Juan Ortiz Escamilla: Subversión clerical y autoritarismo militar

Colección Veracruz 1El día de hoy el que esto escribe y los blogs Clioscopia, Facetas históricas, Un historiador y sus viajes, dedicamos un modesto homenaje al Dr. Juan Ortiz Escamilla, especialista del tema de la Guerra de Independencia de México. Entre sus muchas aportaciones en esta materia, me interesa resaltar aquí la más evidentemente relacionada con la historia religiosa novohispana: el análisis de la participación del clero en la guerra, especialmente en el bando insurgente. Además de las menciones dispersas al respecto en su libro El teatro de la guerra. Veracruz, 1750-1825 (Universitat Jaume I, 2008), nuestro homenajeado ha tratado el asunto en dos capítulos de libros colectivos: “El bajo clero durante la guerra civil de 1810” (El nacimiento de México, 1999) y “De la subversión clerical al autoritarismo militar: o de cómo el clero perdió sus privilegios durante la guerra civil de 1810” (Los procesos de independencia en la América Española, 2002).

Bajo2En “El bajo clero”, el doctor Ortiz esboza en primer lugar las diferentes posturas del clero ante el conflicto armado, recordándonos que los sacerdotes tenían intereses al mismo tiempo específicos y diversos, que defenderían a lo largo de esos años. Esto es, los obispos como Manuel Abad y Queipo –cuya representación del 30 de mayo de 1810 analiza con detalle– se interesaban por el mantenimiento de la paz y por la introducción de ciertas reformas liberales, económicas sobre todo. En ellas coincidían sin duda los clérigos insurgentes, pero su combate iba también “en contra de la reducción de los privilegios de la Iglesia”. Lejos pues de enfrascarse en un combate meramente profano, los clérigos insurgentes enarbolaban símbolos religiosos y criticaban duramente una naciente cultura secular. Si bien el término “guerra religiosa” no aparece en texto, como sí sucede en los de otros autores como Marie-Danielle Démelas-Bohy, el doctor Ortiz nos recuerda de manera convincente que la guerra se planteaba en una cultura no secularizada.

En un segundo término, analiza también el lugar fundamental que adquirieron muchos eclesiásticos durante la guerra, en los dos bandos que se enfrentaban. Entre los insurgentes, ya la movilización del padre Hidalgo había tenido lugar, en parte, a través de una red clerical; y largo del movimiento, tanto entre los rebeldes como entre los realistas, los párrocos se mantendrían como importantes intermediarios entre los altos rangos y los pueblos, liderando incluso algunas partidas contrainsurgentes. Mas sobre todo, el doctor Ortiz nos hace concientes de las pérdidas sufridas por el clero en la batalla. Si entre los insurgentes surgieron pronto voces que pedían su desplazamiento de los cargos de responsabilidad, entre los realistas, los comandantes les coercionaban duramente para obtener un claro compromiso a favor de la “justa causa”.

Subversion2Esta última línea es la que aparece ya más desarrollada en “De la subversión clerical”, y es sin duda la aportación decisiva del doctor Ortiz. El título mismo del capítulo constituye una tesis de por sí: lejos de ser un movimiento restaurador de la autoridad del clero que la encabezaba, “la guerra abrió de lleno las puertas de la iglesia, al permitir la intromisión de los militares y de la autoridad civil en los asuntos eclesiásticos locales”, e incluso “el clero terminó de rodillas ante el gobierno civil y militar”, nos dice desde las primeras páginas. Reforzando lo dicho en el texto precedente, nos muestra cómo en los gobiernos insurgentes, progresivamente ganaron terreno los seculares sobre los eclesiásticos, imponiendo su autoridad en los bienes de las iglesias y desplazando a sus enemigos clericales.

Perdida la partida en el bando insurgente, entre los realistas la situación del clero no era mejor. Analizando sistemáticamente la correspondencia militar del grupo documental Operaciones de Guerra del Archivo General de la Nación, el doctor Ortiz constata no sólo las pérdidas del fuero personal que ya habían sido destacadas por Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995), sino también toda una serie de categorías formadas por los comandantes a partir a veces de los más mínimos gestos de los clérigos. La forma de recibir a las tropas, la promoción de devociones populares entre los insurgentes, la participación en el comercio y hasta la forma de indultarse, todo hacía sospechosos a los clérigos. Había así, no sólo francos rebeldes, sino “insurgentes mansos”, “insurgentes vergonzantes”, “neutrales” o “políticos”, cuyo punto en común, tal vez más evidente que el carácter clerical, era la culpabilidad a priori que tenían todos en la rebelión, según el prejuicio de los militares.

atlas-patrimonio-27Si bien obispos como el propio Abad y Queipo, o incluso Antonio Joaquín Pérez Martínez, de Puebla, no dejaron de protestar por las crecientes presiones sobre sus súbditos, para nuestro homenajeado, la guerra explica en buena medida la posición de debilidad en que se encontró el clero en los primeros años del México independiente: ambos bandos del conflicto lo habían dividido, diezmado y sometido, los primeros gobiernos estatales culminarían la obra desplazándolos de cargos políticos, y limitando su autoridad aprovechando sus abundantes conflictos con sus feligreses.

El tema de la participación del clero en la guerra de independencia no era nuevo, por supuesto, al abordarlo el doctor Ortiz, mas no había perdido actualidad. Es todavía motivo en las obras de Nancy Farriss, William B. Taylor y más recientemente Eric Van Young, además de los trabajos de Rodolfo Aguirre. Y no se trata sólo de esclarecer los números de la participación clerical y en qué bando militó el mayor contingente, sino de ponderar las circunstancias políticas, sociales y religiosas que condicionaron esa participación. Y en ello, nuestro homenajeado nos ofrece una interpretación sugerente, que nos aporta una imagen menos monolítica del clero, y más compleja de la guerra misma. Y en ello está su contribución más importante, en que contribuye a sustentar una de las tesis fundamentales de su trabajo, que la guerra de 1810 debe en buena medida comprenderse como una “guerra civil”.

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