El Sumo Pontífice

En estos días, el papa Benedicto XVI se encuentra de vacaciones en una de las residencias de la Santa Sede fuera del Vaticano, la de Les Combes, donde, como se sabe por los medios, se recupera además de una fractura de la mano derecha. Así, como se ha vuelto costumbre, el papa no deja de aparecer en los medios a pesar de sus retiros veraniegos. Recuerdo que fue en julio de 2005, cuando residía ahí mismo en Les Combes, que el papa tuvo un encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Aosta a los cuales habló por ejemplo del tema del divorcio. Expresó entonces una idea que no deja de ser controvertida: si un sacramento como el matrimonio, celebrado sin fe era válido. Ello desde luego pensando en las personas que se encuentran en la paradoja de haber encontrado la fe posteriormente, después de un primer enlace celebrado más bien por seguir la tradición, y que terminó en divorcio, y que por ello no pueden acercarse a la comunión. Fragmentos del discurso del papa y de sus respuestas a los clérigos participantes en aquella ocasión aparecen en   Chiesa Espresso Online

Sea durante el año laboral o durante el verano, la presencia del papa en los medios es realmente abrumadora. Este año lo ha sido especialmente entre las visitas a Estados Unidos, Francia, África, Tierra Santa, además de los debates sobre el uso del preservativo, el aborto, la pederastia y sobre todo el del tradicionalismo, que fue sin duda el que más conmovió a la opinión católica.

Se diría pues, que no sólo los católicos, sino la opinión pública en general, están al pendiente de lo que el papa dice, hace, y lo que a él le sucede. Sin embargo, en estos dos mil años de historia de la Iglesia católica, todo ello no deja de ser algo más bien nuevo, característico sobre todo de los últimos doscientos años. De hecho, la Iglesia del mundo hispanoamericano de los siglos XVI hasta principios del XIX, se movía, me atrevería a decir que sin que el papa constituyese una presencia tan cotidiana como lo es para los católicos de hoy. Desde luego, por entonces se acudía al papa para obtener anulaciones matrimoniales, secularización de religiosos, privilegios, indulgencias, confirmaciones episcopales, y un sinnúmero de bulas y breves que, en virtud del pase regio, han dejado abundantes testimonios en el Archivo de Indias. Mas no era menos común ver a las corporaciones religiosas y a los devotos fundadores de obras pías y capellanías dejar muy claro que la Santa Sede no tenía ningún poder para modificar sus estatutos. Ahí estaba siempre la misma cláusula de las escrituras de fundación para recordarlo, la voluntad del patrono debía obedecerse aun si contra ella “se impetren y ganen bulas de Su Santidad, letras apostólicas u otros rescriptos de la Curia romana en otra forma expedidos”.

En unos reinos donde la lejana presencia del rey era recordada con cierta frecuencia en virtud de las ceremonias religiosas en honor de él y su familia, incluyendo juramentos, acciones de gracias por nacimientos y bodas, rogativas con ocasión de sus enfermedades y ceremonias fúnebres por sus fallecimientos, la aun más lejana autoridad pontificia rara vez se hacía ver en el ceremonial público. En efecto, me consta que en las cartas que los obispos hacían circular entre los párrocos aparecen con frecuencia las órdenes para los oficios en honor de la familia real, pero ni una sola vez he visto alguna en que se les informe de algún suceso de la casa pontificia. Hasta dónde sé (confieso que no he hecho una búsqueda sistemática al respecto), la primera vez que se celebró el ascenso al trono de San Pedro del Soberano Pontífice fue hasta después de la independencia, concretamente con Gregorio XVI (1831), quien habría de preconizar poco después a los primeros obispos del México independiente.

En general, en aquellos finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX la figura del papa era muy controvertida. Los ilustrados del XVIII habían sido en general muy críticos con la Curia romana y en ocasiones con el propio papa. Aunque en sus inicios la Revolución francesa intentó buscar de la Santa Sede la aprobación de sus reformas eclesiásticas y religiosas, la ruptura se consumó con la Constitución civil del clero de 1791 cuya condena por el papa dio motivo a que su efigie fuese quemada en el Palais Royal en abril de ese año. De ahí en adelante la Francia revolucionaria y napoleónica estaría claramente enfrentada con Roma, hasta llegar a los arrestos sucesivos de Pío VI y Pío VII.

Ironías de la historia, la cautividad (“el martirio” se llegó a decir incluso) del Sumo Pontífice y sus obligados viajes por Italia y Francia contribuyeron a incrementar su prestigio. Todos los que nos dedicamos al estudio de la historia de la Iglesia del XIX sabemos que, tarde o temprano, según los ritmos de los países y de las regiones, Roma se convertiría, sobre todo hacia mediados y finales del siglo en el referente de todo un movimiento católico anti-liberal, el ultramontanismo. Un movimiento que convivía y disputaba el predominio con otros, como los católicos liberales o con clérigos formados en la tradición del Antiguo Régimen.

México, desde luego, vivió también con gran efervescencia ese tipo de debates. Prácticamente desde la independencia misma, la prensa naciente se volcó a debatir sobre la autoridad del papa y la relación que la nueva soberanía nacional debía llevar con él. En ese debate, tengo la impresión de que fueron esos “publicistas”, normalmente muy críticos de la Santa Sede, los que comenzaron a difundir la historia y la actualidad del papa. En los períodicos veracruzanos lo mismo hay eruditas notas sobre S. Gregorio VII, cuyas reformas en el siglo XI habrían estado en el origen de la autoridad pontificia “desmedida” según los articulistas, que informaciones sobre la actitud de la corte romana ante las guerras civiles portuguesas entre liberales y conservadores, o ante la rebelión de los polacos contra la ocupación rusa.

Desde entonces y a la fecha, la información que circula sobre el papa no deja de estar filtrada constantemente por los debates sobre su figura y su autoridad en el mundo católico.

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