Entradas de prelados: Roma y Guadalajara en el siglo XVIII

DSCF3414En todas las monarquías del Antiguo Régimen era relativamente común la celebración de grandes entradas triunfales. Existe ahora una bibliografía importante sobre el tema de la “liturgia del poder” que ha dado cuenta de la importancia y los diversos aspectos de esos grandes ceremoniales al mismo tiempo políticos y religiosos, destinados a reforzar la legitimidad de las autoridades, y a representar las jerarquías a la vez sociales y políticas, así como los símbolos del poder en su conjunto. En el caso mexicano es ya un tema clásico el del trayecto de los virreyes de la Nueva España, desde Veracruz hasta la villa de Guadalupe pasando por Otumba (escenario de una importante batalla en tiempos de la Conquista) y su entrada triunfal a la Ciudad de México. Es un poco menos conocido, pero ya ha sido tratado, el tema que aquí me interesa, el de las entradas triunfales de los obispos del Antiguo Régimen.

Ellas tenían, sin duda, un modelo para todo el mundo católico en la más importante de esas entradas la que tenía lugar en la Ciudad Eterna, en Roma, al inicio de un nuevo pontificado: il posseso.

DSCF3557Desde la Edad Media, aunque adquiriendo su configuración clásica en los siglos del Antiguo Régimen, el nuevo Soberano Pontífice acudía procesionalmente desde el Vaticano hacia el otro extremo de la ciudad a tomar posesión de su catedral: la Basílica de San Giovanni in Laterano, cuya fachada vemos en la imagen. A caballo o en litera, el Papa atravesaba la ciudad para recibir los homenajes de sus súbditos más directos, en tanto obispo y en tanto soberano. Su cortejo avanzaba por la via papale atravesando un amplio despliegue simbólico: la nobleza romana decoraba las fachadas de sus palacios incluso con cuadros vivientes o con arcos triunfales.

DSCF3480Otro tanto hacían las grandes corporaciones religiosas romanas. La Compañía de Jesús, orden tal vez la más experta en materia de fastos barrocos, levantaba también un arco triunfal o una fachada efímera delante de su iglesia principal, la del Gésu (que vemos a la izquierda en su estado actual). Llegado al corazón de la Ciudad Eterna, el Conservatorio de la Ciudad salía también a recibirlo, presentándole a partir de San Pío V, la entrega de las llaves de la ciudad a su paso por el edificio de la corporación municipal, el Campidoglio. Con ello, el ceremonial de toma de posesión de la catedral devenía también ceremonial de toma de posesión de la ciudad misma.

Arco de TitoSiguiendo por la via sacra, el Soberano Pontífice atravesaba los testimonios de la antigüedad clásica, la memoria misma de la gloria imperial de la Ciudad, que tenían también su particular sentido en la toma de posesión del representante de Cristo en la Tierra. Así, por ejemplo, al llegar al Arco de Tito, el que conmemoraba la campaña victoriosa de las legiones romanas contra la rebelión de los judíos en el siglo I, (y que vemos en la imagen), la comunidad judía de Roma salía también a presentar al Papa uno de sus símbolos, la Torá, en reconocimiento de su soberanía En fin, en la última parte del recorrido, el Cabildo Lateranense le entregaba también al Soberano Pontífice unas llaves, no las de San Pedro como querría la voz popular, pero sí las del Palacio Lateranense, donde en la Edad Media tenía lugar el asiento del Papa en la sedia stercoraria, oscuro objeto simbólico que causó numerosos rumores en la Corte pontificia como puede leerse en la primera parte del clásico de Alain Boureau La papesse Jeanne.

Otra la era la escala, otros los escenarios, otra sin duda la amplitud de la potestad, pero los principios organizadores del ceremonial, e incluso las pompas mismas no variaban mucho en una capital episcopal novohispana del siglo XVIII, como lo era la ciudad de Guadalajara.

Las entradas episcopales tapatías tenían también sus símbolos y sus espacios, sus actores y sus jerarquías. Los tapatíos acudían a recibir a sus obispos a las fueras de la ciudad, en la villa de San Pedro Tlaquepaque. Hasta ahí llegaban representantes de la Real Audiencia, el Ayuntamiento, el Cabildo Catedral, los vecinos nobles y de “distinción” para presentar sus parabientes y dar la bienvenida al prelado. Ahí desde luego no había guardias suizos, pero sí en cambio numerosa tropa de caballería “espada en mano” en honor del Príncipe de la Iglesia, escoltando esta primera etapa hasta la capilla de San Antonio. Era en ese punto donde propiamente hablando se formaba el cortejo de entrada triunfal. Bajando del carruaje, el nuevo obispo hacia su entrada, no a caballo como el Papa, sino en mula, con gualdrapa de terciopelo rojo o carmesí, no sin antes recibir los honores militares de la infantería estacionada en ese punto para la ocasión. Si el Soberano Pontífice se rodeaba de dignatarios y nobles romanos, el obispo de Guadalajara avanzaba “rodeado de las autoridades y gente noble, jinetes con otras monturas ricamente enjaezadas” como solían decir las descripciones de la época, que seguimos aquí a partir de la obra de José Ignacio Dávila Garibi, Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara, harto instructiva en materia del ceremonial episcopal neogallego.

La cabalgata iba por en medio de calles tal vez sencillas si las comparamos con las vías romanas, pero no por ello menos adornadas “con colgaduras de seda de China y gallardetes de variados colores”. El prelado llegaba hasta alguna de las iglesias del centro de la ciudad, San Agustín, según sabemos, donde iniciaba la tercera parte de su recorrido, la procesión episcopal propiamente dicha. Previo saludo del Cabildo Catedral y demás corporaciones religiosas de la ciudad, revestido ya de pontifical, el obispo avanzaba hacia la Iglesia Catedral, asimismo adornada para la ocasión. En la plaza principal, entre arcos triunfales, tablados para la interpretación de loas, y nuevamente saludos de las tropas, el obispo entraba finalmente a su sede para celebración del Te Deum en acción de gracias, al que seguía por último, la toma de posesión del equivalente aquí del palacio lateranense, el palacio episcopal.

Es tal vez significativo, el último posseso tuvo lugar en 1775 para el inicio del pontificado de Pío VI. Hubo nuevas entradas triunfales de los Papas en Roma, pero dejaron de estar asociadas a la toma de posesión de San Giovanni in Laterano, que a partir del pontificado Pío VII se haría más bien en ceremonia privada. Los obispos de Guadalajara en cambio, siguieron entrando con pompas barrocas en su capital para tomar posesión de su catedral y palacio al menos hasta los últimos años del siglo XVIII, con monseñor Juan Cruz Ruiz de Cabañas. Empero, no es menos cierto que en las primeras décadas del siglo XIX había ya voces que criticaban en la Nueva España este tipo de cabalgatas, aunque ello motivo de otra entrada próximamente.

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