El depósito del Jueves Santo

Altar de plataEl visitante que acceda a la Catedral de Sevilla en nuestros días se encontrará en la nave transversal de ella, del lado del Evangelio este magnífico altar de plata que vemos en la imagen. Cabe decir, se trata de un altar desmontable, pues compuesto de diversas piezas adquiridas por la Catedral en distintos momentos. Así por ejemplo, los portacirios fueron donados por D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México, quien había sido archidiácono de esta catedral. Y es desmontable pues aunque hoy se encuentra ahí de manera permanente, y es utilizado para permitir la visibilidad de un mayor número de asistentes en las grandes celebraciones de la principal iglesia hispalense, en principio se trata de un elemento meramente provisional de la iglesia: es lo que en otro tiempo se llamaba el monumento del Jueves Santo. En él, una vez terminados los oficios de dicho día, conmemorativos de la institución de la Eucaristía durante la Última Cena de Cristo, quedaba depositado el Santísimo Sacramento (de ahí su forma de una enorme custodia), hasta el Domingo de Pascua de Resurrección. En principio, al menos desde el siglo XVI, toda iglesia catedral, parroquial o conventual debía contar, no sólo con el Sagrario donde de ordinario se deposita la Eucaristía, sino con un monumento en donde pudiera colocarse de manera solemne, y de preferencia bajo llave. Por supuesto, no todas las iglesias podían darse el lujo de contar con las brillantes joyas de plata que vemos en la imagen, mas cada una a su medida buscaba la manera de darle el “adorno” y “lucimiento” más “decente” como se decía en el siglo XVIII. Si no tenemos muchas descripciones de los monumentos mismos, sabemos en cambio algunos elementos de ese ornato y de sus actores fundamentales.

Se trataba en primerísimo lugar de un adorno de luces, que en la época era tanto como decir cirios y velas. Su número podía variar de manera impresionante: seis cirios únicamente solían alumbrar el de la parroquia de San Guillermo Totolapan, mientras que en la de San Sebastián de Querétaro lo hacían con hasta cien velas, cuatro cirios y dos ciriales. Mas no era el único elemento: en Santiago Tulyahualco se colocaban flores y frutas (naranjas, por cierto), y en otros sitios era además costumbre que los propios feligreses montaran guardias de honor durante todo el depósito. En San Luis Potosí, dos custodios se alternaban cada dos horas ante el monumento, portando dos cetros de plata. En la parroquia de Santiago de Querétaro en cambio, lo importante era el acompañamiento rindiendo culto, por lo que la asistencia era de rodillas y con cirios encendidos, y desde luego el tiempo de alternancia era más corto, de sólo media hora.

El adorno y el culto implicaban un gasto y una organización que el clero normalmente dejaba en manos de seglares, en particular en las archicofradías del Santísimo Sacramento, que en principio debían existir en todas las iglesias parroquiales. Eran pues los cofrades, sobre todo los notables de cada parroquia, quienes se ocupaban de recabar las limosnas necesarias para la cera, o incluso los mayordomos mismos eran los que estaban obligados a proporcionarla. Y ellos también eran quienes encabezaban las guardias y el culto del Santísimo, comenzando a veces incluso con la procesión que lo llevaba del altar mayor al depósito. Como casi siempre en el Antiguo Régimen, y lo lamentarán en su día clérigos y ministros reformadores, las “vanidades” se mezclaban en estos actos devotos: un poco por doquier en el siglo XVIII hay constantes debates sobre una vieja práctica, la de entregar a un seglar de distinción la llave misma del Sagrario. En buena parte de las iglesias principales se solía entregar a los magistrados reales, como en Veracruz, donde la recibía el gobernador de la plaza. En el siglo XVIII obispos y canónigos de Guadalajara, Durango y Oaxaca, cuando menos, tuvieron largos litigios con los gobernadores y presidentes de Audiencia tratando de evitar la continuación de esa costumbre. Donde no había representante del rey, los notables locales venían al relevo, a veces contribuyendo con sus limosnas a cambio de tan alto privilegio, o bien la recibían en reconocimiento de sus contribuciones a los templos. Así, en la parroquia de Santo Tomás de México la llave se entregaba a quien ayudara a la cofradía sacramental a financiar los gastos de la celebración, mientras que en el convento de Regina Coeli era el rector de la cofradía del Santo Ecce Homo quien tomaba esa responsabilidad, en tanto bienhechores de la iglesia conventual.

Cabe señalar en fin, era por asumir este tipo de gastos y responsabilidades que, incluso en el siglo XVIII, las archicofradías del Santísimo Sacramento o las que sin llevar ese título asumían su culto, eran consideradas por el clero, por los fieles y hasta por los magistrados reales, como de “utilidad pública”.

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