La capilla del Rosario de Orizaba

Catedral y parqueEl Ilustre Ayuntamiento de la villa de Orizaba, cabeza de la república de españoles de esa población, se presentaba cada 1o. de enero en la iglesia parroquial, bajo de mazas, para celebrar la misa de acción de gracias con Te Deum después de haber elegido a sus dos nuevos alcaldes ordinarios anuales. Mas la celebración no tenía lugar en el altar mayor de la parroquial, sino en una de las capillas laterales: la de Nuestra Señora del Rosario.

No era ninguna casualidad. Situada en la nave de la Epístola, es decir, entrando sobre la derecha, prácticamente a la mitad de ella (en la quinta bóveda), separada apenas del cuerpo principal de la iglesia, era un edificio de notables dimensiones: su ancho es comparable a una de las naves de la parroquial, teniendo un tercio de su largo, e incluso su cúpula era ligeramente más alta que el cimborrio de la principal. Monumental pues, destacaba también por su ornato. En 1765 los tenientes de cura de la parroquia la tenían como un edificio de “primorosa arquitectura”, adornado con varios retablos valiosos en más de 7 mil pesos, habiendo costado su construcción más de 16 mil.

Es cierto, había sido la obra de una de las numerosas corporaciones religiosas de seglares de la villa: la archicofradía de su titular, en particular de su primer mayordomo, D. Gaspar de Bedriñana, quien entre 1715 y 1736 había reunido lo necesario para su construcción. En ella, ciertamente, se veneraba una imagen prestigiosa, como lo prueban las obras pías para la celebración de la fiesta en su honor cada 30 de octubre, que suman una decena entre 1767 y 1783, a más de las diversas donaciones y limosnas más modestas que recibía hasta mediados del mismo siglo XVIII. Empero, prácticamente desde su construcción era mucho más que la capilla de una devoción, pues se había convertido en el depósito del Santísimo Sacramento, esto es, servía de Sagrario de la parroquia, sede permanente de la presencia real divina en la Eucaristía.

Aún más, se convirtió pronto en uno de los lugares predilectos para el entierro de los notables orizabeños. De hecho, ahí se enterraría uno de los regidores fundadores del ayuntamiento, don Juan Antonio de Cora en 1794, pero también magistrados reales como el alcalde mayor Juan Sevillano, el comisario del Santo Oficio Francisco Rengel del Castillo, cosecheros de tabaco como Sebastián del Pozo y Diego Pérez, y desde luego sus esposas, como Da. Francisca Petronila Castelán y Da. María Antonia Alexos. Incluso el párroco de la villa, Francisco Antonio de Illueca había mandado en su testamento de 1772 que se le enterrase debajo del presbiterio de esa capilla.
Por supuesto, en el particular contexto orizabeño, de enfrentamiento constante entre la república de españoles y la de indios, la capilla tenía además la ventaja de salir por completo del dominio de estos últimos. En ello insistieron en 1765 los tenientes de cura de Orizaba: había sido “fabricada a costa de españoles sin intervención de indios”. Cierto, no dejaba de ser más pequeña que la capilla mayor de la parroquial, pero gracias a sus imágenes, a la presencia divina misma, al prestigio de los devotos y a la estética misma de su arquitectura y ornato, constituía bien un espacio sagrado adecuado para las ceremonias de la corporación de los españoles de Orizaba.

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