Inmunidad local

A principios del mes de agosto, la policía federal interrumpió la misa que se celebraba en la iglesia del Perpetuo Socorro de Apatzingán para aprehender a un narcotraficante que asistía a ella. Con este motivo, la Conferencia del Episcopado Mexicano emitió un comunicado protestando por “la falta de respeto y la violencia ejercida por las fuerzas responsables de garantizar la seguridad”. Cito este hecho porque entre las reacciones que se suscitaron en la opinión pública hubo muchas que evocaban el “derecho de asilo”, a pesar de que dicho comunicado no mencionaba en ninguna de sus partes otra cosa que no fuera el respeto a la misa “el acto sagrado más importante para los fieles católicos”.

Así pues, creo que es buen momento para hablar muy brevemente del concepto más amplio de la inmunidad local, es decir, los privilegios de las cosas eclesiásticas y de las cosas sagradas. Mientras éstas son las cosas ligadas inmediatamente con lo divino, como los objetos que sirven para el culto o incluso los propios templos, aquellas son las que sirven para sustentar el culto o sus ministros. Sus privilegios más conocidos eran la exención fiscal, (“la Iglesia no es pechera” se decía en la España del Antiguo Régimen) y claro el propio derecho de asilo, ligado a la concepción del espacio sagrado como un espacio libre de todo género de violencia física. Cierto, son privilegios que tienen una larga historia, que puede hacerse remontar a la época de los emperadores romanos. Sin embargo, no es menos cierto que su formalización concreta se fue dando a lo largo de la Edad Media, sobre todo tras la Reforma gregoriana (siglo XI). De hecho, es hasta el III Concilio Lateranense (siglo XII) que se hace un reclamo general de la inmunidad local como obligación a respetar por parte de los príncipes.

La inmunidad local, y es en lo que quiero insistir, era parte del esfuerzo de los eclesiásticos por sacralizar el espacio dedicado al culto, es decir, por convertirlo en un espacio de excepción en virtud de lo que ahí tenía lugar y a quien estaba dedicado. Sin embargo, tiene también otro aspecto, el hecho de que todos esos bienes eran “públicos”, es decir, de la comunidad local (la parroquia, el pueblo, la ciudad) en su conjunto, a la cual prestaban un servicio, ya fuera porque les aportaran directamente los bienes para la salvación (los templos, monasterios y convento) o porque retribuían sus privilegios bajo la forma de la caridad y las obras de misericordia cristianas (de ahí la inmunidad extendida lo mismo a hospitales que colegios).

El respeto de la inmunidad local correspondía sobre todo a los príncipes, a los cuales todavía el Concilio de Trento apelaba para que “como católicos y que Dios ha querido sean protectores de su santa fe e Iglesia” impidieran que “sus ministros o magistrados inferiores violen bajo ningún motivo de codicia o por inconsideración la inmunidad de la Iglesia”. Ese llamado tenía su equivalente en la exigencia progresivamente mayor entre los siglos XI al XVIII de que los fieles no utilizaran tales espacios para “cosas profanas”. Y es que, siendo esos bienes y lugares propios de la comunidad, no era difícil que sus miembros las destinaran a otros usos comunes: desde celebraciones religiosas (y no tan religiosas desde la mirada clerical) hasta almacenes de otros bienes del conjunto (las cosechas por ejemplo, ¿dónde más seguras sino en el cementerio, al amparo del templo?), pasando por la celebración de asambleas populares y de las cofradías.

El siglo XIX será testigo, por una parte, del surgimiento del Estado moderno, que no tolerará ya espacios de excepción (¡un Estado dentro de otro Estado! dirá con escándalo más de un liberal), ni siquiera so pretexto de sacralidad. Es así que uno de las grandes discusiones de la época es la eliminación de la inmunidad local, cuando menos del derecho de asilo que era el que de manera más evidente podía poner en cuestión la jurisdicción plena del Estado, y en momentos más radicales, incluso la inmunidad fiscal. Por otra parte, en cambio, pareciera triunfar la concentración de lo sagrado en los templos, y la salida de ellos de toda actividad “profana”, contraparte paradójica de la secularización de la época, aunque desde luego con bastantes matices según la región y el momento.

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