Fray Buenaventura Bestard

En esta entrada quiero hablar brevemente (juro que intentaré ser breve) de un personaje de la historia religiosa veracruzana, un fraile franciscano que vivió entre los siglos XVIII y XIX, que es un perfecto desconocido del público: fray Juan Buenaventura Bestard.

¿Por qué hablar en este siglo XXI de un religioso que vivió hace ya tanto tiempo? En primer término por la orden a la que perteneció, la Orden de Frailes Menores, los franciscanos, es decir, los herederos de San Francisco de Asís, quien no deja de ser una figura de actualidad, que ha merecido y sigue mereciendo abundantes publicaciones. Baste ver la reciente biografía de André Vauchez en que da cuenta de la trayectoria, en vida y sobre todo postmortem, del que es sin duda el santo más conocido de la historia del catolicismo.

Además, por el papel de la orden franciscana en el catolicismo mexicano. A todos nos ha tocado ver, así sea en la escuela, que los primeros misioneros llegados a la Nueva España fueron de esa orden. Anualmente incluso, cada 12 de diciembre al menos, se nos recuerda oportunamente que el primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, era franciscano. Y desde luego, nunca falta el que insista en que los misioneros franciscanos fueron “conservadores de la cultura indígena”, e incluso antecedentes de los antropólogos modernos, una idea que habrá tiempo de discutir aquí.

Sobre todo, me gusta la figura desconocida del padre Bestard para mostrar que los franciscanos que pasaron por tierras novohispanas no respondían necesariamente a la imagen que tenemos hoy en día de los franciscanos de antaño. Con ello no quiero decir que fuera un mal religioso, todo lo contrario, llegó a altos cargos porque lo tuvo bien ganado. Pero los valores incluso al interior de una orden religiosa no dejan de ser históricos, y por tanto sometidos a las circunstancias.

De entrada, un primer dato poco común, el padre Bestard era mallorquín, de Palma de Mallorca. Dato poco común en la historiografía, pero no en la historia: frente a andaluces, vascos, santanderinos y gallegos, poco se sabe de la migración de los pueblos de lengua catalana a América. Sin embargo, es algo muy particular que muchos religiosos que llegaron a México en el curso del siglo XVIII eran mallorquines, el más (tal vez el único) conocido fue fray Junípero Serra. Hasta donde sé, que es poco, cuando menos desde que fray Antonio Llinaz, mallorquín también, fue a su tierra natal (algo muy lógico por cierto) a reclutar frailes para su recién fundado colegio franciscano de Querétaro, el de la Santa Cruz, una y otra vez hubo religiosos mallorquines que siguieron el ejemplo. Me atrevería a decir que hubo por entonces una “cadena migratoria” de franciscanos de Mallorca a México.

Fue así como llegó a tierras novohispanas un joven fray Juan Buenaventura Bestard en 1787, reclutado para el Colegio Apostólico de San Fernando de México. Entonces era todavía corista, es decir, no era sacerdote, pero ya era un fraile que había pasado por el noviciado y había profesado. Habrá tenido por entonces poco más de veinte años, veinticinco máximo. Estando afiliado a un colegio apostólico, fray Juan Buenaventura se dedicó a lo que hacían esos conventos: viajar por los pueblos novohispanos, durante la Cuaresma sobre todo, organizando misiones. En 1793 le tocó predicar en Orizaba al lado de otros cuatro religiosos, entre ellos un paisano suyo, fray Lorenzo Socíes. Y ahí empezó realmente la carrera del fraile, pues logró convencer a los notables orizabeños de fundar un nuevo colegio apostólico, del cual, desde luego, él sería pronto el padre fundador. En ese proceso, nuestro religioso desplegó una energía tal en defensa de su proyecto, contra la oposición incluso de algunos de sus superiores, a los cuales literalmente “se brincó” para obtener la autorización del Comisario General, al punto que estamos algo lejos de la imagen de un humilde y sumiso hijo de San Francisco.

