El nuevo culto de los muertos

51we3pn4evlEl texto que aparece en el vínculo de más abajo corresponde a la traducción, libre y no profesional, hecha con fines únicamente de difusión, del segundo capítulo de la obra de Emmanuel Fureix, La France des larmes. Deuils politiques à l’âge romantique (1814-1840), publicada en 2009 por la editorial Champ Vallon. El lector encontrará aquí una exposición amplia de lo que significó la modernidad en materias fúnebres para el caso concreto de la capital francesa. Nunca está de más recordarlo: la muerte es un dato antropológico, todos morimos, pero la forma en que nos relacionamos con ella varía según las circunstancias históricas, y en ese sentido, la muerte no tiene un significado único ni universal.
La modernidad reorganizó a la vieja sociedad occidental en torno al concepto del individuo, y de nuevas dicotomías, como lo público y lo privado, o lo político y lo religioso, afectando todos los aspectos de la vida social, la muerte incluida. No sólo nos referimos a las ceremonias propiamente dichas, sino también al tratamiento de los cuerpos y a los nuevos lugares de entierro, las que el autor llama “utopías funerarias”, los cementerios, en concreto, el célebre Père-Lachaise. De manera fundamental, el autor aborda la politización de los muertos, no sólo de su memoria y de su celebración ritual y monumental, sino de los propios cadáveres, enteros o en fragmentos.
A los mexicanos se nos ha enseñado a pensar que nuestra relación con lo macabro es, al menos, particular. Sin embargo, el lector encontrará aquí ejemplos interesantes para matizar esa originalidad. Para los jóvenes estudiantes de Humanidades, y en particular de Historia, es una lectura además recomendable para darles pistas para construir sus propios objetos de estudio. Las tumbas, las inscripciones en lápidas, los monumentos, la organización misma de los cementerios, son también objeto interesante de la Historia como ciencia, la Historiografía, que siguen requiriendo nuevos acercamientos.
Sin más pues, aquí esta nueva traducción, que muestra cómo la secularización alcanzó también a los cadáveres en la primera mitad del siglo XIX.

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