Festivos repiques y sensibilidad metálica: una nueva campana para la Catedral de México, 1751

Circa_1750_portrait_painting_of_the_Infanta_Maria_Antonia_of_Spain_(1729-1785)_by_Jacopo_Amigoni_(Prado)

Retrato de la infanta María Antonia Fernanda de Borbón.

En 1750 tuvo lugar la boda de la infanta doña María Antonieta Fernanda de Borbón, hija de Felipe V, rey de España, con Víctor Amadeo de Saboya, duque de Saboya y príncipe heredero del reino de Cerdeña. Como era común en un matrimonio entre la realeza de la época, fue el embajador de Su Majestad Sarda quien acudió a pedir la mano de la infanta. Hubo por tanto una primera boda por poder en Madrid el 13 de abril de ese año, que luego sería ratificada en persona en la Colegiata de Oulx, ya en el Piamonte.  Alianza entre dos casas reales europeas, este evento podría parecer extremadamente distante. Sin embargo, cabe ante todo recordar que entonces el reino de la Nueva España hacía parte de la monarquía hispánica, y todos los eventos de la Casa Real se celebraban en todos los rincones de su vasto territorio. Esto, desde luego, conforme las comunicaciones de la época y las circunstancias del momento lo permitían. Además, casi sobra decirlo, la monarquía hispánica era una monarquía católica, por lo tanto los eventos de la Casa Real se celebraban en las iglesias, con la liturgia religiosa correspondiente, en presencia de los magistrados del rey y del público.

Fue hasta 1751 cuando el navío de registro Jasón llevó condujo entre otros documentos la real cédula en que se ordenaba al virrey de Nueva España “haga publicar y que se celebre con las debidas demostraciones de alegría y hacimiento de gracias a la Majestad Divina” esos esponsales. Debía pues, organizarse una fiesta oficial, que se programó para el 8 de julio de ese año. Era una fiesta religiosa en la que el conjunto de los fieles de los reinos americanos, encabezado por sus autoridades eclesiásticas, elevaba oraciones por la prosperidad de los príncipes recién casados. Mas era también una fiesta política, como lo ha señalado una amplia historiografía, en la cual a través de la cual, esos “reyes distantes” (por retomar el título de la obra clásica del profesor Víctor Mínguez), físicamente a un océano de distancia, se hacían presentes de manera simbólica llamando a la cohesión de sus extensos dominios. No era un asunto menor ni para los magistrados reales que representaban al monarca, ni tampoco para las élites que, como cabezas del público, de los súbditos novohispanos, hacían de esas oportunidades el momento de despliegue de su lealtad y de su jerarquía. De ahí que muchas veces esas fiestas que debían representar la concordia terminaran en querellas: la política de la época se hacía en las fiestas religiosas.

DSCF4156Así pues, el virrey de la Nueva España, que era entonces el primer Conde de Revillagigedo, comunicó el encargo de la celebración a los responsables de la iglesia más importante de la ciudad y corte de México, el Cabildo de la Catedral Metropolitana. Los canónigos justamente eran clérigos expertos en ceremonias, tanto más los de la Metropolitana de México, donde estos eventos eran casi el pan de cada día. La discusión que tuvieron el 5 de julio de 1751 en la sala capitular ilustra bien la importancia del tema. La fiesta, entonces y ahora, implicaba gastos, que los canónigos pensaron inicialmente en reducir. Empero, tras “varias expresiones”, concluyeron que debía hacerse “con toda pompa y solemnidad”. El honor de la corporación podía quedar comprometido, pues “aunque faltase lo más leve, se notaría y se hablaría”. La sociedad capitalina en todos sus rangos llegaba a asistir y observaba con detenimiento esas ceremonias. No faltaban los que se encaramaban en torres y azoteas para alcanzar a ver esos despliegues monárquicos, y sus reacciones eran asimismo un elemento más del juego político de entonces.

