La física de los repiques: campanas, tormentas y prensa en el siglo XVIII

DSC_0042En 1785, el arzobispo-obispo de Málaga dirigió a sus feligreses una de las más extensas explicaciones de su tiempo sobre el tema de las campanas. Dirigida a recordar los “misterios” de que se hallaban rodeadas, contiene una advertencia contra «algunos autores, especialmente filósofos», que lejos de respaldar los poderes de la campana alejando tormentas, afirmaban que su sonido ayudaba a hacer caer la nieve e incluso atraía los rayos. «Los vehementes sonidos, como son los de campanas o cañones, quebrantan la fuerza de los rayos y tempestades»; esto es, los repiques, literalmente, abrían las nubes, «como que queda el camino preparado para el rayo».[1] Casi sobra decir que el prelado descartó con fuerza estas proposiciones: «deben ser rechazadas y condenadas por erróneas», decía, pues ponían en cuestión  el carácter protector que adquirían en su bendición.

Al otro lado del Atlántico y unas décadas más tarde, en 1803, el obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz Cabañas refería también, en un edicto de tema campanero, a «algunos físicos y no despreciables» que afirmaban que el repique «era la causa de que las iglesias, y especialmente sus torres fuesen muy a menudo heridas de rayos devoradores». Tampoco dudaba el prelado tapatío en sentenciar negativamente esas opiniones. Más radical que su homólogo andaluz, señalaba que iban en perjuicio de la propia Iglesia, «de quien no se puede creer sin sobrada ligereza el que haya acarreado a sus queridos hijos tan terrible e inminente peligro».[2]

FeijooEl obispo Ferrer mencionaba en concreto a dos autores, que no hemos podido identificar aún, el obispo Cabañas era menos preciso. Uno y otro, empero, omitían que era un tema que estaba presente, en primer lugar en la obra de otro eclesiástico de una generación atrás, el padre fray Benito Jerónimo Feijoo. En efecto, como se sabe bien, su Teatro crítico universal, y en particular su tomo quinto (1733), contenía críticas a las campanas en al menos dos de sus discursos. Si en el segundo se dedicó especialmente a poner objeciones a los milagros de la campana de Velilla –concluyendo en una posición moderada, aceptando «una gran probabilidad a la existencia del prodigio»– en el primero trató de manera más radical el tema de los nublados. La potencia de las campanas era discutida por el benedictino a partir de un conjunto de ejemplos franceses: caídas de rayos en campanarios de Bretaña, ni más ni menos que en un Viernes Santo. Aparecen ya en Feijoo dos puntos que se repetirían de forma constante: el recurso a la física y sobre todo, la distinción de la religión en dos niveles, la de las élites y la de los pueblos. «El vulgo, cuya religión es sumamente resbaladiza a la superstición», decía el fraile, explicaba esos rayos en los campanarios como castigo por haber profanado el silencio propio del Viernes Santo, en lugar de reconocer que «el sonido de las campanas obró como causa física en el descenso de los rayos».[3]

Pero a más de la obra de Feijoo, en fechas más próximas a las de los obispos que hemos citado antes, la prensa del mundo hispánico comenzó a hacerse eco de estas críticas, reproduciendo en principio notas que se difundían en los periódicos franceses. En efecto, apenas cuatro años antes de que viera la luz la pastoral del obispo de Málaga, en la corte misma de Madrid, el Mercurio histórico y político de julio de 1781 reproducía una carta que habría dirigido a los curas de Lorraine un fiscal del Parlamento de Nancy, en que se sentenciaba con claridad: «el medio más oportuno para experimentar los funestos efectos de los rayos y centellas, es tocar las campanas cuando la tempestad está sobre la torre».[4] Aunque el texto no lo descartaba de manera radical, sino antes bien trataba con benevolencia la costumbre de «tocar a nublado», se convertía en una «costumbre piadosa» mero llamado a la oración limitado en sus efectos. En cambio, explicaba a partir de los «primeros y más comunes rudimentos de la Física», el sonido de las campanas sólo podía ser efectivo según el tamaño de ellas y cuando las nubes estaban a cierta distancia, pero no al situarse ya perpendicularmente al pueblo en cuestión. Para mayor prueba, presentaba como referencias las Memorias de las Academias, y casos mortales ocurridos en diversas regiones francesas.[5]

