La Patrona jurada del tabaco

Allá por el año de 1563, en su sesión XXV y última, los padres del Concilio ecuménico reunido en Trento validaron la intercesión de los santos y de toda la corte celestial, y el uso de las imágenes para rendirles honor. Por ello no es de extrañar que el catolicismo de los siglos XVI al XVIII conociera una amplísima proliferación de santos y advocaciones marianas declarados patronos en la intercesión por ciertas causas en particular. Desde las familias hasta los imperios, pasando por las ciudades y las corporaciones tanto civiles como eclesiásticas, a ninguno le faltaba uno o varios abogados en el cielo. Los había especializados contra enfermedades, tormentas, terremotos, inundaciones y toda clase de desastres. Hoy tal vez pueda parecernos extraño esta mezcla de sagrado y profano, pero entonces era una lógica que aceptaban tanto los fieles como las autoridades religiosas. Aquí un ejemplo entre miles que da cuenta de uno de esos patronatos: el de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad para el tabaco de Orizaba.

En la escritura que a0005 (2)parece en estas imágenes, fechada el 3 de enero de 1767 y tomada del registro de instrumentos públicos del Archivo Notarial de Orizaba de ese año, los cosecheros de tabaco dejan muy claro los motivos de su devoción por la Virgen. Gracias a ella, dicen: “han logrado, ya el fecundo riego de las nubes para la germinación de las plantas, ya el exterminio de las nocivas sabandijas que las dañan, o ya el calor contra otros enemigos que las perjudican”. Veían pues, en ella, directamente una protectora del que era sin duda el sustento de su vida material. Viene a bien recordarlo, el tabaco era apenas desde hacía un par de años un cultivo “estancado” por la Corona. Es decir, los cosecheros en cuestión eran, junto con los de la villa de Córdoba, los únicos que podían producirlo, bajo contrato exclusivo con la Real Renta. La protección de las cosechas, por tanto, no era un asunto menor: de ella dependía la subsistencia de los otorgantes de la escritura, pero incluso también los ingresos del rey. Ahora bien ¿por qué expresarlo por escritura pública? Los cosecheros lo asentaron también: “deseando los otorgantes dar, aunque corto, un gratuito reconocimiento a tanto beneficio…” Esto es, la intercesión de los santos, en este caso de la Virgen, obligaba a una retribución formal. Ésta, además tenía la conveniencia de ligar a largo plazo al protector y la causa protegida. Lo dicen también de manera expresa, la escritura es “para vincular en lo futuro un seguro asilo” a sus cosechas.

0004 (2)Como tal formalidad, la del juramento solemne, requiere de la autorización del obispo, la escritura se otorga para conceder los poderes necesarios a dos de los miembros de la corporación de cosecheros a fin de realizar los trámites correspondientes en la mitra de Puebla. El documento no lo dice, pero sabemos que en concreto el patronato será retribuido con lo usual de la época: la celebración de la fiesta de la Virgen. Fiesta que, en la cultura religiosa de la época, significaba una serie de ritos muy puntuales, la misa y los oficios divinos, pero marcados por el barroco sello de la exhuberancia. Un detalle particular, aunque Nuestra Señora de la Soledad se celebra en diciembre, los cosecheros eligieron festejarla en septiembre, con motivo de la conmemoración de los Dolores de la Virgen (15 de septiembre). Los cosecheros no escatimaron en gastos para su patrona. Según la constitución del juramento, cada tercer domingo de septiembre debían cantarse las vísperas por diez sobrepellices. Más tarde, se cantarían también los maitines con doce. Al día siguiente, es decir, el propio domingo de la fiesta, se celebraba misa cantada con diáconos, sermón y procesión, el sermón desde luego predicado por un sacerdote invitado de fuera de la parroquia.

0006 (2)Así, como en buena fiesta religiosa de la época, lo más notorio era la parte sensible de ella: la abundancia de luces y del acompañamiento (los sacerdotes con sobrepelliz) para los ojos; en tanto que para los oídos la música y la oratoria sagrada, e incluso para unos y otros, los fuegos artificiales, aunque expresamente moderados según los documentos. Una religiosidad de la mediación y de la celebración que, se advierte también en la escritura, no era asunto meramente “popular” por así decir. Lejos de ello, los firmantes no son otros que los miembros de la élite local. Los cosecheros, en efecto, no eran tanto quienes producían directamente el tabaco (aunque algunos lo hacían) sino más bien quienes lo financiaban. Negociaban la entrega anual a la Real Renta de una cierta cantidad de tabaco, y acordaban a su vez su producción a través de “aviados”, es decir, otros rancheros de la región que recibían anticipos de ellos para sus siembras. Se advierte desde el inicio que entre los firmantes están los miembros del ayuntamiento orizabeño: los regidores alférez real, depositario general, contador de menores y alcalde provincial, y uno de los alcaldes ordinarios cadañeros. Los títulos militares (capitanes) y el tratamiento de “don” de todos ellos no dejan duda al respecto, como tampoco sus apellidos, algunos de ellos destinados a tener larga tradición en la región. Aparecen los Montes Argüelles, Pardiñas, Couto, Rocha, Romanos, Cora y Llave, quienes seguirán teniendo cargos en diversas corporaciones de la época, como sus sucesores las tendrán décadas más tarde en tiempos de la guerra de 1810 y tras la independencia.

No es de extrañar esa presencia en una cultura religiosa que prefería buscar la formación de élites devotas a partir de las cuales apoyarse para la construcción de un orden católico. En Orizaba en particular esta conjunción entre el tabaco y la religión como prioridades de la élite conocerá un éxito que, dentro de su originalidad, es bien ilustrativo de los ideales de toda una época, y por ello mismo también, de cuánto nos hemos distanciado de ella.

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