Faldas episcopales

En estos dBurkeías, al tomar la palabra en una ceremonia universitaria, una colega mía olvidó pasar a saludar de mano a los integrantes de lo que en México conocemos como el “presidium”, la mesa que presidía el acto. Detalle menor en un contexto académico, otro colega de mayor experiencia en temas políticos contemporáneos, no dejó de advertir que hubiera sido una falta imperdonable en otro tipo de reuniones. Por mi parte no pude menos que evocar las antiguas querellas de cortesías eclesiásticas, como la toma de la venia por parte de los predicadores. Asimismo, me recordó también el tema que quiero abordar aquí, el de falda de la capa magna de los obispos del siglo XVIII.

Hoy en día es más bien raro verla, salvo en hombros de algunos cardenales de sensibilidad tradicionalista: en el mundo hispánico ha sido célebre por utilizarla el cardenal Cañizares, actual arzobispo de Valencia, quien se ha ganado por ello fuertes críticas y sarcasmos en la opinión pública; algo menos escandaloso ha sido su lucimiento en el mundo anglosajón por parte del cardenal Burke, estadounidense, y del cardenal Pell, australiano. Como puede verse en la imagen, que tomamos del sitio St. Peter’s List, se trata de una capa con una larga cola, o falda como se le decía en el siglo XVIII, de unos cinco metros, que si bien podía llevarse de enrollada sobre el brazo, era común también lucirla extendida con ayuda, por supuesto, de un caudatario. Era parte de lo que se conoce como el “hábito coral” (el que se usa cuando se asiste a la iglesia pero sin ser el celebrante) de obispos, arzobispos, cardenales, e incluso del Papa, con variantes según el rango, la temporada o la geografía: invernales o veraniegas, a la española o a la romana, etcétera, detalles en que no entraremos aquí. Lo que nos interesa es que el gesto de cortesía de un prelado que portaba la capa magna en el siglo XVIII era arrastrar la falda, es decir, que el paje la soltara para luego ir a recogerla justo después de pasar ante la autoridad correspondiente.

En el contexto del poder ceremonial propio del mundo hispánico del siglo XVIII, la capa magna se convirtió, desde luegoa6img2, en un tema de las controversias entre autoridades civiles y eclesiásticas. Hoy en día, el afán de aquellos graves magistrados por ver arrastrarse esa falda, no menos que el esfuerzo de los prelados por mantenerla bien alzada, pueden parecernos hasta risibles, pero en su día eran por excelencia una de las formas en que se disputaba el poder. Por ello, no es de extrañar que el tema entrara en la legislación ya desde principios del siglo XVII. La Recopilación de Leyes de Indias citaba al menos 6 disposiciones dadas desde tiempos de Felipe II y hasta Felipe IV para regular el arrastre o alzado de la cauda episcopal, que culminaron en las leyes XXIII y XXXIX de la misma Recopilación. El principio fundamental era que en “los actos eclesiásticos”, incluidas las procesiones, los prelados podían llevar la cola de la capa alzada, incluso delante de virreyes, audiencias y gobernadores, pero con la condición de que un único caudatario se ocupara de llevarla. En compensación, los prelados debían arrastrarla en las residencias de esos magistrados cuando iban a visitarlos, en particular “a la puerta del aposento” en que estuviera el representante regio.

Casi sobra decir que la ley no evitó que siguiera habiendo algunas controversias en el siglo XVIII: los magistrados civiles siguieron esperando ver que las faldas episcopales cayeran ante ellos. En junio 1738, por ejemplo, el obispo de Guatemala, enfrentado con la Audiencia por ésta y otras cortesías, se afirmaba dispuesto a “que pasase a casa de cada ministro y le soltase la cauda” con tal de cortar las disputas (AGI, Guatemala, leg. 361). Casi una década más tarde, en 1747, el obispo de Santo Domingo reportaba al rey que los ministros de esa Audiencia exigían que la soltase en la iglesia cuando iba a dar la bendición al pueblo al final de las misas. Paradójicamente, a pesar de que ya estaba vigente la Recopilación, el Consejo de Indias resolvió entonces a favor de los oidores basándose en un ejemplo bien particular: la Capilla Real de Madrid, donde incluso los cardenales arrastraban la cola de la capa ante el rey y los grandes de España. En compensación, la Audiencia tendría que ponerse de pie y saludar al prelado a su paso (AGI, Guadalajara, leg. 584).

Más todavía, hubo magistrados que explícitamente reclamaban que había prelados que evitaban el cumplimiento de la ley en sus visitas a los Palacios y Casas Reales, vistiendo “de redondo”, es decir, con hábito corto, en lugar de la capa magna. Fue el caso sobre todo de don Eusebio Sánchez Pareja, cuando tomó el cargo de primer Regente de la Real Audiencia de Guadalajara. En 1777 remitió al rey una largo escrito dando cuenta detallada y certificada, entre otras cosas, de que el obispo — que era el célebre fray Antonio Alcalde —  “cuando pasó a visitar a su señoría el día de su entrada pública fue de redondo y no con capa magna”, que por tanto no pudo arrastrar ante el nuevo magistrado. Entonces sí, cabe destacarlo, el Consejo de Indias terminó resolviendo a favor de la aplicación literal de la ley de Indias, ya en febrero de 1779 (AGI, Guadalajara, leg. 343), obligando al pontífice a ponerse la capa sobre los hombros en sus visitas al Palacio.

En fin, del lado eclesiástico, el arrastre de la capa magna podía justificar, por el contrario, la limitación de la cortesías a las autoridades civiles. En 1766, cuando el gobernador de Puebla, Esteban Bravo de Rivero, pidió que se le dieran en la Catedral de esa ciudad sitial, la aspersión y la paz de manera particular, el obispo Francisco Fabián y Fuero contestó negativamente. Esto, porque entendía que esos honores sólo los otorgaba la ley de Indias a aquellos magistrados equiparables al virrey o presidente de Audiencia, a quienes justo se otorgaba el arrastre de “la falda del señor obispo”, que se convertía en criterio para juzgar de la jerarquía de los representantes regios (AGI, México, leg. 1269).

Hasta donde he podido ver, la cola de la capa magna dejó de ser motivo de controversia en el siglo XIX, que sin embargo no es que desconociera de esas querellas de cortesías eclesiásticas, sólo que asociadas a otros gestos. Por ello, sin duda, prelados de principios del siglo XX pudieron lucirla ya sin problema, como en la foto que vemos más arriba del entonces obispo Orozco y Jiménez. Hoy en día, es cierto que su lucimiento suele resultar chocante a la sensibilidad contemporánea, que cada vez aprecia menos esos viejos símbolos monárquicos de la soberanía eclesiástica de antaño.

Un pensamiento en “Faldas episcopales

  1. Felipe Castro Gutiérrez

    Más allá de lo anecdótico, el tema es muy valioso como vía de acceso a la preocupación por la imagen, la dignidad y las jerarquías tan propia de una sociedad de Antiguo Régimen (que en México, a veces, no resulta ni tan antigua ni tan lejana a nosotros). Hay aspectos curiosos, como la figura del caudatario, un oficio atribuido a distintos personajes, y que parece haber sido una honra muy apreciada.
    Por metonimia, el término de “caudatario” también ha sido empleado a veces (aunque raras) en el sentido de partidario, incondicional; lo cual es muy propio si se piensa en su función original.
    Muy interesante nota, espero haya otras afines,
    Cordialmente
    Felipe Castro Gutiérrez

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