La cofradía del Dulce Nombre de San Andrés Zautla y la memoria de un milagro

San Andrés Zautla, pueblo cabecera del municipio del mismo nombre, enclavado en el antiguo distrito de Etla, de la región de los valles centrales de Oaxaca, es una localidad célebre por una celebración que tiene lugar cada mes de enero, y que hoy incluso se le conoce popularmente como la “fiesta del caldo”, aunque en realidad se trata de la fiesta anual de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús. Algunos de sus aspectos más característicos pueden verse en el siguiente video.

A decir verdad, desconozco si esta fiesta del tercer lunes de enero ha sido ya estudiada por antropólogos, sociólogos o historiadores; más todavía, por mi parte nunca he asistido a esa celebración, que sin embargo tiene mucho que ver con los artículos sobre cofradías publicados en este sitio, en más de un sentido. En principio, y esto hace de este artículo tal vez el más personal de este sitio web, porque es la primera cofradía de la que tuvo noticia el autor de estas líneas. En efecto, siendo mi familia oriunda de ese pueblo, y dada la movilidad y contacto constante de mis tías con las celebraciones del rico calendario festivo local, fue este caso concreto del que aprendí mis primeras lecciones de tradiciones cofrades, por así decir. Si bien no lo reflexioné sino hasta hace algunos años, nunca tuve necesidad de una lección formal de qué era una cofradía, o de qué se hacía en sus fiestas o cómo se organizaban, pues lo sabía dado que era algo común y constante en las conversaciones familiares. Desde que tengo memoria, he escuchado hablar de quiénes asumen como alcaldes y mayordomos, con la entrega solemne de las varas de los del año anterior; sobre la siembra de las tierras de la cofradía; y claro, sobre la celebración misma, con su convite, calenda, caldo y demás.

Acaso por esa experiencia, desde hace tiempo me extraña siempre que en la historiografía llegue en ocasiones a hablarse de las cofradías como algo completamente del pasado. Asimismo, tal vez dada la organización específica de la del Dulce Nombre, me fue posible entender con cierta facilidad la de las cofradías del siglo XVIII. Los reformadores de esa centuria, tanto civiles como eclesiásticos, acaso reconocerían en la de este siglo XX algunos elementos si pudieran verla, y lo harían tal vez lamentando los límites de su obra reformadora. Y es que si antaño los obispos y fiscales de la Corona lamentaron ya esos que calificaron como “gastos superfluos” y que podían hacer quebrar a los responsables de las cofradías, hogaño no por nada se sigue hablando de asumir el “gasto”, es decir, una fuerte inversión para la fiesta. Los reformadores en Nueva España, además, llegaron a lamentar la mezcla de bienes de cofradías y bienes de comunidad, mientras los obispos incluso hablaron de cofradías como si fueran ante todo unos bienes. Y la del Dulce Nombre, hasta hoy incluso, según entiendo, tiene bienes: tierras que se siembran cooperando entre toda la comunidad. En fin, los reformadores acaso también llegarían a lamentar el uso de un término como “alcalde”, nombre de un juez municipal, es decir, un término que denotaba jurisdicción, para quien es la cabeza de una cofradía.

Desde luego, no quiero decir que la del Dulce Nombre sea una cofradía que date de tiempos virreinales. No la he visto citada en los pocos documentos sobre Oaxaca que he estudiado sobre el tema, y hasta ahora dedicarle tiempo a su historia me ha quedado en apenas un buen deseo esporádico, por lo que sólo puedo decir que su estructura era la práctica común en muchas partes del reino de Nueva España en el siglo XVIII. En cambio, quisiera señalar finalmente que, nuestra perspectiva contemporánea, secularizada, puede caer presa de la apariencia profana de la festividad, confundiéndola justamente con cualquier celebración secular. Es cierto que hoy a la “fiesta del caldo” ya se le califica de mera “tradición”, y que sin duda algunos de sus asistentes contemporáneos pueden dejar de lado las celebraciones litúrgicas. Mas no debe olvidarse, no sólo que el banquete mismo ha sido la forma más clásica de celebración religiosa occidental, sino que hasta nuestros días existe una marcada relación de reciprocidad con la imagen del Dulce Nombre. Los responsables de la fiesta la asumen muchas veces como “manda”, pago de los favores recibidos por esa venerada y soberana imagen, e incluso existe en la memoria algún milagro. Caeré de nuevo en el testimonio muy personal, pues se trata del recuerdo de una de mis tías, bien que ya habiendo sido catequista y sacristana, alguna autoridad tiene en las materias del “culto”, que siguen siendo responsabilidad pública (en el sentido más tradicional del término) en San Andrés Zautla.

Relatemos brevemente pues, ya para cerrar, ese sencillo milagro. En tiempos de la Revolución, el tío (porque en los pueblos de la región todo mundo es “tío” o “tía”) Panuncio Martínez (nada que ver, que yo sepa, con el general zapatista), transitaba justamente por las tierras de la cofradía del Dulce Nombre, cuando desde cierta distancia un oficial de alguno de los ejércitos en conflicto dio orden de apuntarle y matarlo. Cabe recordar que la imagen titular representa al Jesús niño que se pierde en el Templo, y en aquellos principios del siglo XX se distinguía por su cabello largo. Habiendo invocado su protección, Martínez se habría salvado porque el soldado se negó a obedecer la orden porque en ese momento advirtió que le acompañaba alguien a quien confundió con una niña por su cabellera larga. Milagro que es memoria y no historia, vale siempre insistir en ello, podríamos agregar que se diría que el “santo”, es decir la imagen, acaso impidió un crimen defendiendo también la su dominio sobre esas tierras que son finalmente destinadas a su veneración.

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