Elecciones

Es año electoral en varios estados mexicanos, así como aquí en Francia se avecinan las elecciones regionales. Por ello me parece oportuno dedicar esta entrada al tema de las elecciones en la Iglesia católica. Hoy en día puede parecernos raro, pero la elección era, y en buena medida sigue siendo, un acto fundamental dentro del catolicismo: la mayor parte de las autoridades de las corporaciones religiosas son o fueron en algún momento, electivas. Desde luego, ha habido cambios fundamentales. Retomo los tres más importantes que cita Jean Gaudemet en su obra Les eléctions dans l’Église latine des origines au XVIe siècle (1979). En primer término, tradicionalmente electio no significaba otra cosa que designación, por lo que no implicaba nada directamente sobre quién podía hacerla, o qué procedimiento se seguía. Segundo, contrario a las elecciones políticas de hoy, no pretende ser una expresión de la voluntad popular, sino de la voluntad divina. En fin, la elección en la Iglesia no atribuía necesariamente un poder al elegido, éste no le vendría sino hasta su confirmación y consagración, según fuera el caso.

Ahora bien, ¿qué autoridades eran elegidas en la Iglesia? En primer término los obispos, y entre ellos especialmente, el de Roma, es decir, el Papa. La historia de las elecciones episcopales fue mucho tiempo motivo de debate, pues sobra decir que en la tradición católica los procedimientos antiguos sirven para justificar los nuevos. Cuando la Constitución civil del clero francés de 1791 estableció que los obispos habían de ser electos por el pueblo, sus impulsores pensaban estar volviendo con ello al cristianismo de los primeros siglos. Si nos atenemos a la obra de Gaudemet citada más arriba, hay que decir que los testimonios más antiguos sobre las elecciones episcopales no van más atrás del siglo III, y en efecto el pueblo estaba presente, pero no es fácil decir cuál era su participación. Hacia el siglo V, aunque con muchas variantes, podría decirse que en general la elección la hacía el clero, delante y con la aprobación unánime del pueblo, hoy diríamos que por aclamación. La unanimidad era la garantía de la aprobación también por la voluntad divina. Ésta, por cierto, podía manifestarse de otras formas. Las vidas de los santos obispos medievales, están llenas de incidentes en los que, al momento de su elección, el vuelo de una paloma, un rayo de sol que se abre paso entre las nubes, el llanto repentino de un niño, las visiones de un santo varón, etcétera, vienen a calmar posibles divisiones y asentar la legitimidad del acto.

Una larga historia que no podemos detallar aquí, fue dejando de lado la intervención del pueblo y las manifestaciones milagrosas, y asentando la elección por parte de los clérigos de la iglesia principal, el cabildo catedral, y en el caso del Papa por el colegio de los cardenales de la Iglesia Romana. Esa misma historia vio crecer también la intervención de los soberanos civiles. Así, en el caso de la Nueva España, los obispos eran elegidos por el rey, en tanto patrono de la Iglesia, a partir de una terna preparada por el Consejo de Indias. El elegido era presentado al Papa para que éste lo confirmara y le otorgara las bulas necesarias para su consagración. En cambio, las elecciones que sí eran más cercanas a los habitantes de la Nueva España fueron las de las órdenes religiosas y las de cofradías y órdenes terceras.

Franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, carmelitas, etcétera, celebraban cada tres o cuatro años reuniones generales conocidas como capítulos, en los que entre otras cosas, procedían a renovar a sus superiores. Cabe decir que solían ser episodios particularmente agitados en la vida de los claustros, y no faltó la ocasión en que el virrey tuviera que intervenir para evitar que las pasiones se desbordaran entre los asistentes. Se elegía lo mismo al ministro de la provincia que a los superiores de los conventos (priores, guardianes, comendadores, etc.), cargos que generaban la división entre facciones, que solían identificarse por su lugar de origen (peninsulares contra novohispanos, por ejemplo). Una exposición general sobre las elecciones de los religiosos puede verse en el artículo del doctor Antonio Rubial García, “Votos pactados“, publicado en la revista Estudios de historia novohispana.

Asimismo, cada año, en algunas regiones hasta hoy día, luego de las fiestas patronales eran elegidos los mayordomos de las cofradías y sus ayudantes. Estas elecciones normalmente contaban, o debían contar, con la vigilancia del párroco, quien previamente habría revisado las cuentas de la administración saliente, y era él mismo quien convocaba al cabildo de la cofradía. A veces incluso el párroco era quien sugería los nombres de los nuevos principales de la corporación, o incluso su reelección. Otras corporaciones de seglares que realizaban anualmente sus elecciones eran las órdenes terceras. Hermanos seglares de los religiosos, se distinguían de las cofradías por sus hábitos, sus reglas más estrictas, el año de noviciado, etcétera. Pero como los cofrades, cada año tras la fiesta principal debían reunirse con un fraile, titulado comisario de terceros, en el cabildo de la orden, para la renovación de la que se denominaba como “venerable mesa”, larga lista de cargos desde el hermano mayor, secretario, tesorero, maestro de ceremonias, hasta los porteros y ayudantes.

Ahora bien, respecto a los procedimientos de elección, tres quedaron consagrados en el derecho canónico cuando menos desde el IV Concilio de Letrán de 1215, tales son: el escrutinio, el compromiso y la inspiración divina. El primero es el más cercano a la práctica que conocemos hoy, pues se realizaba por sufragio o como se decía en el siglo XVIII, “a pluralidad de votos”, normalmente secretos, introducidos en una urna. El compromiso, en cambio, consistía en la designación, entre los electores, de un grupo más reducido de personas, quienes discutirían entre sí, de manera separada, la elección. En fin, la inspiración divina, sobre la que ya hemos hablado, consistía en la expresión unánime de los electores sin acuerdo previo.

Conviene subrayarlo, todas estas elecciones estaban lejos de ser democráticas, según nuestros criterios actuales. De hecho, más bien diríamos que eran coptadas, pues pasaban ampliamente por la negociación. Sin embargo, es cierto, el ideal de reflejar la voluntad divina se mantuvo y se mantiene hasta hoy. Prueba de ello son las ceremonias que tenían lugar antes y después de ellas: la misa de Espíritu Santo, en la que se invocaba a la tercera persona de la Trinidad con el cántico Veni Creator para que orientara los votos de los electores. Después, terminada elección, seguía la acción de gracias a Dios con el Te Deum, juntos electores y elegido.

Si bien los principios de estas elecciones estaban lejos de ser los de las elecciones políticas de la modernidad, no por ello dejaron de inspirar las nuevas prácticas. En el México del siglo XIX, el de la primera mitad de ese siglo cuando menos, las elecciones conservaron mucho de esos rituales: eran precedidas de la misa y terminaban con una acción de gracias, contaban con la asistencia de los párrocos, y no era raro que se llegara a ellas ya con un acuerdo previo sobre los triunfadores. La parroquia fue, cabe también subrayarlo, la primera circunscripción electoral del mundo hispánico, y como ésta sólo se reúne una vez a la semana con motivo de la misa dominical, era perfectamente lógico que las elecciones fueran siempre en un domingo, como es hasta hoy. Cabe decir, en otros países se ha conservado incluso parte del ritual católico, como nos muestra este video de los candidatos a la presidencia de Costa Rica asistiendo a la misa antes de iniciar la jornada electoral.

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