El Mercurio de la primera mitad de la década de 1780 continuó publicando notas del mismo tenor. Apenas en el siguiente número, el de agosto de 1781, apareció un segundo testimonio, más elocuente aún, procedente una vez más de la Lorraine y con forma epistolar. Era una carta del fiscal al señor de Tréveray en que daba cuenta de lo ocurrido en Longeville en la fiesta de Pentecostés, donde a pesar de la negativa del clero, los repiques habían continuado hasta que un rayo alcanzó el campanario, dejando al menos 5 muertos y 60 heridos.[6] El relato de nuevo hacía el contraste entre el empecinamiento de los campesinos, encabezados por «testarudos habladores», que insistieron en sonar las campanas a pesar de la negativa del cura y su vicario que eran, en cambio, «hombres cuerdos». La práctica de «tocar las campanas a vuelo», tenida al menos implícitamente por irracional, era separada de la religión gracias a esa distinción: el clero habría ofrecido a los campesinos algo «más prudente y también más piadoso», la oración en la iglesia. El apego a las campanas aparecía así como una «preocupación», prejuicio diríamos hoy, que no podían hacer desaparecer las evidencias físicas, ni siquiera el propio incidente de Pentecostés: «sus campanas tienen virtud de preservarlos de tempestades», habrían repetido al fiscal del señor feudal.[7]

Ante las «preocupaciones», el mismo Mercurio difundió la solución: la intervención, ya no del clero con sus infructuosos exhortos, sino de los soberanos y sus magistrados. En noviembre de 1783 publicaba que las autoridades de Berlín pedían a los consistorios que «en lo sucesivo se abstengan de tocar las campanas en tiempo de tempestad»; en julio del año siguiente reproducía la petición del fiscal y la resolución del Parlamento de París de mayo de 1784 prohibiendo el toque en tiempo de tempestad.[8] En septiembre del mismo año y en octubre de 1786, hubo nuevas notas dando cuenta de la extensión de la prohibición a otras regiones francesas, ilustradas además con nuevos casos de tragedias. De nuevo salían a relucir los argumentos de la física, los casos recopilados en las Memorias de Academias, la crítica de las preocupaciones «que ni aun el peligro inminente de muerte es capaz de destruirlas» y la visión complaciente del origen religioso de un toque que no era sino para llamar a oraciones.[9]

A las denuncias, le sucedieron artículos más eruditos, recomendaciones de obras más amplias, e incluso algunos debates, entre 1786 y los inicios de la década siguiente. El Memorial literario de agosto de 1786 publicaba unas extensas «Observaciones meteorológicas» a propósito de una tempestad con rayos, que culminó en una serie de propuestas de medidas preventivas. La quinta de ellas trató el caso que aquí nos interesa explicando con detalle la forma en que atraían los rayos: «la grande agitación que el sonido de las campanas imprime en el aire intermedio de la torre a la nube […] dispone a la nube a abrirse».[10] Los ya conocidos casos franceses y la obra del padre Feijoo venían a confirmar las afirmaciones del publicista, quien de manera sobria descartaba así la «pretendida virtud física» de las campanas rechazando los rayos; sin embargo, en realidad el objetivo más amplio de todo el discurso no era el desengaño de las supersticiones, sino más bien la explicación del fenómeno de las tormentas en su conjunto. Algo semejante podía decirse de la obra del padre Pellegrino Rini anunciada en el Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa en junio de 1788. Si bien tenía como fin probar «aún a los que no entienden la materia» que «tocar las campanas en las tormentas, y particularmente cuando las nubes están cercas, es muy peligrosa», el índice que se presentaba comenzaba explorando la naturaleza y leyes a que obedecían los rayos.[11]

