La devoción mexicana al Papa

Ahora que se ha publicado el decreto de la beatificación del Papa Juan Pablo II para el próximo 1o. de mayo, que ha sido ampliamente difundida por los medios, y en México especialmente, me pareció oportuno dedicar la entrada de esta semana a la que fue acaso la primera gran muestra de devoción al Sumo Pontífice: la que rodeó al Papa Pío IX en 1849.

Año de las revoluciones europeas, de “la primavera de los pueblos” según una expresión muy clásica de la historiografía, en 1848 varias capitales de las monarquías del continente se vieron sacudidas por sendos movimientos populares, que pusieron en crisis el orden establecido desde el fin del imperio de Napoleón en 1815. Ya desde enero de ese año hubo sublevaciones contra los Habsburgo en el norte de Italia y contra los Borbones en Sicilia, en febrero cae la Monarquía de Julio en Francia instalándose la Segunda República, en marzo la revolución se extiende a los países germánicos incluyendo Viena, mientras que Milán se libera del régimen austríaco y estalla la revuelta en Venecia. Los eventos de Milán llevaron a la guerra de los estados italianos contra Austria, oponiéndose al interior de cada uno de ellos los partidarios de una guerra nacional contra los austríacos y los partidarios del restablecimiento del orden. Largo sería entrar en los detalles de la inestabilidad política que afectó entonces al propio Estado Pontificio, desde marzo en que el Papa Pío IX concede un primer estatuto constitucional y permite la salida de un contingente a pelear contra los austríacos, hasta septiembre cuando nombra ministro al moderado Pellegrino Rossi. El asesinato de éste último en noviembre desencadenó los motines que finalmente obligan al Papa a huir de Roma el 24 de noviembre de 1848, para encontrar refugio en la fortaleza napolitana de Gaeta, mientras que a principios de 1849 el parlamento romano proclamaría la república.

Estos eventos, que a primera vista pueden parecer muy italianos, causaron una viva emoción en todo el mundo católico, alcanzando también a México. Empero, no era la primera ocasión que el Papa se veía obligado a salir de la Ciudad Eterna: Pío VI y Pío VII, los Soberanos Pontífices de finales del siglo XVIII y principios del XIX, se habían visto ya en su día desposeídos de su soberanía temporal por las tropas de la República francesa, que llevaron preso al primero hasta Valence donde murió en 1798, mientras su sucesor estuvo también preso de Napoleón entre 1809 y 1814. Entonces, sin embargo, al menos hasta donde he podido revisar, no hubo la movilización que tuvo lugar en 1848-1849. Me corregirán sin duda mis colegas que conocen mejor los documentos eclesiásticos de entonces, pero al menos yo no he visto pastorales de obispos o mandatos para celebrar oraciones por su causa o para reunir donativos para enviarlos en su auxilio, salvo iniciativas extremadamente puntuales, a las que ya habrá oportunidad de dedicar una entrada.

En cambio, en aquel 1849 el México independiente ofreció incluso, en una célebre carta a Pío IX, firmada el 12 de febrero de 1849 por el Presidente José Joaquín de Herrera, recibir a él o a sus sucesores, que contarían en México “siete millones de hijos llenos de amor, veneración hacia su persona y que tendrían la ventura de recibir inmediatamente de sus manos la bendición paternal”. Al presidente siguieron los obispos, en variadas expresiones de lealtad y con ofertas de donativos. En la misma fecha que la del mandatario se expidió también la carta de Juan Manuel Irisarri, vicario capitular del arzobispado de México, remitiendo a Roma donativos de 14 conventos de monjas de la capital. Tres días más tarde, el obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, le ofrecía al Papa “el amor de todos los fieles, con el respeto de todo el clero secular y regular”, y aprovechando para una declaración oportuna también en política nacional, pues no le ofreció ya todos los bienes eclesiásticos dado que “sólo Vuestra Santidad puede disponer como Soberano de la Iglesia”, sino más aún los beneficios mismos propiedad en particular de los clérigos. La lealtad se acompañó el 22 de febrero con un donativo pecuniario de parte del obispo, cabildo catedral y clero secular diocesano. Algo más retórico, don Antonio Mantecón, obispo de Oaxaca, decía por su parte en esa misma fecha: “querría trasladar insensiblemente la persona sagrada de Su Santidad a este su Palacio de Oaxaca para que descance de sus fatigas, para que recibiese nuestro amor, nuestro respeto y veneración, y para defender su persona, en caso de que los enemigos trajeren hasta aquí su persecución”.