Cuando fui conociendo su vida, si algo me sorprendió fue su movilidad. Aunque bueno, siendo misionero itinerante debía estar acostumbrado a viajar de limosna por los pueblos, pero ahora lo mismo iba de México a Orizaba, Puebla, Veracruz, e incluso hizo dos viajes a la Península, realizando trámites, presentando largos memoriales, buscando apoyos de autoridades civiles y eclesiásticas, y por supuesto reclutando religiosos. Contrario a otros religiosos fundadores que literalmente se atenían a la ayuda que debía otorgarles el rey, fray Juan Buenaventura hizo todas sus gestiones sin costarle un real a la Corona, lo que los funcionarios debieron haberle apreciado sin duda, y gracias a las gestiones de él y sus contactos con un buen número de bienhechores.

En un primer viaje a Madrid, logró obtener, a pesar de la oposición de algunos letrados importantes, la autorización real para fundar su convento (1797), luego otra para que se instalaran en Orizaba los primeros religiosos que vigilaran la nueva construcción (1799), y finalmente la autorización para reclutar nuevos frailes peninsulares (1802-1804). Volvió con ellos a la Nueva España, sólo para seguir abriéndole camino a su nuevo convento, siempre contra viento y marea, iniciando las misiones itinerantes, abriendo el noviciado y fundando una orden tercera, peleándose para ello con el clero local en más de una ocasión.

Y desde luego, no renunció a ver su convento lleno de frailes, volvió a la Península en 1809, y en medio de la ocupación de las tropas francesas, logró reunir más de cuarenta religiosos, que transportó a Orizaba, otra vez, de limosna. Por supuesto, habiendo sido él mismo reclutado por un mallorquín, aprovechó que la isla de Mallorca estaba libre de tropas francesas. Dada la mayoría mallorquina y valenciana del claustro orizabeño, uno podría incluso esperar que al interior del convento no se hablara tanto en castellano como en catalán.

Por las cartas que se conservan de él a fray Lorenzo Socíes, su paisano y amigo, y cómplice en la aventura de la nueva fundación, se ve que era un hombre muy enérgico y a veces desconfiado. Cuando su amigo le informó que cierto clérigo que se les oponía daba muestras de cambiar de opinión, nuestro fraile le contestó con elocuencia:

“Hay personas en el mundo
que con palabras agudas,
se meten a uno en el alma
y dan el beso de Judas”.

Además, en medio de la crisis de la monarquía, fray Juan fue leal al rey Fernando VII como pocos. Cuando se jubiló de sus cargos en Orizaba, volvió a su tierra natal en 1814, y un par de años más tarde recibió el cargo de Comisario General de Indias. Desde ahí, por cierto, no dejó de atender con particular atención al convento que había fundado. Pero sobre todo, se ocupó de promover la lealtad al monarca en medio de las guerras independentistas. Mandó imprimir incluso una carta pastoral a todos los religiosos a su cargo, que era decir todos los de América hispana y Filipinas, recordándoles sus deberes como súbditos del rey. Habiendo sabido por el padre Socíes que el hijo de uno de sus bienhechores, había sido capturado por los realistas y se amenazaba con su fusilamiento, se limitó a contestar: “siento que la terquedad de José Ignacio Couto le haya llevado al matadero, pero qué hemos de hacer, San Pablo nos enseña que conviene acabar con los que nos perturban”.

Frente a la crisis en las Américas, por cierto, fray Juan Buenaventura también había estado activo. Como otros frailes, envió incluso una proposición a las Cortes de Cádiz (1810) para proponer medidas a tomar en lo futuro. A imitación de Mallorca, sugirió que se abrieran en los pueblos de la Nueva España escuelas de latinidad para favorecer la integración de sectores marginales. Desde luego, tenía en mente favorecer la formación de sacerdotes, pero sobre todo evitar, como estaba a punto de suceder, que ese sector de la población participara en las rebeliones.

Nuestro inquieto religioso padeció, como su amado soberano, las consecuencias de la Revolución liberal, que en enero de 1821 hizo desaparecer su cargo. No sabemos qué fue de él después de esa fecha. Su vida, que no nos recuerda mucho la del ilustre fundador de su orden, a quien sin embargo no dejaba de invocar en sus cartas, estuvo en cambio llena de andares y de proyectos, como la de toda una generación de religiosos que surcaron el Atlántico en medio de la crisis de principios del siglo XIX.

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