El padre Bonilla y la Teología de la Liberación

La semana pasada falleció el padre Carlos Bonilla Machorro, sacerdote católico que se hizo notar por su compromiso con los movimientos sociales de la década de 1970, en concreto con el de los cañeros del ingenio de San Cristóbal. Nacido en Perote en 1933, sacerdote desde 1959, a principios de 1973 encabezó la resistencia, pacífica cabe destacar, de los habitantes de Carlos A. Carrillo, donde ejercía su ministerio como párroco, ante la entrada del ejército enviado para reprimir a los trabajadores. Asimismo, se le conoce por su relación con el profesor Lucio Cabañas, acaso el más célebre guerrillero de la región sur del estado de Guerrero, oficiando incluso de mediador en el secuestro del cacique de la región Rubén Figueroa.

Autor prolífico, algunas de sus obras (Caña amarga, 1975; Ejercicio de guerrillero, 1981) se han convertido en fuentes importantes para la historia, todavía bastante oscura de esos movimientos. Una breve noticia de su obra puede consultarse en el Diccionario de escritores mexicanos, disponible en Google Books, y también es recomendable un artículo breve y muy ponderado sobre su trayectoria de “sacerdote controvertido”, escrito por un colega suyo, el Dr. y Pbro. José Benigno Zilli.

La triste noticia del fallecimiento del padre Machorro hace oportuno de evocar, me parece, uno de los pasajes más importantes de la historia de la Iglesia católica en el siglo XX: la Teología de la Liberación. Casi es obvio decirlo, el padre Machorro era un hombre cuyas acciones estaban fuertemente influidas por dicha corriente, siendo especialmente cercano de don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca. Sin embargo, me temo que no soy muy competente en la materia, por lo cual todo lo que puedo hacer ahora es sugerir dos lecturas que al menos a mi me han servido mucho para poner dicho movimento en perspectiva. En principio, el volumen 3 de la Teología en América Latina, editada por Veuvert-Iberoamericana, dirigida por Josep-Ignasi Saranyana, y coordinado el volumen por Carmen Alejos Grau, profesores de la Universidad de Navarra. El lector podrá encontrar ahí un buen compendio de la historia de la teología liberacionista, visto desde fuera de ella. No es un dato menor, toda vez que entre los propios liberacionistas (Enrique Dussel, Leonardo Boff, etc.) existe una amplísima literatura, militante desde luego, sobre su propia historia.

Conociendo ya las generalidades, son también muy interesantes los trabajos, en perspectiva sociológica de Malik Tahar Chaouch, por ejemplo sobre sus “mitos y realidades”, como aparece en un artículo publicado en 2007 en Estudios sociológicos. Frente a la retórica de la identificación con los movimientos latinoamericanos, el profesor Tahar pone de relieve la integración de los representantes de esta teología en redes trasatlánticas. No puedo sino recomendar también los trabajos del profesor Roberto Blancarte, quien siguiendo de cerca a Émile Poulat, resalta las convergencias del discurso de los prelados próximos a la teología liberacionista y sus opositorios, reunidos en torno a lo que Poulat denominaba “integralismo intransigente”: integralismo porque frente a la separación de ámbitos propia de la secularización se insiste en reafirmar la capacidad de la religión para responder en conjunto a todas las necesidades humanas, e intransigente por su rechazo del desplazamiento del lugar central de la religión.

En fin, puedo referirme a un aspecto, que conozco un poco, del trabajo de la Teología de la Liberación: su construcción de una historia de la Iglesia latinoamericana. Entre los liberacionistas, esta ha sido una labor en la que se destaca especialmente Enrique Dussel, coordinador de la Historia general de la Iglesia en América latina que publicaron CEHILA y Sígueme en la década de 1980 en varios tomos. Sin negar la buena intención de hacer entonces una historia de la Iglesia “desde el pobre”, no deja tener el gran defecto de leer toda la historia del catolicismo, no para tratar de entenderla en su diferencia, en sus conceptos específicos, sino a partir de un marco de lectura completamente construido en el presente. Es decir, la noción de “pobre” que Dussel desarrolla en los prolegómenos de la obra, es un concepto teológico, muy marcado por el marxismo, propio del siglo XX. Utilizarlo para juzgar cinco siglos de historia es caer en el peor de los pecados para los historiadores: el anacronismo.

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