El paisaje parroquial de Lagos: la iglesia principal

DSCF3180La antigua villa de Santa María de los Lagos, hoy Lagos de Moreno, es bien conocida por estar enclavada en una región, los Altos de Jalisco, cuya religiosidad católica es proverbial. Mas ésta corre a veces el riesgo de ser considerada una constante casi “natural” de la región, siendo que en realidad tiene una historia que todavía está por estudiarse cabalmente. Puede parecer paradójico, pero si algo he podido constatar en estos casi dos años que llevo en estos rumbos, es que todavía no hay una verdadera historiografía de la cultura católica de los Altos. Y sin embargo, es una región que cuenta con amplias y diversas fuentes para estudiarla, no sólo respecto de los tiempos neogallegos, cuando Lagos era la puerta del obispado de Guadalajara, sino también para épocas más recientes.

Tal vez una que puede resultar especialmente fructífera es la literatura. Lagos contó en tiempos del Porfiriato con un grupo de intelectuales locales que dejó un respetable corpus de textos que, sin tener ese propósito originalmente, pueden servir como fuente para la historia de la cultura regional. Es casi obvio citarlo, al menos parecerá así a quienes conocen bien Lagos, pero hay que mencionar a Francisco González León, “el poeta de Lagos”, de cuyos inspirados textos no puedo juzgar la calidad literaria, pero sí que me es posible recuperarlos para la historia religiosa. Nuestra hipótesis es que a partir de los poemas de González León es posible analizar el paisaje parroquial de Lagos, es decir, por retomar la definición de Philippe Boutry, “el espacio vívido y cotidiano de la vida religiosa en el seno del cual se desarrolla una existencia cristiana” (Prêtres et paroisses au pays du curé d’Ars, 1986, p. 117).

Ese espacio, ese paisaje, tiene una historia, pues en Lagos como en cualquier otra parte del mundo católico se fue construyendo progresivamente. Mas a González León le tocó vivirlo acaso en uno de sus mejores momentos, en las primeras décadas del siglo XX, cuando se habían acumulado ya las obras de varios siglos de constructores de iglesias, edificios y símbolos católicos en la región. Pues bien, ¿Por dónde comenzar a estudiar ese paisaje? González León nos contestaría de inmediato con un poema, el que encabezaba la última sección de su obra Campanas de la tarde, significativamente parroquial y que comienza así:

Liturgia que lo canta, fe que lo eterniza,
sol que lo abrillanta, luna que lo melancoliza;
de mi pueblo aquel Templo Parroquial
con el atrio nemoroso tras el férreo barandal
.

González León tal vez no lo supiera, pero su poema es testimonio de un triunfo, de un largo proceso en la historia del catolicismo en que las iglesias parroquiales y catedrales debían ser el lugar central de la vida religiosa de los pueblos, desplazando a las iglesias conventuales, capillas, santuarios y otros lugares sagrados. Justamente el catolicismo del siglo XIX fue el que llevó a su término dicho proceso, además protagonizado por párrocos que eran a veces entusiastas constructores y renovadores de sus iglesias. Además el poeta lo veía bien, el templo parroquial era protagonista en buena medida gracias a su liturgia, la que debía reunir todos los elementos necesarios para ser un teatro al menos honorable y de preferencia fastuoso para la impartición de los sacramentos indispensables para la salvación, según el catolicismo.

Y la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción justamente concentraba esos elementos, sigamos de nuevo a González León:

Arabescos de cantera del sumptuoso frontispicio
que le diera Churrigera;
alabastro de la pila bautismal. Devoción a San Pascual…
¿Cuál santoral?, ¿cuál su santoral?
Las penumbras de la nave; del órgano las flautas y el fagot; los ángeles,
el oro y los cristales de la urna que guarda a San Hermión.

Se puede apreciar claramente que la iglesia parroquial que vivió el poeta no era cualquier edificio. Deslumbraba en primer lugar por su fachada. Y así debía ser, considerando que era una herencia de la Reforma católica (la alusión a Churrigera es particularmente pertinente), en la que se esperaba que las iglesias representaran, hasta cierto punto, una verdadera Jerusalén celestial, desde sus puertas llenas de columnas y nichos hasta sus cúpulas y altares mayores. La iglesia es un gran escenario, decorado con todos los recursos posibles, empezando por la luz, tan querida de la tradición cristiana desde la Edad Media. Así, la “sumptuosidad” en la fachada hace juego con el “oro y cristales” en el interior, mientras el “sol que abrillanta” el exterior contrasta con la “penumbra” interior.

Además, en ese escenario debían desplegarse, en principio, las devociones de la localidad, y siendo la iglesia parroquial debía ser el lugar de concentración de los más importantes abogados celestiales. La pluma del poeta lo muestra bien en este caso, la iglesia de Lagos albergaba lo mismo a santos tan tradicionales del catolicismo como San Pascual, que reliquias de las catacumbas romanas exclusivas de la ciudad, como el cuerpo de San Hermión. Por supuesto habría que agregar además a los antiguos patronos de la ciudad, Santa Catalina de Alejandría y San Sebastián y a su titular, que ya lo era, sin duda, la Virgen de la Asunción.

La iglesia parroquial es por definición el lugar donde se administran los sacramentos, que marcan la vida del pueblo católico desde su nacimiento hasta su muerte. El católico es parte de la Iglesia (comunidad) pero además hace su vida en la iglesia (edificio). Un buen laguense había de pasar preferentemente en sus primeros días de vida por el “alabastro de la pila bautismal”, su vida cada domingo por las “penumbras de la nave”, el espacio propio de los fieles, y si bien tal vez no le tocó ya verlo al poeta, pero al final de sus días el parroquiano debía también reposar preferentemente ahí. Tal era el sentido original del “atrio nemoroso” que evocaba nuestro autor. Pero más todavía, el templo parroquial es además el rector del paisaje sonoro, no sólo con sus instrumentos musicales (el órgano), sino sobre todo gracias a otros instrumentos que el poeta evocó con particulares extensión y emoción:

Campanas que por viejasparecen tener canas…
Campanitas de las 7 de la noche
;
Clamores a las 8 por las ánimas benditas.
Y el paternal bordón
que en su amonestación ronca y queda
propalaba la
queda.
Y aquella matinal de notas lentas;
aquella, que de un rosario de melancolía, parecía repasar las cuentas.

El poeta nos deja aquí valiosas indicaciones de algunos de los toques de campana que los laguenses escuchaban, y bien posiblemente sabían distinguir tanto como el propio autor. Lagos no era menos que el resto de las parroquias del mundo católico y tenía variedad de campanas y de toques, hasta el punto de poder constituir un vocabulario propio con los tonos particulares de cada una y sus ritmos combinados. Imposible restituirlas del todo, pero destaquemos que el poeta se centra en los sonidos del principio y el final de la jornada, y que además hace la asociación entre las campanas y las oraciones por las ánimas del Purgatorio. Los obispos del siglo XVIII estarían orgullosos, hasta cierto punto, después de sus grandes esfuerzos por hacer de las campanas parroquiales rectoras de la vida cotidiana, sin que perdieran su jerarquía como objetos sagrados, que debían siempre llamar al pueblo a la oración. Ausentes están aquí, sin embargo, los toques para conjurar peligros naturales, acaso ya dejados atrás incluso en la mentalidad de este inspirado poeta local, por los avances científicos de la época.

Podríamos seguir el poemario de González León y continuar recorriendo el paisaje urbano laguense, pero eso será sin duda motivo de otros artículos más adelante.

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