Diario MadridHasta donde hemos podido averiguar, es hasta 1791 que apareció en el Diario de Madrid una defensa del repique de campanas en las tormentas, basada en la propia explicación física de quienes las acusaban de atraer los rayos. Una carta firmada por Julián de Velasco, dirigida al editor, Pedro Salanoba, y publicada a fines de septiembre de ese año planteaba la pregunta fundamental: «¿qué es comunicación metálica? […] ¿porque los metales sean conductores eléctricos, lo será el sonido que produzcan?»[12] Se entabló así un breve y más bien sobrio debate de física de los repiques: el editor debió contestar que la conducción de la electricidad se daba a través de «multitud de subtilísimas e imperceptibles partículas o moléculas metálicas», desprendidas al aire por el golpe del badajo y lo suficientemente ligeras para ascender hacia la nube. «La columna metálica de átomos» y no el sonido era el transmisor del rayo hacia el campanario.[13]

Mas no bastaron las citas de Feijoo y de los casos franceses –los de Bretaña sobre todo– para convencer a Velasco, quien respondió a su vez con nuevas preguntas, desde luego retóricas: «¿Con qué microscopios podremos percibir estos átomos que la percusión arroja de los cuerpos chocados? ¿Los ha visto nadie en el mundo entero?»[14] Velasco entendía que la electricidad simplemente era atraída por los metales de las torres, no sólo las campanas sino las cruces en sus puntas, y no por el sonido o la percusión de los repiques. Éstos, por el contrario, siendo vibraciones podían generar «algún movimiento de ondulación» que ayudaría a disolver los nublados así fuera de manera mínima. Más aún, Velasco encontraba una nueva utilidad, profana por supuesto, para esos sonidos: la orientación. Debían ayudar a viajeros, pastores y jornaleros a encontrar la dirección de los pueblos en medio de las tempestades nocturnas.[15]

Salanoba insistió todavía, defendiéndose con nuevas referencias de autores, con otros ejemplos de partículas imposibles de ver a través del microscopio, y aunque ya no habló de «comunicación metálica», repitió su afirmación fundamental: «la ondulación del aire, causada por la vibración percusiva del sonido, va abriendo camino» al rayo.[16] Pero más que sus argumentos, su respuesta, así como una carta de un suscriptor publicada días más tarde, ponían el acento en la valoración positiva de la discusión racional, no menos que de la utilidad de los conocimientos de la física, para la ilustración del pueblo a través de la prensa. «Las ciencias naturales y las artes es lo que importa a una nación», decía el suscriptor anónimo, «porque la ignorancia del estudio de la naturaleza confunde al individuo en la miseria, en el ocio y en la corrupción de las costumbres».[17]

En esta discusión ya ni siquiera tuvo lugar la denuncia de la «superstición» de los pueblos, las campanas eran directamente objeto de conocimiento por sus características físicas, ningún misterio las rodeaba, por lo que ya entonces la prensa ilustrada avanzaba en el camino de su secularización.

[1] Ferrer, Manuel, Carta pastoral que el ilustrísimo señor arzobispo obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, 1785, pp. 72-73.

[2] Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, caja 5, exp. 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803.

[3] Feijoo, Fray Benito Gerónimo, Theatro crítico universal o discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes, tomo V, 1773, pp. 121-134 y 371-395.

[4] Mercurio histórico y político, julio de 1781, p. 239.

[5] Ibidem, julio de 1781, pp. 239-244.

[6] Ibidem, agosto de 1781, 348-350.

[7] Ibidem, agosto de 1781, p. 350.

[8] Ibidem, noviembre de 1783, pp. 235-236 y Mercurio de España, julio de 1784, pp. 216-220.

[9] Ibidem, núm. III, septiembre de 1784, pp. 22-23 y noviembre de 1786, pp. 117-120.

[10] Memorial literario, núm. XXXII, agosto de 1786, pp. 497-499, la cita en 497.

[11] Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa, núm. 134, 23 de junio de 1788, pp. 84-85.

[12] Diario de Madrid, 270, 27 de septiembre de 1791, 1085-1086.

[13] Ibidem, núm. 271, 28 de septiembre de 1791, pp. 1089-1091.

[14] Ibidem, núm. 281, 9 de octubre de 1791, pp. 1137-1139.

