La Iglesia novohispana y el poder

Francisco Javier Cervantes Bello, La Iglesia en la Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas, Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010, 289 pp.

El seminario de Historia política y económica de la Iglesia en México, esfuerzo colectivo particularmente importante en los últimos años, y del que ya hemos reseñado aquí alguna otra de sus publicaciones, nos ofrece en esta ocasión una obra que, como su título indica, vuelve sobre uno de los temás más clásicos de la historia de la Iglesia: su aspecto económico y político. De hecho, es muy claro el interés de los autores por continuar escrutando las relaciones personales o corporativas que ligaban a los eclesiásticos con las élites de la época, ya fuera gracias a las rentas y a otras imposiciones eclesiásticas, que son el tema de la primera parte, o bien a la política cortesana, muy presente en la segunda. Así, de los nueve capítulos que integran la obra, seis se relacionan, de una forma o de otra, con el tema de la consolidación del poder económico y político en la Nueva España e incluso en el Imperio hispánico en su conjunto.

Cierto, nos encontramos con algunos temas económicos que hasta ahora habían sido poco abordados. El estudio de la profesora María del Pilar Martínez López-Cano sobre la bula de Santa Cruzada viene a atender así una problemática largo tiempo dejada de lado en nuestra historiografía. El artículo da cuenta de las oposiciones que debió vencer su implantación, las dificultades para organizar su distribución, y claro está, nos permite conocer hasta qué punto la bula se convirtió en un ingreso importante para la Real Hacienda.

Además, es de destacar las diversas escalas de análisis que la obra nos ofrece. El artículo de Rodolfo Aguirre Salvador, por ejemplo, constituye un detallado estudio de los intereses en conflicto en las rentas parroquiales de tres modestas doctrinas del arzobispado de México, en el partido de Yahualica. Tiene además la virtud de mostrarnos, no sólo la estrecha dependencia de los eclesiásticos con las actividades económicas de sus feligreses, sino además la multiciplicidad de actores con quienes tenían que competir para sacar de ellas su “congrua sustentación”. A una escala regional mucho más amplia, Elisa Itzel García Berumen, estudia por su parte la participación de los comerciantes zacatecanos en la administración de rentas eclesiásticas de extensos territorios del norte novohispano. En uno y otro caso, las relaciones que se construyen entre seglares y eclesiásticos mezclan constantemente expresiones de religiosidad, de respaldo a las corporaciones religiosas, con el provecho económico y la consolidación del prestigio de las élites.

Teniendo ya como escenario el reino novohispano en su conjunto, esos intereses se mezclan incluso en la propia persona de un alto dignatario eclesiástico, Juan Díez de Bracamonte, estudiado por Francisco Javier Cervantes Bello. Sucesivamente universitario, minero, oidor y canónigo, el autor nos muestra bien cómo fue aprovechando sus vínculos para salir más o menos airoso de sus diversas empresas, traduciendo bien sus recursos sociales en recursos económicos, y construyendo una brillante carrera a la vez profana y sagrada. Desde luego, el tema económico se traslapa constantemente con el político: las relaciones en las cortes de México y Madrid se revelan decisivas en la trayectora del arcediano poblano. Este último tema lo explora también el artículo de Antonio Rubial García, ya no para unos eclesiásticos mundanos, sino para los frailes, formalmente alejados del mundo, pero no menos partícipes de las rivalidades de la corte, de la competencia por cargos e incluso por ganancias económicas. En fin, la escala imperial aparece representada en el trabajo de Enrique González, notable síntesis de la política de Felipe II para la Iglesia indiana, poniendo en esos finales del siglo XVI las bases durables del Real Patronato.

Ahora bien, las últimas tres colaboraciones de la obra son las que abordan temas originales en este contexto, llevándonos por caminos más bien propios de la historia cultural. Historia de las instituciones al principio, con el artículo de Leticia Pérez Puente (bellamente presentado con oportunas citas de Calderón de la Barca), que nos muestra la importancia que tuvieron los concursos de canonjías, no tanto para el Cabildo Catedral Metropolitano, cuanto para la Real Universidad de México. Iván Escamilla, por su parte, dando continuidad a otros trabajos anteriores presentados en obras de este mismo seminario, sigue a una escala trasatlántica los andares de Lorenzo Boturini. Magistral estudio, me atrevería a decir que es más bien una “historia conectada”, que da cuenta ciertamente de las relaciones (a veces harto incómodas) de este particular personaje con poderosos hombres lo mismo del Sacro Imperio, que de Roma y de México, pero aquí la problemática se plantea de manera distinta. El caballero del Sacro Imperio no acumula riquezas con sus relaciones (antes bien terminará acumulando problemas), sino que impulsa ante todo un proyecto religioso: la coronación de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. En fin, ya por completo en el plano de la historia de los rituales litúrgicos, Frances L. Ramos sigue con detalle las competencias entre los cabildos eclesiástico y civil en las ceremonias religiosas, centrándose en el tema de la construcción de su propia legitimidad corporativa.

Obra pues interesante por más de un motivo, renovadora dentro de lo clásico de la mayor parte de sus capítulos, se suma bien a las aportaciones recientes para la historia del catolicismo en México.

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