Entre Luces y Luces

cirios_en_el_altar-17144Hace algunos días tuvo lugar en Lagos de Moreno un interesante debate del que he tomado conocimiento apenas ayer, a propósito de la realización de la “tradicional Velada del Recuerdo” en honor de la imagen del Padre Jesús del Calvario, en el recién restaurado Teatro José Rosas Moreno. No entraré aquí en los detalles, que ameritan bien un artículo que espero preparar con calma para semanas más adelante. Por ahora baste indicar que uno de los puntos; de la controversia (de los marginales, es cierto) fue el de la presencia de velas en el teatro. Desde luego, como historiador no puedo ni negar ni confirmar que la cera puede dañar las butacas, ni tampoco me corresponde decir si deben permitirse o no en un teatro; en cambio, algo puedo decir sobre los motivos para que las velas hayan estado ahí antes, y también sobre los motivos para que sean consideradas parte de un problema. Esto es, me voy a servir de ese incidente como pretexto para hablar de cómo las velas pueden ser un motivo de debate entre lo religioso y lo político.

Pues bien, ante todo ¿Por qué las velas en el teatro? Sin duda, porque ellas van siguiendo a una imagen sagrada, el Padre Jesús del Calvario en este caso. Es cierto que estamos aquí ante uno de los elementos de más larga duración y de mayor importancia del culto cristiano. No es fácil datar sus orígenes. Es seguro que se practicaba ya desde los siglo IV y V, y que entonces se estimaba ya como antigua. Prudencio, autor de principios del siglo V ponía en boca del prefecto romano que torturaría a San Lorenzo una referencia a las velas que, colocadas sobre candeleros de oro, iluminaban los oficios nocturnos:

Auroque nocturnis sacris
adstare fixos cereos.

Al igual que muchas otras prácticas cristianas, primero fue adoptada y luego racionalizada en términos simbólicos, en medio de más de una discusión. Es bien conocido que uno de los primeros Padres de la Iglesia en justificar su uso fue San Gerónimo, pero lo hizo para responder a un “heresiarca” que criticaba dicha práctica, y que obligó además al ilustre traductor de la Biblia a manifestarse sobre el uso correcto de las velas. En efecto, es en el tratado Contra Vigilancio que dicho autor, si bien reconoce que los cirios se habían usado en el paganismo, insiste en que no es idolatría mantenerlos en el culto cristiano, tanto para honrar a los mártires, como para asistir a la lectura del Evangelio y para evidenciar la alegría. Identificaba, desde luego, precedentes evangélicos (la parábola de las diez vírgenes), y mejor todavía, significados: las luces venían a significar la luz del Cordero del Evangelio de San Juan, figurada ya en los Salmos. Simultáneamente, San Gerónimo descartaba los usos “supersticiosos” de las luces, propios de los “ignorantes”, los “legos” y las “mujeres religiosas”.

No vamos a hacer aquí el recorrido completo a lo largo de los siglos, pero hay que decir que si las velas empezaron alumbrando las reliquias de los mártires, ya desde esos primeros siglos pasaron a hacerlo también delante de las imágenes religiosas, y con abundancia. Para la época de la Reforma católica, las celebraciones de los santos y de las advocaciones de la Virgen implicaban ante todo un altar iluminado, y una procesión en que los devotos, para manifestarse como tales, han de llevar cirios encendidos. Las más importantes fiestas eclesiásticas, e incluso las ceremonias fúnebres con sus enormes piras y túmulos, se convertían en auténticos despliegues de iluminación que ya entonces la gente visitaba antes de su uso litúrgico. No es de extrañar así que un erudito del siglo XVIII, don Antonio Lobera, le dedicara al tema un amplio capítulo de su tratado El por qué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios. Ahí, el autor explicaba bien la lógica de la abundante cera: “Los fundadores de las fiestas y los devotos que las hacen a los santos, cuanto más luces pusieren, más culto se da a Dios nuestro Señor”.

Empero, las velas y los cirios no dejaron de ser también motivo de la vigilancia eclesiástica por cuanto al tema de la superstición. El propio monseñor Lobera citaba la sesión 22 del Concilio de Trento, celebrada en 1562, y en que aparece mencionada la idea de que las misas debían ser dichas con cierto número de velas, sin duda para garantizar el cumplimiento de las peticiones que se hacían en ellas. Mas para el siglo XVIII, el propio clero había comenzado a criticar el apego excesivo (si ya no supersticioso, al menos “indiscreto”) y el gasto “superfluo” necesario para pagar la abundancia de velas y cirios. Esto es, hubo obispos que trataron de disminuir el gasto en cera. Así lo hizo, por ejemplo, el arzobispo de México don Alonso Núñez de Haro y Peralta, en la década de 1780 con un edicto en que limitaba a 6 las velas de los altares, a 12 las que se habían de utilizar para la exposición del Santísimo y 40 las de los monumentos funerarios. Por supuesto, no faltó la airada e infructuosa protesta del gremio de artesanos cereros, en cuyo expediente el prelado reconoció que, a pesar de dicha reducción, había tenido que permitir a veces se concedieran licencias para colocar hasta un centenar de velas en algunas iglesias (El expediente en Archivo General de Indias, México, leg. 1287). Ya lo había hecho también, alegando el incremento en el precio de la cera, el obispo de Guadalajara, don Juan Gómez Parada, en un edicto de 1745, reduciendo incluso a 12 las de los túmulos y monumentos (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, caja 2, exp. 30).

