Escenas procesionales de antaño

Tal vez sea extraño evocar la Semana Santa en junio, como hacemos aquí con esta descripción de una procesión del Santo Entierro del Viernes Santo, pero siempre es oportuno recordar los testimonios de las que eran las grandes movilizaciones al mismo tiempo sociales, políticas, económicas y ante todo religiosas de antaño: las procesiones. En esta ocasión, además, el lector encontrará aquí una lectura de un escenario que hasta hoy sigue siendo el teatro de algunas de las más célebres procesiones del mundo católico, la ciudad de Sevilla. Es cierto, no es que falten testimonios de cómo eran esas ostentosas salidas organizadas por las hermandades de la ciudad a la Catedral, pero el que presentamos aquí tiene la originalidad de ser la representación de la procesión por sus mismos organizadores.

Documento al mismo tiempo normativo, pues es un “orden y método” incluido al final de unas ordenanzas, pero también de alguna forma publicitario, eran unas ordenanzas que, en el marco de la reforma de cofradías, habían de ser presentadas ante la más altas autoridades de la monarquía, el Real y Supremo Consejo de Castilla, en este caso, para obtener la aprobación real. Y esa es, tal vez, otra originalidad, es un testimonio de tiempos de las Reformas Borbónicas, que nos lleva a las tensiones entre la tradicional necesidad de procesionar, reforzada con el fasto del culto que había impulsado la Reforma católica desde el siglo XVI, y los empeños de moderación y separación de lo sagrado y lo profano que impulsaban los “ilustrados” del mundo hispánico. Nuestra procesión es buen ejemplo de ello: el lector encontrará que los hermanos incluían con orgullo la descripción de sus pasos y de sus emblemas, las indicaciones de sus personajes caracterizados, la variedad musical de su acompañamiento. Y justo todo ello resultó chocante a los fiscales de los tribunales que revisaron el expediente, resultando en que se libraran órdenes para que la hermandad se suprimiera, o mejor dicho, se integrara a la sacramental de la parroquia más próxima.

Mas dejemos ya el escenario para esta representación de aquel gran evento sevillano del Siglo de las Luces, que a su vez representaba un pasaje de la historia fundadora del Cristianismo.

AHN, Consejos, leg. 27391, exp. 7, fs. 23v-26. La Hermandad del Santo Entierro de Jesucristo y María Santísima titulada de Villaviciosa, establecida en la iglesia del Monte Calvario, sitio del Colegio de San Laureano, de religiosos mercedarios calzados, extramuros de la ciudad de Sevilla, sobre aprobación de ordenanzas, 1795.

“Orden y método con que ha hecho su estación los Viernes Santos de Cuaresma [sic] a la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia de esta Ciudad, la cofradía y hermandad del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora de Villaviciosa desde su propia iglesia del Monte Calvario y entierro de Jesucristo, extramuros de esta ciudad, a la Puerta Real, en los solares de Colón, a donde está fundado el Colegio de San Laureano, del Orden Militar de Nuestra Señora de la Merced.

Dan principio a tan respetable y lastimoso acto, una partida de 4 u 8 soldados de caballería comandados de cabo o sargento destinados a facilitar paso en el grande concursos que siempre se experimenta a admirar lo sucedido de esta función.

Siguen dos hermanos con sordinas a los lados del muñidor, que van vestidos con ropa talar de damasco negro, guarnecida de oro, en el pecho un escudo grande labrado realzadas en él tres cruces sobre un sepulcro, armas de que usa esta cofradía y la campanilla de plata propia de la hermandad, que tocándola de cuando en cuando avisa su venida.

Siguen dos diputados con bastones negros y casquillos de plata e insignias de lo mismo y veinte y cuatro niños de la doctrina con su maestro, que ayuda de la compostura y quietud que deben llevar, y cada uno conduce un cirio amarillo grande encendido.

Siguen la insignia de la manguilla de terciopelo negro, guarnecida de escudos de plata de chapa, con insignia de la Pasión de nuestro Redentor y columnas del mismo metal, y su cruz, a quien acompaña un lucido cuerpo de hermanos con velas encedidas y dos diputados de gobierno de estación y dos hermanos con bocinas.

Desde dicho sitio siguen las señoras hermanas y demás a quienes mueve la devoción de acompañar el Sagrado Entierro de nuestro Redentor, cerrando este cuerpo otros dos diputados de estación, a los que sigue otro cuerpo de hermanos con velas encendidas, hasta la insignia del Estandarte, que es de damasco negro, con cruz roja y cordones, cuya conducción pertenece al secretario de la hermandad y dos hermanos con bocinas.

Subsiguiente copia de músicos ministriles delante del paso del Triunfo, en que va la Santísima Cruz, que va en este lugar conducido de veinte y cuatro mozos de carga, por componerse siermpe las parihuelas de un elevado monte, fijadas en él la Santísima Cruz, con dos escaleras que desde dicho monte estriban en sus branzos, y delante un globo azul en que está enroscada una serpiente con – en la boca, y en él sentada la figura de la muerte, representada en un esqueleto a lo natural, simbolizando estas tres hechuras los tres enemigos del alma, mundo demonio y carne, cuyo esqueleto en movimiento de rendido, con la mano derecha en la mejilla, recibe en ella una faja negra, que viene desde la cruz con una inscripción de letras que plata que dice: Mors mortem superavit, abatida con la guadaña que tiene en la mano siniestra, asistiendo delante de dicho paso para su gobierno los dos señores hermanos fiscal primero y segundo de la hermandad, con varas e insignias de plata.