Llevados pues a desembolsar de la fábrica de la Iglesia (es decir, los fondos para el mantenimiento del edificio y los gastos materiales del culto), los canónigos mandaron que se desplegara para la ocasión el catálogo completo de elementos festivos oficiales de la época. Lo más caro, y sin duda también lo más impresionante entonces, era la iluminación de la fachada y torre por tres noches consecutivas. Además había que engalanar el exterior del edificio con “colgaduras”, es decir, con gallardetes, que lucían las armas del rey. En cuanto a las ceremonias propiamente dichas, lo principal era la misa solemne de acción de gracias que habría de celebrar de pontifical el arzobispo de México, don Manuel Rubio y Salinas. Asimismo se realizaría procesión solemne por las naves de la Catedral, es decir, en el interior solamente, cantando el himno de acción de gracias por excelencia del ritual católico, el Te Deum, “con toda la música y solemnidad”. La Catedral podía permitírselo gracias a su capilla de música, renombrada orquesta y coro cuyo sostén y atención era una de las obligaciones que hoy son más conocidas del Cabildo Catedral en el siglo XVIII. Música, luces, ornamentos lucirían en todo su esplendor. Sin embargo, la expresión de la alegría no hubiera podido quedar completa sin un elemento más, no menos fundamental: las campanas.

DSC_0034En efecto, ya lo hemos mencionado en otra oportunidad, los “alegres repiques” eran infaltables en cualquier celebración e incluso eran exigidos por el pueblo. Durante los tres días que duró la iluminación, las esquilas de la Catedral repicaron a vuelo, dos veces en cada jornada, al mediodía y a la oración, es decir, ya entrando la noche. Tal vez nos dé una idea del apego de la sociedad por su sonido el maltrato que se llevó una de las campanas en esa oportunidad. El 23 de julio de 1751 los canónigos recibieron del tesorero el recuento de los daños causados por la fiesta: la campana en cuestión se había quebrado, había perdido las asas del badajo, y éste le había abierto dos sendos agujeros. En suma, “con el motivo de los muchos repiques […] quedó inservible”. No había de otra sino destruirla y fundir una nueva.

Las actas de los cabildos que los canónigos celebraron el 12 y 27 de agosto, a más de la ya mencionada del 23 de julio, son interesantes pues nos cuentan un poco la historia de esa campana, auténtica mártir de la fiesta regia, y de la sensibilidad metálica de los clérigos. Originalmente había pertenecido al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, la Catedral la había comprado en dos mil quinientos pesos, una cifra no menor en la época mas en realidad bajo para una campana según veremos. Sobre todo, ya entonces se le oía defectuosa. En efecto, “era bronca”, se afirma en el acta capitular, es decir, tenía un sonido desagradable, y “para ver si se componía”, ya había pasado por una refundición. Entonces se descubrió bien a bien el origen del problema: “se hizo de lo que dieron de limosna de calderetas y otras cosas de este tenor”. Lamentablemente el acta no nos dice con precisión ni la edad y el año en que se refundió, pero como vemos, acaso por motivos económicos, la propia Catedral debió seguirla utilizando. Y aunque los canónigos la estimaran “bronca”, el hecho mismo de que siguiera sonando tan activamente hace sospechar que no era necesariamente la misma opinión de los feligreses. Como sea, nos encontramos con varias prácticas interesantes: campana hecha de limosna, es decir, recolectando donaciones en metálico, que fue de una iglesia a otra, aceptada con resignación por el clero, pero que trabajó mucho en esos mediados del siglo XVIII. El último en sentenciar su destino fue el ensayador mayor de la Casa de Moneda de México, Manuel de León, un hombre devoto según hemos visto en otra oportunidad, quien fue consultado como experto en metales por el tesorero de la Catedral. Según él, el metal de los restos de la campana “no servía absolutamente para nada pues estaba recocido y era desde sus principios malo”. Jubilada definitivamente, sus pedazos se vendieron a principios de agosto a un tal Lemus, en 616 pesos y 7 reales. Descendida de las alturas del campanario de la Catedral, pasó de unos usos que se estimaban sagrados a otros completamente profanos, pero que desconocemos.

Apenas perdida la campana, los canónigos comenzaron a tratar cómo reponerla. Si el problema de la destruida había sido el metal, pues sobre ello había que centrar la discusión. Y empezaron a escucharse las sensibilidades sobre el sonido de los metales en la sala capitular. “Siempre para lo sonoro era bueno el latón” afirmó uno de ellos, quién sabe si pensando en los costos; otro más señaló “era lo mejor el cobre de las minas de Santa Clara”, lo que llevó la discusión por el camino de la geografía: “el estaño del Perú se celebra mucho”, a lo que otro contestó “dicen que en el reino de Guadalajara se da uno muy bueno”. Lamentablemente el secretario no incluyó los nombres precisos que nos permitan imaginar al menos de dónde habían adquirido esos canónigos en particular estos conocimientos. Empero, la discusión nos muestra bien que eran hombres que se estimaban atentos al sonido de los metales.

