La Casa de Dios

FachadaEl pasado jueves tuvo lugar la conmemoración anual de la consagración de la Catedral de Notre-Dame (la fête de la Dédicace), con ese motivo me parece que oportuno dedicar la entrada de esta semana al tema de la iglesia, el templo, y la Iglesia, la comunidad. El tema ha sido tratado en fecha reciente por el profesor Dominique Iogna-Prat en su libro La Maison Dieu. Une histoire monumentale de l’Église au Moyen Âge (v. 800-v. 1200) (Seuil, 2006) por lo que me limitaré aquí a reseñar brevemente el contenido de dicha obra, monumental como su título indica. En principio, el profesor Iogna-Prat nos muestra que para el cristianismo antiguo el tema de la construcción de templos, y más largamente, la visibilidad espacial de la comunidad, es un asunto largamente secundario. Los cristianos de los primeros siglos se muestran reticentes a la idea de asignar a Dios un espacio concreto, toda vez que predomina la idea de la espiritualización y la interiorización: adorar a Dios “en espíritu y verdad” no requiere de una ubicación física especial, más aún cuando diversos pasajes de los Evangelios y de las Epístolas paulinas insisten en que son cristianos mismos las nuevas “piedras vivientes” del Templo.

Testimonio de ello es la multiplicidad de términos para referir a sus lugares de reunión:  locus, conuenticulum, ecclesia fabrica, que comienza a utilizarse para designar el patrimonio material de una comunidad, domus Dei, y desde luego templum. Se trata al inicio de lugares comunes, pues hasta el siglo VI no hay ningún ritual de consagración especial. En cambio, existe un primer reconocimiento de la importancia de esos lugares, en el terreno del derecho civil que les concede un status de excepción desde el siglo IV, y luego, progresivamente entre los siglos V al VIII, serán las reliquias de los santos las que comenzarán a “santificar” el espacio y a organizarlo jerárquicamente.

Capilla de la Corona de EspinasEl altar, sobre el cual se celebra a Cristo, y bajo el cual reposan las reliquias de los mártires, adquirirá un estatuto superior y reservado, propio de los sacerdotes, respecto al espacio reservado a los fieles. A lo largo de este período, la iglesia-edificio comenzará a distinguirse por lo que en su interior “se hace, se dice, se ve” (que sin embargo no es exclusivo de ese lugar): los sacramentos, la predicación y el canto, la decoración basada en inscripciones tomadas de pasajes bíblicos.

Fue hacia el siglo IX, con la construcción del Imperio de Carlomagno, que la situación comienza a cambiar. El emperador y sus colaboradores iniciaron una gran empresa de construcción de la sociedad, que desde luego no puede sino basarse en principios religiosos. Así, bajo su reinado comenzarán esfuerzos lo mismo por rescatar el derecho eclesiástico, unificar la liturgia, y sobre todo por definir mejor la distinción entre clérigos y laicos, una discriminación que comenzará a afectar la organización del tiempo y el espacio. El templo es a partir de entonces un espacio definido como sagrado y al que los fieles deben el máximo respeto. Tal definición requería una justificación doctrinal, en torno a la cual discutieron ampliamente los teólogos de la época (siglos IX-XI). En ellos aparece formalizado el sueño de los emperadores carolingios de un imperio formado a imagen de un cuerpo jerarquizado de miembros con funciones complementarias, retomando para ello la metáfora de la comunidad de fieles como “cuerpo de Cristo” de las epístolas de San Pablo.

Nave centralLa iglesia-edificio no será entonces sino la representación monumental de esta concepción, la de una Iglesia como “institución total”, en la cual se distingue claramente el coro domus Domini) y el “resto del cuerpo de la iglesia”, lo que más tarde se llamará la nave.

En esta eclesiología, cada vez más elaborada y compleja, se requirió además de un amplio desarrollo litúrgico en torno a los grandes personajes de la época, las “cabezas” del cuerpo social: el emperador, el Papa, los obispos. Desde luego, el edificio mismo recibirá una liturgia particular: la consagración. Asimismo, se desarrolló una amplia “topografía eclesiástica” de polos y circuitos jerarquizados entre sí: la parroquia, la diócesis, el Imperio, la Cristiandad. A nivel local, la iglesia-edificio articulará también esa topografía jerarquizada desde cuando menos el siglo X, marcada por la distinción entre la iglesia y el cementerio que la circunda, como centro de una comunidad, la parroquia, que encontrará ahí todos los elementos indispensables para la salvación (los sacramentos) y desde luego vivirá ahí todos los momentos fundamentales de su biografía.

En el curso de estos siglos, no es difícil comprender el motivo, se impondrá el uso de iglesia para designar al edificio, a pesar de la ambigüedad con la Iglesia, la comunidad. Por mejor decir, se impondrá una metonimia entre la iglesia-contenedor (el edificio) y la Iglesia-contenido (la comunidad), cuyo consecuencia evidente será, en tiempos de la reforma gregoriana (siglo X), que para ser parte de la Iglesia (comunidad), es indispensable estar dentro de la iglesia (templo). Un recurso retórico que se impondrá en la representaciones de la Iglesia del siglo X en adelante, recuperando, cierto, representaciones mucho más antiguas de la Iglesia como barca de los apóstoles.

VitralDesde entonces, las imágenes comienzan a mostrar la identificación entre la comunidad y el templo, lugar en que se llevan a cabo los sacramentos, hasta el punto de inscribir también la imagen de la Mater ecclesia (la comunidad figurada como una mujer) en un marco arquitectural. Sobre ese camino se construye progresivamente la personificación de la iglesia, una “santa persona”, un sujeto que tiene sus propios ritos y que recibe un bautismo que se organiza de forma cada vez más imponente. Por su parte, la teología escolástica de los siglos XII y XIII llevará a su término la conjunción entre comunidad y templo, leyendo todas las representaciones arquitéctonicas bíblicas (el arca de Noé, el tabernáculo de Moisés, el Templo de Salomón…) al mismo tiempo como edificios históricos, como marcos indispensables para pensar la comunidad cristiana, e inclusive como marcos de reflexión de la vida personal de los fieles. Así, las grandes iglesias góticas de esta época, muestran por doquier representaciones, no sólo del conjunto de la sociedad de la época, sino de la historia sagrada toda, y de la Creación en su conjunto inclusive, bajo marcos arquitecturales.

 Pentecostés en el BautisterioEn fin, ya para la época de la Reforma, cuando no cabe ya duda en el catolicismo de que la iglesia es el lugar indispensable de la vida de la comunidad y la dispensadora de los medios de salvación (los sacramentos y la palabra de Dios), los fieles son además invitados a la oración, la meditación e incluso la contemplación en los grandes retablos y en los magníficos cuadros de las iglesias renacentistas y barrocas. Una meditación guiada por textos espirituales de los grandes místicos de la época, en las cuales la mirada hacia el interior del alma está profundamente marcada por una construcción arquitectónica que no es otra sino la de la Casa de Dios, la iglesia-edificio.

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