Continúa un cuerpo de hermanos con velas encendidas y dos con bocinas, a los que siguen una escuadra de cuarenta y tres hombres vestidos de hoja acerada, peto, espaldar, faldillas, brazaletes y viseras caladas, dorados los perfiles, toneletes y bandas de quinete, con puntas de plata al aire, llevando cada uno en la mano arrastrando una pica con su bandera negra, de cuatro varas de tafetán, todos uniformes con su capitán, teniente, alférez y paje gineta y música a la funeral, formando un lucidísimo cuerpo, y en seguida otra escuadra de niños, con sus picas arrastrando, vestidos de chupa y calzón de ante, con sus morriones, banda y ceñidor negro, todos uniformes, también con su música a la funeral, cuya escuadra es destinada a custodiar los siete coros de ángeles que van en medio, ricamente adherezados, a los que siguen las nueve síbilas, representadas en igual número de niñas, bien peinadas, vestidas con sus trajes, túnicas y mantos al aire, llevando en sus manos unas ramos, otras libros, diferenciándose cada una en el color del vestido, de encarnado, pajizo, verde, morado, et.c, según su patria y estado, en el hombro la tarjeta de lo que cada una profetizó; detrás los cuatro doctores, significados en otros tantos niños con sus mitras y vestidos según la regla que profesaron, y cerrando este lucidísimo cuerpo otros dos diputados de estación para su gobierno.

Continúa con las 3 comunidades del orden militar de Nuestra Señora de la Merced, Calzada, Descalza y la del Colegio de San Laureano.

Siguen las cruces de la parroquia, presidiendo la del señor San Vicente mártir, y doce sacerdotes con casullas negras, y detrás todos los ciriales con hachetas encendidas y doce hermanos con cirios alumbrando al cuerpo de nuestro Redentor, que en su paso viene en este lugar, rodeado de cuatro sacerdotes, llevando delante la correspondiente capilla de música y en las cuatro esquinas del paso un rey de armas, en cada una, vestidos con ropón y gorra de quinete, maza dorada al hombro, todos uniformes, componiéndose el paso del Señor de un sepulcro de carey, con cuatro columnas a lo salomónico, con sarmientos y hojas, capiteles y bazas doradas, cerrado con cristales aviserados de Venecia, guarnecidos todos de chapa de plata con sus pirámides, estriando dicho sepulcro sobre una baza jaspeada, adornada alrededor de seis tarjetas doradas con figuras e insignias de escultura, atributos de la Pasión de nuestro Redentor, y en cada una de sus cuatro esquinas, un florón donde va un ángel, también con insignia de la Pasión, en los extremos de dicho paso ocho jarras con hachetas, alumbrando a nuestro Salvador, que va en su lecho, en un colchón de Damasco, guarnecido de encajes de Milán sobrepuestos, bordados de oro, y lo mismo las almohadas y sábanas, que son de olán, todo el lecho fabricado de miñatura, dorado por dentro, con muchos ángeles estampados, presidiendo dicho paso los señores alcaldes y mayordomo de la hermandad.

Detrás del paso del Señor, va el palio de damasco negro con seis varas, que las llevan otros tantos eclesiásticos vestidos de sobrepelliz, y enseguida va una compañía de tropa reglada de la que se haya en esta ciudad, con su capitán, oficiales y sargentos enlutados los tambores y música a la funeral, a cuya compañía sigue otra de sujetos distinguidos vestidos a lo militar, de negro, con sus furnituras, armas y oficiales correspondientes, y su copia de música, como la antecedente, la cual forma un vistoso y lucido cuerpo.

Continúa el Sinpecado de terciopelo negro, guarnecido todo de insignias de la Pasión de plata de martillo, propio de la hermandad, con borlones de seda y plata, y es llevado por un sujeto distinguido de esta ciudad, a quien acompaña el lucídisimo convite que hace con velas encendidas y dos diputados que cierran este cuerpo, al que siguen el numeroso convite que hace el señor Asistente a los señores jefes principales, señor comandante de las armas, oficialidad que se haya en esta ciudad y caballeros particulares de ella, que con velas encendidas alumbran el paso de la Santísima Virgen que va en este lugar, presidiéndolo el Señor Asistente, o por su ocupación o ausencia, el señor teniente primero, y el señor diputado mayor de la hermandad con varas e insignias de plata, propias de la dicha, y correspondiente capilla de música que van cantando: Stabat Mater Dolorosa y de hermanos con cirios alumbrando a la Santísima Virgen, cuyo paso es de peregrina hechura de talla, todo dorado, con su sitial donde va Nuestra Señora delante dos ángeles de estatura de a vara de alto, con luces encendidas; a los lados de Nuestra Señora, San Juan y la Magdalena, a quien siguen las dos Marías, José y Nicodemus, cada uno con la vestidura correspondiente a dicho acto; faroles grandes en las esquinas, con hachetas encendidas, sus faldones que ocultan treinta mozos que conducen dicho paso, detrás del cual va el clero de la iglesia parroquial del señor San Vicente mártir, y se sigue el señor teniente primero con su escribano y ministros, con velas gruesas encendidas, y finaliza, cerrándolo todo, tropa de caballería con espada en mano, con cuyo método hace esta cofradía su estación, y se regresa al Colegio de su domicilio.”

 

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