En un tono más sobrio, y escribiendo en latín contrario a sus colegas en el episcopado, enviaron también misivas entre finales de febrero y a lo largo del mes de marzo el obispo de Durango, el abad de Guadalupe y los obispos de Guadalara, de Linares y de Sonora. En su carta del 25 de febrero, el abad hacía un recuento de las oraciones celebradas por el Sumo Pontífice: “augustissimo patente Eucharistiae Sacramento, Missis, hymnis et psalmis, Sanctorum litaniis, et Ecclesiae sacratissimis precibus solemni iam triduo, devotamente persicimus”. Por su parte, don Diego de Aranda insistía en las declaraciones de fidelidad, y no dudaba en sentenciar el 11 de marzo, : “Mexicani omnes catholici sunt”, y más aún “Sedes Apostolicae obsequentissimi filii”. Mas el prelado y su cabildo enviaron más tarde, en abril, una segunda carta, mucho más emotiva (“Oh si Mexicano populo amantissimum in Christo Patrem videre, eiusque pedem osculare!”) y detallando el tema del donativo decretado por el propio gobierno civil de Jalisco, que junto con otros méritos le valieron al obispo los títulos de Patricio Romano, Prelado doméstico de Su Santidad, asistente al Sacro Solio Pontificio y caballero Gran Cruz de San Gregorio.

Más modestos, la carta de fray José María de Jesús Belauzarán, obispo emérito de Linares, se distingue en cambio por ser más bien una larga lamentación de los padeceres del Papa, y al mismo exaltación de su dignidad, en medio de abundantes referencias bíblicas, hasta el punto que el Pontífice era imagen misma de Cristo pues “dicis, sicut ille in Cruce: Pater ignosce illis, quia nesciunt quid faciunt”. En tono algo más nacionalista, don Lázaro de la Garza y Ballesteros, obispo de Sonora, decía en 23 de marzo: “Mexicani populis pietas et religio erga Te, impietatem et inobservantiam contra Te Romani populi superaret”, mientras que José María Guerra, obispo de Yucatán, quien escribió ya en abril, tenía que lamentarse no poder hacer mayor ofrecimiento que su lealtad y oraciones al estar su diócesis afectada por la guerra de castas.

En fin, no sólo los obispos y gobiernos diocesanos enviaron cartas: la hubo también del clero de Jerez, en Zacatecas, e incluso también de corporaciones civiles: Tetela del Oro envió la suya con fecha 14 de marzo, insistiendo el cabildo en el mensaje que reiteran todas estas misivas, en el estilo de la época. Decía: “quisiera hablar con lágrimas más que con voces para manifestar de este modo al mundo entero su adhesión a la visible y suprema cabeza de la sociedad cristiana”. Sin duda, éstas no son todas las cartas ni todas las expresiones de fidelidad al Sumo Pontífice, sería sin duda interesante profundizar en el tema y explorar sus matices y circunstancias, así como su cronología. Las que aquí presento fueron publicadas en su día, luego de la restauración del Papa en Roma por las tropas francesas, en una obra titulada L’Orbe cattolico a Pio IX Pontefice Massimo esulante da Roma, 1848-1850 editada en Nápoles en 1850, y que está disponible por entero en Google Libros por si alguien quiere leer las cartas completas, y aquí dejo por ejemplo la del Presidente Herrera.

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