2004, pp. 48-59.

[2] Véanse por ejemplo las colaboraciones publicadas en Actas, 1984, vol. II, en particular las de Pere Molas (Mataró), Ricardo García Cárcel (Barcelona) y Domingo González Lopo (Galicia), así como las publicadas en C. Álvarez Santaló, M. J. Buxó y S. Rodríguez, La religiosidad popular, vol. II « Vida y muerte: la imaginación religiosa », Barcelona, Anthropos, 1989, en particular las de Máximo García Fernández (Valladolid), Roberto J. López (Asturias), David González Cruz con Manuel José de Lara Ródenas (Sevilla), Juan del Arco Moya (Jaén), y María José García Gascón (Alicante). Para México V. Zárate, Los nobles ante la muerte en México: actitudes, ceremonias y memoria, 1750-1850, México, El Colegio de México/ Instituto Mora,  2000.

[3] Sobre la estructura del testamento véase por ejemplo:  Zárate, Nobles, 2000, pp. 31-33.

[4] Ibid., pp. 231-235.

[5] Archivo Notarial de Orizaba-Registros de Instrumentos Públicos (en adelante ANO, RIP), 1773, fs. 197-205, « Testamento por poder », 17 de septiembre de 1773.

[6] De hecho, según la obra de Zárate, los nobles de Nueva España indicaban normalmente el lugar de su entierro y rechazaban en su mayoría la iglesia parroquial. Zárate, Nobles, 2000, pp. 247-267. Sobre la importancia de los conventos para el entierro de los nobles en España, véase A. Atienza, Tiempos de conventos. Una historia social de las fundaciones en la España moderna, Madrid, Marcial Pons/ Universidad de La Rioja, 2008, pp. 277-285.

[7] Gregorio Frade Reguera y Villamil y Manuel Montes Argüelles en el convento carmelita, Diego Pérez Castropol y Manuel Fernando Martínez en la iglesia parroquial, Juan Antonio de Cora en la capilla del Rosario.

[8] ANO, RIP 1785, fs. 169v-191, « Testamento por poder », 30 de junio de 1785.

[9] Ibidem.

[10] Cfr. Zárate, Nobles, 2000, p. 274.

[11] Biblioteca Nacional de Antropología e Historia-Archivo Histórico de Micropelícula “Antonio Pompa y Pompa”, Archivo de la Orden del Carmen Descalzo (antes Colección Eulalia Guzmán), microfilm 11, vol. 63, « Libro en el cual están asentadas las capellanías y obras pías que tiene el convento de Orizaba… », 1794, capellanías 5, 30 y 48. ANO, RIP 1768, fs. s/n, escrituras del 15 y 16 de marzo de 1768.

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