Hidalgo en la historia

Finalmente llegó el Bicentenario, por lo cual para esta fecha tan particular, me pareció oportuno traer a la memoria el discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Historia que don Edmundo O’Gorman pronunciara el 3 de septiembre de 1964, y que titulara Hidalgo en la Historia. En él, su autor recorre con la maestría que le caracterizaba, la imagen de Hidalgo prácticamente desde su muerte hasta su elevación definitiva a los altares patrios, con sugerentes ideas sobre los años finales del siglo XIX y principios del XX, mostrando la forma en que las circunstancias políticas habían ido construyendo la historia. Me limito aquí a presentar su primera parte, dejando al lector interesado en conocerlo íntegramente la liga a la página de la Academia, donde puede descargarlo cómodamente en formato pdf.

Hidalgo en la Historia

Fue tan violenta, tan devastadora la revolución acaudillada por Hidalgo que siempre nos embarga la sorpresa al recordar que sólo cuatro meses estuvo al mando efectivo de la hueste. En el increíblemente corto espacio de ciento veinte días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de la artesanía, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda que fue él quien hirió de muerte al Virreinato. David y Goliat, solían decir sus panegiristas. ¿Cómo no asombrarnos, entonces, del trauma que le provocó a la sociedad de la época el cariz tempestuoso y tumultuario de aquella rebelión? Y sobre todo ¿cómo no comprender el pasmo entre quienes, amigos suyos, admiraban en él, disimulando flaquezas, la clara inteligencia y los sentimientos benévolos y progresistas? No muy distinto sería nuestro horror, si mañana desayunáramos con la nueva de que Justino Fernández había asaltado en la madrugada el Palacio Nacional al frente de los barrenderos de la ciudad y de los detenidos en los separos de la Procuraduría.

Quienes pretenden —y son legión— hacernos creer en el alzamiento de Hidalgo como el episodio inicial de una lucha entre buenos y malos, harían bien en tener presente aquel desconcierto para enjuiciar con más tolerancia reacciones inmediatas como la tan censurada excomunión que fulminó Abad y Queipo y para comprender, además, la acrimonia que predominó durante la primera etapa de la insurgencia. Españoles y criollos, por igual, le acumularon al sacerdote rebelde la suma de epítetos que atesora nuestra lengua para el vilipendio. Pero a este respecto conviene distinguir entre cargos e insultos, aunque lo primero suele sonar a lo segundo. Así, cuando el Fiscal del Santo Oficio dice del Cura que, entre otras cosas, era hereje, apóstata, deista, materialista, libertino, sedicioso, lascivo, judaizante, traidor y secuaz de las sectas de Sergio, Berengario, Cerinto, Carpocrátes y de otras que desenterró para lucimiento de su erudición, no es que lo injurie, como tampoco el agente del Ministerio Público de nuestros días a quien indicia de la comisión de un delito. Pero descontado todo eso, todavía queda el imponente cúmulo de denuestos que le dedicaron a Hidalgo sus enemigos. Sin mencionar los que mejor están para callados, podemos entresacar los siguientes a manera de ejemplo: soberbio endemoniado, oprobio de los siglos, Sardanápalo, sicofanta descarado, clérigo espadachín, capitán de bandoleros y asesinos, aborto del pueblo de Dolores, injerto de los animales más dañinos, y otras lindezas por el estilo.

Pero a esta imagen de execración se opone la que nos han conservado los documentos procedentes del campo contrario. Hidalgo, en efecto, no sólo conservó entre los suyos el renombre de sabiduría y de bondad que le conquistaron sus afanes académicos y los esfuerzos que desplegó por mejorar las condiciones de vida de sus feligreses, sino que, decorado con el tratamiento de Alteza Serenísima y exaltado al pedestal de héroe magnánimo e invicto, de defensor de la religión y del pueblo, acabó por emprender un vuelo trascendental: predilecto hijo de María en su advocación de Guadalupe, apareció esplendoroso en el cielo de Jalisco como el elegido de Dios, el mesías de la regeneración de la Nueva España, el hombre providencial, el primero de los muchos que, quizá más para mal que para bien, se ha dignado enviar entre nosotros la Majestad Divina.

Monstruo luciferino y ángel de salvación, he aquí la extraña dualidad con que penetró Hidalgo en el reino del mito donde las balas ya no pudieron alcanzarlo. Así transfigurado descendió a la Tierra, y en torno a la pugna entre aquellos extremos irreductibles se fue convirtiendo en el genio tutelar de nuestra historia. En las páginas siguientes queremos rastrear las huellas que en esa peregrinación ha dejado tan ilustre sombra.

Discurso completo

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