El problema de la calvicie clerical

En otras oportunidades he dedicado este blog a tratar del tema de la distinción sacerdotal: en el Antiguo Régimen se esperaba que todo lo que concerniera y rodeara al sacerdote resaltara su carácter de persona sagrada. No sólo se trataba del celibato, de la “modestia” en las costumbres, de la buena educación, de los conocimientos propios de su oficio (latín, filosofía, teología, etcétera), sino incluso del porte, vestimenta y arreglo personales. El sacerdote pues, ante todo, debía verse. Se le debía reconocer por su traje, talar cuando menos y de color negro, en la correcta decencia de su arreglo, sin permitirse extravagancias mundanas, pero también, y es a lo quiero llegar en esta ocasión, en sus respetables cabellos.

Al respecto la mejor ilustración es sin duda el edicto del arzobispo de México Alonso Núñez de Haro y Peralta del 22 de mayo de 1790, en que incluye con detalle las reglas a que debían obedecer todos los clérigos de su jurisdicción. Es ya significativo que la primera de esas disposiciones tenga que ver con el corte del cabello: el clero se reconocía ante todo por la corona abierta,  es decir, el cabello rapado en el centro de la cabeza de dimensiones acordes con su jerarquía. Lo indicaba el arzobispo: “la de los presbíteros sea mayor que la de los diáconos y subdiáconos, y la de los ordenados de menores más pequeña que la de aquellos”. A continuación estaba el arreglo del propio cabello, “pelo corto”, mandaba el arzobispo, “sin coleta ni molote, sin atarle, rizarle ni ensortijarle, y sin más compostura que la de un natural aseo”. Todo ello correspondía al carácter propio de los eclesiásticos y contribuía a resaltar su jerarquía por encima de los seglares.

Ahora bien, siendo tal la importancia del cabello clerical, perderlo podía ser toda una tragedia, tanto mayor cuanto que las celebraciones más importantes propias de su oficio, como la misa y la impartición de los sacramentos, debían ser realizadas con la cabeza descubierta. Evidentemente, ello implicaba que mostraran al público constantemente y en los momentos más solemnes, una imagen poco acorde con la jerarquía de su estado. Para evitar tales vergüenzas, no faltaron eclesiásticos que acudieron a la Santa Sede para impetrar del Papa, pues sólo él podía dispensar de esa obligación, la facultad de usar peluca durante las celebraciones. Es gracias a ello que sabemos de algunos ejemplos de este tipo de pequeños dramas clericales, en particular de la primera década del siglo XIX.

Era un problema que afectaba a todo tipo de eclesiásticos y que les daba los más diversos problemas: el párroco de Villahermosa, José Eugenio Quiroga, lamentaba en 1803 los perjuicios para su salud en esas regiones tropicales, y justificaba su petición “por “los muchos dolores que ha experimentado” y por la “debilidad de cabeza” que le caracterizaba. Pero no era la salud física lo más importante, sino justamente la dignidad clerical la que se arriesgaba. Lo reconocemos bien en la solicitud del arcediano de la Catedral de Mérida, doctor Pedro Faustino Brunet, quien ciertamente citaba su “delicada constitución”, pero sobre todo que su calva “presenta una vista indecente”, impropia sin duda de un dignatario de la iglesia principal de la diócesis. Peor aún, el procapellán del regimiento provincial de infantería de Michoacán, se lamentaba que “causa irrisión cuando celebra el santo sacrificio de la misa”, momento en que sin duda la imagen clerical debía ser la más solemne.

Ante tan grave problema, consejeros indianos no parecen haber tenido mayor dificultad en aprobar casi sin mayor trámite las solicitudes de los afectados, mas en la Corte pontificia era importante mantener, incluso en materia del peluquín, la correcta decencia clerical. Así, había al menos dos soluciones: al arcediano Brunet, por ejemplo, el Papa Pío VII por breve del 28 de febrero de 1804 le concedió el permiso para oficiar usando un solideo, el gorro clerical para cubrir justamente el centro de la cabeza; al párroco de Villahermosa, el propio Soberano Pontífice concedió en 26 de marzo de ese mismo 1804 la facultad de utilizar “una peluca que no desdiga de la modestia eclesiástica”, y que desde luego tuviera libre la tonsura.

Y es que este punto, el de la “modestia eclesiástica” de la peluca, era un asunto lo suficientemente importante como para haber llamado la atención de uno de los autores más citados en materia de disciplina eclesiástica del siglo XVIII: el arzobispo de Bolonia, Cardenal Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, quien dedicó al tema buena parte de su instrucción XCVI, cuya portada vemos en la imagen. Severo, el futuro Pontífice Máximo, luego de recordar las disposiciones al respecto, reprochaba a algunos clérigos de la diócesis el que “se han puesto un peluquín tan pomposo, que dan a entender claramente haberlo ajustado no con su necesidad sino con su vanidad”. Vanidad que incluía, por ejemplo, no dejar descubierta la corona clerical, o usar pelucas de colores distintos al del cabello natural, blanco se entiende en el contexto. Distinguiendo la peluca o peluquín del cerquillo, siendo la primera una red capaz de cubrir gran parte de la cabeza, y el segundo “una cinta o faja estrecha a la cual van artificiosamente atados algunos cabellos”, el Cardenal Lambertini hacía de este último la peluca correspondiente a la sencillez del sacerdote.

Cabe decir, el propio arzobispo pronosticaba la oposición de su clero y atisbaba ya “una procesión de sacerdotes que se encaminan a nuestro palacio acompañados de sus barberos, y que estos, con un semblante lastimoso, nos representan que tal sacerdote tiene en la cabeza cierto mal asqueroso […], que aquel otro sacerdote no tiene cabello alguno en la cabeza; y que otros tienen los cabellos tan erizados, tan cortos o tan desiguales, que no puede llegar el arte a proporcionarles un cerquillo”. Si bien no hemos encontrado testimonios del uso en el caso de los clérigos novohispanos, este tema es sin duda buena muestra de que esa segunda mitad del siglo XVIII la dignidad clerical, siendo unánimemente aceptada, estaba constantemente a debate en sus más mínimos detalles entre reformadores que recuperaban lo mismo la tradición antigua que las disposiciones más recientes, y las costumbres locales de una amplia mayoría del clero.

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