La parroquia de los indios de Orizaba

Catedral y el padre Llano 2A lo largo del siglo XVIII, de la segunda mitad sobre todo, Orizaba fue testigo de una rivalidad particularmente fuerte entre sus dos “repúblicas”, en el sentido del Antiguo Régimen de comunidades autogobernadas, la de indios y la de españoles. Una y otra se disputaron constantemente no sólo el control de los recursos, no sólo la jurisdicción sobre personas y abastos, sino sobre todo el predominio en el primero de los espacios públicos de la época, la iglesia principal de Orizaba, la de San Miguel.

Elemento sin duda fundamental del paisaje parroquial, el espacio donde se vive cotidianamente la existencia cristiana, la iglesia se había ido construyendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XVIII, completando poco a poco todo lo necesario para satisfacer correctamente esas necesidades. Y en cada uno de esos elementos, visibles y cotidianos insistimos, los indios de Orizaba veían la huella de su mayor antigüedad y de sus derechos sobre los españoles. Lo podemos ver claramente en una carta dirigida al rey por el cabildo en 4 de enero de 1774 (AGI, México, legajo 1766), así como en los anexos a la solicitud de licencia para la cofradía del santo patrono (AGI, México, legajo 2663), entre otros documentos de diversos archivos.

El edificio mismo era testimonio de sus argumentos, pues habían sido ellos, los indios, quienes habían construido la “suntuosa parroquia”, “desde que se abrieron sus cimientos hasta su total conclusión”. Lo era también su ornato interior y exterior: lo mismo su “famoso presbiterio”, espacio propio del clero, reservado para las celebraciones y costoso en más de 300 pesos (cantidad nada menor para la época); así como la “magnífica portada” de la puerta principal, con las armas del rey rodeadas de los siete arcángeles, uno y otra pagados por antiguos gobernadores de la república de indios. Lo hacían constar asimismo los elementos propios de la vida cristiana, desde su inicio hasta su final: “los indios hicieron con primor a su costa el baptisterio” declararía el antiguo párroco Melchor Álvarez Carvallo en 1773; así como otros dos gobernadores se habían ocupado del cementerio, guarnecido “con ángeles de mampostería”, y del osario, “de cal y canto con su bóveda”.

Por supuesto, aportaron también los elementos sonoros de ese paisaje parroquial: la torre, “muy primorosa” en la que estaba colocada “la campana nombrada San Pedro con que al presente se toca los domingos a la misa”, mandada fundir por los mismos indios. Y más aún, entrando ya al tema del culto, lo mismo habían aportado “un órgano muy decente”, que de manera cotidiana “seis u ocho cantores para oficiar los divinos oficios”.

Así era: el culto divino con las misas, las horas canónicas, las bendiciones, los sacramentos y hasta los sermones, eran otros tantos recordatorios de su predominio en el paisaje parroquial. Ello incluía los púlpitos desde donde se predicaba, no menos que los objetos ceremoniales con los que se celebraba, desde las opas y sobrepellices de los sacristanes y monaguillos, hasta el acetre del agua bendita, y hasta incluso el cajón de cedro donde se guardaban las alhajas y ornamentos, según decir del padre Álvarez Carvallo, habían sido pagados por el común o por los caciques. Más aún en las solemnidades, según confesaba el párroco Francisco Antonio Illueca en 1769, los indios pagaban la iluminación indispensable de esos días: las luces del monumento del Jueves Santo,  las del tenebrario para el oficio de tinieblas, las del Santísimo en Corpus Christi. En fin, los propios actores del ceremonial eran ellos: no sólo los cantores, sino siete sacristanes y dos monaguillos, el campanero y el fiscal, todos designados de entre el común de naturales.

Por ello sin duda, fue en la iglesia parroquial donde se escenificaron algunas de las más duras batallas ceremoniales entre indios y españoles, protestando constantemente los indios su derecho a recibir la paz, el agua bendita y la ceniza de manos de clérigos y como los españoles, no menos que a conservar su banco, el de la república de indios, sin que nadie se les pusiera enfrente. Y para mejor probar su jerarquía, desde 1782 llegaban a la parroquia bajo de mazas, y desde 1787 luciendo el mismo uniforme que los regidores españoles.

Simultáneamente pues, teatro constante de sus devociones y ceremonias, y símbolo de sus derechos, teatro incluso de sus combates con los españoles, la república de indios pasó buena parte del período reafirmando su propiedad sobre la iglesia parroquial, procurando su mantenimiento y exaltando su belleza. Lo repetían ya al final del siglo (AGN, Templos y conventos, vol 17, expediente 3), cuando pedían autorización al virrey para hacer una reparación completa de ella: era, ni más ni menos, que “una de las piezas mejor formadas que se hallan en el reino, de manera que por su capacidad, hermosura y arreglo a las dimensiones del arte de arquitectura es envidiada de todas las poblaciones”.

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