El tío Gregorio y los rosarios de Ánimas en la Villa de Lagos

El testimonio más común que nos queda de las cofradías del Antiguo Régimen suelen ser sus libros de cuentas, en los que quedaron asentados sus gastos, sus ingresos, sus bienes. Libros llenos de números, de balances, de cortes de caja y de autos de revisión, es común imaginar que la única forma de explotarlos es justamente reproducir sus sumas y restas, a veces incluso hasta evaluar con detalle cada una de sus operaciones, tratando reconocer en ellas materiales que podamos comprender con conceptos y categorías de orden por completo económico. Parecieran buena muestra de que aquí, en medio de tantos números no hay religiosidad ni ritual posibles, porque en buenos hijos de un mundo secularizado, Cielo y dinero nos parecen opuestos y naturalmente separados. Y sin embargo, cabe siempre recordar que en el Antiguo Régimen apenas habría ritual que no implicara así fuera una limosna, y que la mejor manera de identificar qué misas y cuando se celebraban, es buscar el monto que se pagó por ellas.

Pues bien, buscando justamente en uno de los libros de cofradías de la parroquia de la Asunción de la antigua Villa de Santa María de los Lagos, la de las Benditas Ánimas del Purgatorio, avanzando entre cuentas y más cuentas uno puede encontrarse con un personaje tan olvidado como el ritual del que era responsable, uno más del siempre interesante paisaje sonoro de las parroquias de antaño. En un asiento fechado en junio de 1791 aparece por primera vez el pago “al que gritó la oración”. Sus pagos van y vienen a lo largo de las semanas siguientes bajo el título del “que grita el Padre Nuestro y el Ave María”. En ese mismo año se integra a la función principal del instituto, la del 2 de noviembre, en que no sólo hubo “plática, misas de la octava, aniversario [por los fieles difuntos], sermón y capilla [de músicos]”, sino también “el tío Gregorio, que en 9 días pidió el Padre Nuestro y el Ave María”. En adelante quedó asociado justamente a estas fechas, los días que preceden la fiesta de los Fieles Difuntos, cuando según parece salía a recorrer las calles de la villa, pudiendo ser 9 ó 10 las noches en que salía. Pero su actividad no acababa ahí, también hay registros que nos lo muestran a lo largo del año, sobre todo en los lunes, pues como sabemos el lunes es el día de la semana que se dedicaba a la oración por las Ánimas, y la cofradía tenía su misa semanal, de forma parecida a como era los jueves con el Santísimo Sacramento o los sábados con la Virgen de la Inmaculada.

¿Qué hacía pues el tío Gregorio? Nos lo explica por fin el último registro que hemos localizado de su actividad: “ha andado gritando los lunes por las calles pidiendo el que recen los fieles en favor de las Ánimas un Padre Nuestro y un Ave María”. Suerte de campana humana, pues eran ellas normalmente las que tenían el deber de recordar a los fieles de la época sus oraciones, al menos tres veces al día, podía también compararse a los misioneros franciscanos con sus saetillas, esos versos tan directos en pro de la conversión so pena de los castigos infernales que los buenos frailes acostumbraban recitar a toda voz en medio de la noche. Lamentablemente no sabemos más del tío Gregorio, ni de los motivos para dejar de recorrer las calles para recordarle a los vivos que debían rezar por los muertos; empero pareciera que esta práctica iba de la mano de otra, algo más común en el mundo hispánico: el rosario por las Ánimas.

El inventario de la cofradía de octubre de 1803 es bien elocuente al respecto: todavía estaba ahí el “cuadro que servía para el rosario”, y en los registros de la década de 1770 hay algunas limosnas recogidas “en la noche de su rosario”, que contrastan con los gastos semanales para organizarlo: durante la década de 1780 parece haber ido en constante crecimiento, pues comenzaron a pagarse las velas, los cantores y, al ingreso del padre José Ana Gómez Portugal como mayordomo en 1789, un campanillero. Todo parece indicar que en esas tres últimas décadas del siglo XVIII y justo hasta 1800, los laguenses debieron ver pasar cada semana una pequeña procesión llevando el cuadro de las Benditas Ánimas compañado por las velas, los faroles (de los que sabemos por los pagos de su compostura en 1783) la música y la campanilla abriendo paso, rezando sus oraciones por las calles. Mas si su mejor momento fueron los años 1780, en los 1790 hubo semanas en que no salió. Podemos sólo suponerlo, pero acaso el tío Gregorio habría sido el reemplazo de esa práctica hasta independizarse de ella. Los rosarios, en cambio se mantuvieron más puntuales en la octava de Ánimas, cuando justamente era con mayor pompa, pues era un rosario cantado al que a veces se adjuntaban dobles de campana. Los hubo incluso a lo largo del mes de noviembre cuando la cofradía tomó la costumbre de celebrar por separado el aniversario de sus difuntos.

De nuevo hacia el año 1800 tiene lugar un corte importante, esta práctica desaparece también, sin que podamos advertir los motivos. Acaso la insistencia del clero en el sentido de reducir gastos pudo haber finalmente alcanzado estas prácticas, acaso simplemente los fieles dejaron de considerarlas como parte indispensable del descanso de sus difuntos.

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