Entre procesiones de otoño

El mes de octubre fue para mí un mes de esperas burócraticas y de cambios, de incertidumbres y de reafirmación de amistades. En medio de todo ello, fue también un mes en que tuve la oportunidad, un tanto inesperada de seguir dos procesiones, que me resultaron por todo lo anterior, tanto más emotivas: primero, la de la hermandad de cargadores del Señor de los Milagros de París, formada por peruanos residentes en París, quienes portan la imagen de su titular por el atrio de la Catedral de Notre-Dame hasta su altar mayor. Y aquí en Sevilla, seguí la procesión de la Virgen del Rosario de la hermandad de Monte Sión. De una y otra aparecen aquí dos breves videos.

Ahora bien, el lector se preguntará ¿qué interés pueden tener las imágenes de estas dos procesiones en tierras europeas para la historia religiosa mexicana? Ante todo debo advertir que si las imágenes de las procesiones mexicanas han estado ausentes de este blog, es estrictamente por cuestiones físicas que no voluntarias. Asimismo, no pretendo tampoco decir que estas procesiones de hoy en día, sean idénticas a las de los siglos del Antiguo Régimen. Pero haciendo de la necesidad virtud, creo que el lector podrá apreciar hasta qué punto las procesiones, las de hoy y las de antaño, las de la Nueva España y las del México contemporáneo, tienen rasgos evidentemente comunes con las que se practican por todo el mundo hispánico, o incluso todo el mundo católico, europeo o americano.

El espacio de una entrada no es suficiente para tratar el tema de las procesiones de imágenes en toda la historia del cristianismo, pero partamos cuando menos del Concilio de Trento, que frente a las críticas protestantes validó el tema del honor que debe rendirse a las imágenes, por el prototipo que representan, que les confiere un carácter cuando menos sacro. En ese sentido, las imágenes católicas, representaciones de Dios, de la Virgen y de los santos, no podrían recorrer las calles sin manifestar al menos con toda la pompa posible la gloria celestial. Creo que lo he mencionado en alguna anterior, existe toda un cultura sensible en torno a las imágenes en procesión que alimenta numerosas expresiones artísticas. Para la vista, la imagen avanza rodeada de luces y flores, a veces bajo palio, en andas o en pasos dorados o plateados, y en el caso de las imágenes marianas sobre todo, luciendo vestidos y mantos que han sido el orgullo de devotos y bienhechores. Para el oído, la procesión católica es casi impensable sin la fanfarria de metales y percusiones, sin marchas e himnos, sin el repicar de campanas a su paso, y a veces también de cohetes o de “tambores y chirimías” como en el caso de Orizaba en el siglo XVIII. El olfato, en fin, se deleita con el incienso que se quema incensarios y sahumerios.

Hay también toda una cultura de la portación de imágenes. Pasos y andas suelen exigir un esfuerzo físico importante y es necesaria toda una técnica para llevarlas con mayor facilidad, balanceando las imágenes a su paso, buscando cierta homogeneidad entre los portadores para mantenerlas bien equilibradas. Las cuadrillas de cargadores (y cargadoras) lucen su destreza al levantar a las imágenes y al hacerlas pasar por los más estrechos pasajes y puertas, siguiendo las señales de sus jefes para los cambios de ritmo o de orientación. Portar la imagen en hombros, además, tiene implicaciones religiosas, sociales e incluso políticas específicas según el tiempo y lugar. Recuerdo el ejemplo que nos ofrece María José del Río Barredo (Madrid, urbs regia. Marcial Pons, 2000), de los reyes españoles del siglo XVII haciendo el simulacro de ofrecerse de voluntarios para cargar imágenes, que terminaba siendo imposible por no encontrar otros cargadores a la altura del monarca, pero que daba cuenta de la devoción del rey católico.

Y por supuesto, hay una cultura de la recepción de las imágenes: las multitudes del mundo católico las rodean, las ovacionan, adornan los balcones a su paso, les cantan y les recitan versos, o incluso bailan ante ellas. Esta última práctica fue también bien conocida en Europa y tomada muy en serio, Marianne Ruel (Les chrétiens et la danse dans la France moderne, Honoré Champion, 2006) refiere los reclamos de una parroquiana ante un clérigo joven que se atrevió a reírse de la danza de los “tripettes” ante una imagen. Más todavía, la propia imagen puede no sólo avanzar solemnemente sino danzar ella misma, como vemos aquí al Señor de los milagros portado por sus devotos en una oscura noche de octubre parisina.

En su día, los ilustrados del XVIII y los liberales del XIX no dudaron en considerar todas estas prácticas cuando menos como “supersticiosas” y, sobre todo los últimos, trataron de eliminarlas. Ello será tema de alguna otra entrada, por ahora aquí dejo los dos videos prometidos, donde vemos mucho de estas prácticas, declinado desde luego según modalidades específicas: el Señor de los Milagros avanza en andas, mientras que la Virgen del Rosario de Monte Sión lo hace en un pesado paso cubierto de palio, pero ambos rodeados de flores y cirios; a uno le queman incienso en sahumerio a la otra en incensarios de plata; uno le cantan su himno propio, a la Virgen, la Salve y el Ave María; al Cristo lo portan cargadores que danzan con él, a la Virgen costaleros que arrancan una ovación a la multitud con sólo levantarla. Una y otra procesión nos permiten ver, me parece, hasta qué punto las prácticas religiosas de México, siendo tan propias, son a la vez, por parafrasear al profesor Pierre Ragon, las de una cristiandad ordinaria.


Virgen del Rosario de Monte Sión por davidclopez

Señor de los Milagros 2010 por davidclopez

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