[15] Ibidem, núm. 283, 10 de octubre de 1791, pp. 1141-1142.

[16] Ibidem, núm. 285, 12 de octubre de 1791, 1149-1151 y núm. 286, 13 de octubre de 1791, pp. 1153-1155.

[17] Ibidem, núm. 288, 15 de octubre de 1791, pp. 1161-1162.

Un pensamiento en “La física de los repiques: campanas, tormentas y prensa en el siglo XVIII

  1. Alfonso

    ¿Es cierto que la Iglesia condenó el pararrayos de Franklin?
    No. Todos lo que afirman esto se apoyan en el ya mencionado historiador Andrew Dickson White. No existe otra referencia ni la hemos podido descubrir. James Hannam, un experto británico en la historia de la ciencia, ha descubierto un trabajo académico sobre este mito. Concretamente un artículo de 1952 del historiador IB Cohen. White estaba en lo cierto al decir que tocar las campanas era una forma popular de “asustar” a rayos y truenos. Sin embargo, se sabía que era una temeridad y a la Iglesia no le gustaba la práctica, ya que la consideraba supersticiosa (ya en el siglo XVII, el cardenal Belarmino la condenó ).
    Los verdaderos problemas que suscitó el invento del pararrayos fueron esencialmente dos. En primer lugar, el funcionamiento del pararrayos no se entendía totalmente, ya que la Física aún había avanzado muy poco con respecto a la comprensión de los fenómenos eléctricos. El nuevo invento tenía que ser conectado a tierra, ya que de lo contrario lo que hacía era atraer al rayo, con consecuencias desastrosas. El desconocimiento sobre este punto y los consiguientes accidentes causados contribuyeron a que surgiera una cierta desconfianza contra el pararrayos. Por ejemplo, George Wilhelm Richmann físico alemán murió por una descarga mientras experimentaba con un pararrayos de su invención. Jean-Antoine Nollet (1700-1770), sacerdote y científico francés, rival de Franklin, escribió una crítica del pararrayos sobre la base de este y otros malentendidos. Cohen reconoce, sin embargo, que “sus objeciones se basaban en preocupaciones científicas.”
    En segundo lugar, fue muy difícil convencer a la gente corriente de que la atracción de los rayos hasta suelo era inofensiva. En cuanto a este punto, Cohen señala que la “lentitud en la adopción de la nueva invención no procedía de la prohibición eclesiástica ni del dogma.”
    ¿Qué opinaba el clero, entonces, sobre el pararrayos?
    El clero dio un apoyo entusiasta al pararrayos. Entre otras razones porque su coinventor fue el sacerdote y monje premonstratense Prokop Divisch. Prokop Diviš fue un conocido científico checo. En el año 1720 entró en el monasterio de los premostratenses de Louka cerca de Znojmo y se ordenó sacerdote. Desde el año 1736 fue párroco en Přímětice, donde en su tiempo libre realizaba experimentos, sobre todo, con la electricidad estática. De la serie de inventos sobresale, sobre todo, su pararrayos a la que llamaba maquina meteorológica. No solo eso: los sacerdotes Giuseppe Toaldo , el ya mencionado Prokop Divisch y el escolapio Battista Beccaria , entre otros muchos clérigos; dieron especial importancia al estudio de la electricidad atmosférica y a la protección de los edificios y casas contra los rayos y relámpagos por medio de pararrayos, y abogaron enérgicamente por su uso. Toaldo , devoto sacerdote católico, fue autor de obras como “Della maniera di difendere gli edificii dal fulmine” (1772) y en monografías como “Dei conduttori metallici a preservazione degli edifici dal fulmine” (1774) contribuyeron enormemente a desechar los prejuicios contra el invento de Franklin y Divisch. Gracia a sus esfuerzos los pararrayos fueron colocados en la Catedral de Siena y sobre la Torre de San Marcos en Venecia y sobre polvorines y barcos de la armada veneciana. El propio Papa Benedicto XIV fue un entusiasta partidario del uso del pararrayos.

    Responder

Comentarios: