La Misantropía de Munguía

Ahora que por una serie de casualidades he tenido que leer sobre la vida, obras e infortunios (que no milagros) de monseñor Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán y primer arzobispo de Morelia, destacado canonista y controvertido prelado del siglo XIX mexicano, pensé que sería oportuno presentar aquí una obra suya, el poema Misantropía, aparecido en varios períodicos mexicanos hacia 1834. En concreto tomo aquí la versión publicada en Veracruz por El Censor  (tomo 13, núm. 2071 del miércoles 16 de abril de 1834, página 3). Como podrá advertirse desde el título, no es una obra que rebose de optimismo, antes bien pinta un oscuro panorama de la sociedad; cabe advertirlo también, aunque es obra de quien será un príncipe de la Iglesia, no es un poema particularmente religioso, en parte porque fue escrito antes de que tomara las órdenes (1841). Puede paracer paradójico, y confieso que esa ha sido mi intención, presento aquí, en un blog de Historia religiosa, la obra más secular de un personaje célebre por ser asociado con el ultramontanismo católico. Dejemos pues la palabra a este joven (tendría unos 24 años cuando escribió este poema) del siglo XIX, erudito, inteligente pero que revelaba ya su poca afición mundana.

MISANTROPÍA
Lejos de mí los sitios bulliciosos
del negro crimen, detestable asilo.
Lejos de mí la sórdida opulencia,
las ciudades, las cortes, señoríos,
el brillo seductor de los palacios,
donde del hombre la perfidia miro;
do reside el engaño, el disimulo,
de la falsa política el prestigio.
Lejos de mí la sociedad horrible,
albergue propio del fatal delito.
Detesto la presencia de los hombres,
su carácter malvado y corrompido;
la calumnia aborrezco con que siempre
el hombre persiguiera al hombre mismo.
Mi corazón llagado ya no quiere
sino habitar desde hoy solo consigo.
Sólo á la soledad, sólo al silencio
mis días consagraré. Nunca al olvido
he de entregar del mundo los halagos;
los gravaré dentro del pecho mío;
veré en ellos el mágico resorte
de mancillar el pundonor mas digno.
¡O tú, genio sublime! Tú que habitas
los cementerios, los sepulcros fríos.
¡fantasma misterioso! Que contemplas
los escombros y reinos demolidos;
tú que sentado majestuosamente
sobre las ruinas de un imperio antiguo,
cuyas conquistas, glorias y proezas
el tiempo inexorable ha obscurecido,
enseñaste al viajero de la Francia
de la soberbia humana el cruel destino,
donde los hombres ciegos e ignorantes
de sí mismos hicieron sacrificio
¡genio de inspiración! A ti recurro,
presta a mi musa lúgubre tu auxilio.
En medio de esta calma silenciosa,
en aqueste pacífico retiro,
donde absolutamente no se escucha
más que del viento el misterioso ruido;
donde sólo el pájaro nocturno
el lúgubre cantar es percibido;
donde la negra noche no permite
ni aun distinguirme de su manto mismo,
confiar al pincel poético mis penas
y mi cruel existir he pretendido.
Al mundo me lanzó fatal estrella
a sufrir prolongados sus martirios,
para ser de los hombres el juguete
y siempre padecer. Su ardor maligno
con mano emponzoñada y venenosa
arrebató mis ratos más tranquilos;
siempre diestro en el mal, amarga copa
supo hacerme apurar en mi delirio;
nunca la paz amiga y venturosa
fue dado disfrutar al pecho mío;
zozobras, inquietudes y desvelos,
rabiosa agitación le han perseguido.
Desde el punto fatal que en mi apuntara
la luz de la razón, al hombre inspiro
encono detestable, negra envidia,
con que hubo siempre mi placer destruido.
La hermosa primavera de mi vida,
los días de mi existencia más floridos,
con engaños, calumnias, seducciones,
de los que se llamaron mis amigos,
y con golpes y azotes sanguinarios
de mentores tiranos y asesinos,
fueron constantemente perturbados,
no teniendo yo en mi el menor dominio.
Viene la juventud, cobro esperanza
de gozar el placer a mi albedrío;
relucen a mis ojos, de la dicha
y del puro placer algunos visos;
cicatrizan mis llagas prontamente,
y osé creerme feliz ¡o desvarío!
Desvanecióse esta ilusión tan grata,
cual de relámpago el violento brillo;
de la desgracia pavorosa nube
sucede a aquel vislumbre fugitivo,
bien como el velo de la obscura noche
cubre a la exhalación su fuego vivo.
Rompiéronse los diques que opusiera
a mis pasiones el paterno tino;
quiérenme abandonar a los excesos,
combátense entre sí todos los vicios.
La soberbia ejercita fuertemente
sobre las otras fiera despotismo,
conteniendo los ímpetus vehementes
de un amor degradante y abatido;
todos en lucha, en fin, por ser de mí
el objeto entre todos preferido.
En situación tan triste y congojosa,
consuelo en la desgracia al hombre pido.
¡Vana espera! El hombre solamente
de sus viles pasiones poseído,
quiéreme arrebatar en el momento
de la virtud el plácido atractivo.
¡Hombres infames!¡Inhumanos!¡Monstruos!
Vuestra enemiga sociedad maldigo.
Ya me alejo para siempre de vosotros
a los desiertos áridos que han sido
el solo amparo que pusiera al hombre
de los humanos crueles al abrigo.
Allí sepultar quiero mi existencia,
allí solo habitar desconocido.
¡Oh soledad amable y deliciosa!
¡Oh montes solitarios y sombríos!
¡Oh cementerios mudos, custodiados
por el ciprés callado y pensativo!
Vengo a vivir desde ahora con vosotros,
vuelvo a vosotros solitarios sitios;
recibid, pues, desde hoy en vuestro seno
a un joven infeliz. Destituido
de toda la esperanza del consuelo,
abandoné a los hombres, y he venido
a buscar un albergue donde pueda
a mis penas hallar algún alivio.
No quiero más amigo que los montes,
no más habitación que este recinto.
El murmullo apacible de las aguas
del arroyuelo manso y cristalino,
la presencia extenuada y lastimosa
de tristes y desnudos arbolillos;
el ruido melancólico que al viento
hacen las hojas secas del estío;
el cántico amoroso cuanto triste,
con que presagia el cisne su exterminio,
el acento confuso, inconsolable
en torno de las tumbas esparcido,
donde el búho lastimero gime y llora
en la morada humilde, do abatido
yace por siempre de la pompa humana
la cruel soberbia y el orgullo altivo.
Todos estos encantos del sepulcro,
todos estos halagos de los riscos,
de que el hombre siempre huye pavoroso
de un pánico terror sobrecogido,
servirán de consuelo a mis quebrantos;
sí, serán a los menos lenitivo
para el dolor con que los negros hombres
tienen mi corazón tan afligido.

C.M.

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