Sin embargo, la crítica más importante contra la abundancia de luces comenzó en el siglo XIX con el surgimiento de la cultura política moderna, la del liberalismo. Una de las obras recientes más importantes sobre el tema de la relación entre la cultura religiosa católica y la modernidad, la de la profesora Sol Serrano, ¿Qué hacer con Dios en la república? (Santiago de Chile, FCE, 2008) nos ilustra bien este punto concreto a partir de un incidente chileno. El 8 de diciembre de 1863 se incendió por completo el templo de la Compañía de Jesús de la ciudad de Santiago de Chile. Era el día de la Inmaculada Concepción, por lo que la iglesia se engalanó con una impresionante iluminación de más de 3,400 velas en los altares y 2,000 más en los candelabros, arañas y globos colgantes. Un accidente al encender la media luna de la imagen desató el incendio en una iglesia de madera, pereciendo cerca de dos mil personas, mayoritariamente mujeres (pp. 29-30). La naciente opinión pública, representante autonombrada de las “Luces del Siglo” como se decía, se lanzó a la palestra de inmediato ante la tragedia. Para los periódicos liberales, sintetiza la autora: “La responsabilidad era del clero, de su concepto de culto, de su manipulación de los fieles y especialmente de las mujeres” (p. 32). La religión en la modernidad, lo muestra bien este caso, no es ya una mentalidad compartida por todos, sino un tema de discusión y de opinión. Para entonces, claro, existía ya también una prensa católica que trataba de responder desde el mismo campo a lo que ciertos clérigos y laicos estimaban como ataques contra la libertad eclesiástica. En el caso del incendio chileno, es opusieron frente a frente incluso las antropologías propias de cada cultura: unos reprocharon que se debía haber dado prioridad a evacuar a la gente, otros respondieron que se había rescatado al Santísimo Sacramento; unos preguntaban por la falta de esfuerzos por sacar los cuerpos, los otros decían que a la distancia se dieron los últimos sacramentos a las víctimas. En ello acaso no falta a veces alguna continuidad hasta nuestros días, a unos les interesaban los cuerpos naturales y su salud (hoy día además, y coherentemente, el patrimonio), a los otros el Cuerpo Sacramental de Cristo (no menos que su representación en las imágenes) y la salvación de las almas (pp. 34-35).

Desde luego, en México también hubo ejemplos de crítica contra las velas y los cirios. Las “Luces del Siglo” cuestionaron también aquí los excesos luminosos, mas al menos en los casos que he podido investigar, tal vez porque las circunstancias fueron menos dramáticas, no hubo denuncias especialmente encarnizadas contra ellas. En la prensa de Veracruz, que es la que menos desconozco, hubo por una parte algunas menciones marginales, que las descalificaban más bien por banales, inútiles. Con cierta ironía un artículo de El procurador del pueblo de Veracruz del 1o. de marzo de 1834, criticaba a los “indígenas” y su apego a las fiestas de cofradías, que no hacían sino “enriquecer al sacerdote”, recibiendo apenas en compensación “el placer religioso de encender un centenar de velas a sus difuntos”. Hubo también menciones implícitas de ellas, más radicales, quedando claro que la sensibilidad de algunos liberales comenzaba a tenerlas por ajenas al espacio público. Lo vemos en una carta publicada en ese mismo periódico veracruzano en mayo de 1834, en que uno de los liberales derrotados por los pronunciamientos habidos ese año en Orizaba manifiesta su temor contra las procesiones que “todas las noches andan rezando por las calles”. No lo dice directamente, pero es obvio que son procesiones que se hacían al menos con velas y cirios, y que para el autor habían dejado de ser una expresión religiosa para transformarse en manifestaciones de una facción que hacía ver con ellas su triunfo, su dominio del espacio público. De ahí pues, que tanto por motivos técnicos, de seguridad diríamos hoy, de prioridades en sus preocupaciones, e históricamente también por motivos políticos, la sensibilidad liberal, la de las Luces suele ver con desconfianza a las otras luces, las de velas y cirios cuando salen de las iglesias. Cabe aclarar que en el ejemplo que cité al inicio no se cumplen necesariamente ambos puntos, pero ya hablaremos con mayor extensión sobre ello, pues hay otros elementos de interés que aparecieron en el debate de la Velada del Recuerdo.

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