Más todavía, el 27 de agosto de 1751, el tesorero llegó a la sala capitular acompañado del propio don Manuel de León, quien se ofreció como voluntario para seguir asesorando al Cabildo Catedral. El tesorero y De León habían acordado que se hiciera una prueba de la mezcla de metales más adecuada para la nueva campana, para ello, el ensayador real se ocupó de fundir cuatro campanitas de cobre, estaño y latón en diversas proporciones. De paso, nos enteramos que el secretario era el titular de esas campanillas y que las tenía normalmente en su escritorio de la sala capitular, no sabemos para qué las usaba. De León se ocupó de “demostrar” cada campanita, es decir, a hacerlas sonar, recomendando dos en particular. Lamentablemente el secretario no nos detalla la escena de esos graves eclesiásticos escuchándolas con oído atento, sólo sabemos que al final se decidieron por una proporción de dos libras de bronce por cuatro onzas de estaño y cuatro onzas de latón.

Retrato_del_Arzobispo_Don_José_Rubio_y_SalinasLargo fue el proceso, pues no fue sino hasta febrero de 1752 que pudo fundirse la campana. El procedimiento tuvo lugar en el pueblo de Azcapotzalco, bajo la vigilancia del tesorero, de Manuel de León y de los campaneros de la Catedral, los Carrillo. El arzobispo Manuel Rubio y Salinas consagró la campana el día 18 de marzo, y se le puso por nombre el de “San Pedro y San Pablo”, estrenándose en las vísperas de la fiesta de San José, es decir, el 22 de ese mes. El costo final, según el tesorero, fue de más de cinco mil pesos, más otros dos mil de otros gastos. Instrumento fundamental de las celebraciones de la época, el informe final de dicho clérigo nos muestra además que para su elaboración era necesario un intenso esfuerzo social. Acopiar los metales y llevarlos a la fundición era un primer paso. La fundición misma era un proceso largo, nocturno además, acompañado por comisionados de todos los interesados para evitar cualquier fraude en el metal, y al que seguía un reposo que en este caso duró al menos quince días. Estaban además las pruebas: si el estreno en la Catedral fue el 22 de marzo, en realidad la primera ocasión en que “se colgó y tocó” había sido en el pueblo de Azcapotzalco el 7 de marzo. Fueron las repúblicas de indios de Azcapotzalco y Tacuba las que hicieron el esfuerzo físico de conducir en carro los 136 quintales en que se estimó su peso. Espectacular era su sonido, no menos debía serlo el acto de su ascenso al campanario, que no por nada era un punto que fue particularmente costoso: 800 pesos por el pago de la mano de obra para la colocación de andamios y demás necesario. Es cierto, en todo ese procedimiento, pasamos ya de la historia de las sensibilidades a una historia más bien social, de la que sólo podemos exponer estos breves datos, que sabemos, repito, gracias a ese incidente en una fiesta motivada por un matrimonio que había tenido lugar al otro lado del Atlántico.

Volvamos pues, ya para cerrar, a insistir en nuestro tema fundamental: la sensibilidad hacia el sonido de los metales. La de San Pedro y San Pablo debía ser la “segunda voz” de la Catedral, después de la conocida como Doña María, según lo habían solicitado los campaneros al Cabildo Catedral en julio de 1751, quienes claramente decían que era lo “hace mucha falta”. Hoy puede parecernos al menos extraño todo este esfuerzo para cubrir esa “necesidad”, que estimaban tal lo mismo los ilustres canónigos que los modestos campaneros, no menos que el refinamiento en la selección de los metales por parte de unos y otros. Tal pues la diferencia a resaltar entre esa época y la nuestra, quién sabe si esos pueblos y esos clérigos no verían también con extrañeza nuestros propias sensibilidades sonoras. Nuestros oídos también perciben, no sólo de manera natural, sino en función de circunstancias históricas.

FUENTES:

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 41, fs. 10-10v, 12v-13, 22, 26 y 98v-99v.

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