Entre monigotes de hábito y clérigos de capa

DSCF6285 (2)A mediados del siglo XVIII el Cabildo Catedral Metropolitano de México se hizo cargo del gobierno de la arquidiócesis en dos ocasiones por la muerte de su titular. Primero entre enero de 1747 y agosto de 1749 por el deceso del arzobispo Juan Antonio de Vizarrón, y luego entre julio de 1765 y julio de 1766, por la muerte de su sucesor el arzobispo Manuel Rubio y Salinas. Entre los muchos temas que los canónigos atendieron entonces, me  interesa destacar aquí el del traje clerical.

Ya lo hemos mencionado en otras oportunidades, aunque en esa centuria ya circulaba el dicho de que “el hábito no hace al monje”, en realidad la sociedad del mundo hispánico daba particular importancia a la vestimenta. Ella era un elemento fundamental para establecer el lugar de una persona en las jerarquías sociales y políticas. Los magistrados, por ejemplo de la Real Audiencia, lucían por ello con orgullo sus togas. El clero, al menos eso se esperaba, debía dar a conocer visiblemente su condición, su traje debía reflejar, en su caso la pertenencia a una regla: el hábito de las órdenes religiosas, y en general corresponder con los principios de la moral católica reflejando virtudes como la modestia.

A lo largo de esa centuria, las autoridades eclesiásticas hicieron esfuerzos para que ese ideal fuera efectivamente respetado por el clero. En el caso de los canónigos de la Metropolitana en tiempos de esas dos sedes vacantes debieron combatir sobre dos frentes: por un lado, los clérigos que andaban con traje “indecente”. Recordémoslo, decencia la definía ya el Diccionario de Autoridades de la primera mitad del siglo como “compostura, aseo, adorno” o bien, “adorno, lucimiento, porte”, que movía a la “veneración de cosas sagradas” o bien “correspondiente al nacimiento o dignidad de una persona”. Evidentemente en el caso del clero las dos acepciones estaban estrechamente relacionadas. Los clérigos debían ser, o al menos esa era la idea desde fines del siglo XVI, reconocibles como “personas sagradas”.

Mas los canónigos no sólo debían “meter en cintura” (o en sotana en este caso) a clérigos rebeldes, sino además evitar que los seglares se adueñaran sin justificación de trajes clericales. Llegaba a ocurrir así con los hábitos de los frailes: había seglares que podían utilizarlos perteneciendo a las órdenes terceras, así como abundaban además legos conventuales que también los portaban. Los canónigos de México usaban un término que el propio Diccionario de autoridades consideraba propio del “vulgo” para referirse a esos personajes: monigotes.

Doble combate pues, pero contra un mismo pecado, la vanidad. En efecto, ya en abril de 1747 los canónigos estimaban que “era lástima ver como andaban algunos [clérigos] con mangotes [es decir, mangas anchas]” o bien “con capas y listones en los sombreros”. Mandaron expedir un edicto en el que imponían como mínimo el uso del cuello clerical, como en la imagen que vemos arriba, “descubierto, sin taparlos con los pañuelos”. (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México ACCMM, Actas de Cabildo, libro 39, f. 60) Algunas observaciones que complementan este retrato del clérigo indecentemente vestido, aparecen también en un acta del año siguiente, en marzo: “todo el día y toda la noche andaban de capa y hasta con armas, sombreros galoneados, ropa de color…” (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 39, f. 207). Tal pues ya el otro signo distintivo de la vestimenta eclesiástica: el color negro.

Dos décadas más tarde, en enero de 1766, el provisor del arzobispado exponía a los canónigos el problema de los clérigos que andaban fuera de sus parroquias, asistiendo a las funciones teatrales de la Ciudad de México, y además, con esa prenda que el lector ya habrá advertido hemos querido destacar: la capa. Su uso, seguramente por permitirles andar embozados, “los inducía y disponía más prontamente” a asistir a esas diversiones profanas. (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, fs. 211-211v). Lamentablemente sólo en raras ocasiones los canónigos llegaron a citar, ya que no los nombres, al menos las parroquias desatendidas por estos, por así decir, “curas profanos”: Zempoala, Tesquisquiac y Zumpango estaban en ese caso en 1766, sus párrocos “se andan con nota paseando en México y se presentan en los paseos” (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, fs. 236-236v)

El acta de 1748 citada más arriba muestra bien que era, como decía, un combate a dos frentes, pues la discusión surgió de la solicitud de un “monigote” a quien el difunto arzobispo Vizarrón había mandado retirar el hábito y que solicitaba a los canónigos se le autorizara de nuevo. En realidad se trataba de un cantor de la iglesia de la Santa Veracruz, y es que en general era la situación de esos numerosos asistentes que implicaba el culto católico entonces. El provisor del arzobispado explicaba a los canónigos en abril de 1766: “pasan la vida enterrando muertos, [como] acólitos de los conventos y como músicos de portillo”. Y sin duda había razón en esta identificación: los músicos de la iglesia de la Profesa también llegaron a pedir licencia para uso de hábitos (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, f. 244v). Bella paradoja, en opinión de los canónigos, si los clérigos abandonaban sus trajes talares y cuellos romanos y se ocultaban bajo capas profanas para ir a diversiones ajenas a su estado, los seglares hacían lo propio ocultos bajo hábitos de religiosos. “Bajo de unos malos hábitos había muy buenos bebedores, valientes y escandalosos con otras mil cosas que se callan”, asentó el secretario en el acta (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, f. 243v).

En suma pues, aprovechando capas y hábitos, los clérigos se hacían pasar por seglares y los seglares por monigotes. No está de más decir que no faltó algún canónigo, que llegara también a usar trajes profanos, por ejemplo a principios del siglo XIX, Ramón Cardeña y Gallardo, que lo era de Guadalajara, y de quien hemos hablado en otra ocasión. Los de la Metropolitana, por su parte, más bien buscarían portar símbolos de distinción, pero eso es materia  de otro artículo. Sirva éste como mera reflexión sobre esas paradojas que planteaba el vestir religiosamente en el Siglo de las Luces.

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