“Él cubre el cielo de nubes…”

A lo largo del año 2011 una histórica sequía ha afectado a nuestro país, y según los últimos reportes que he visto en la prensa, se espera que empeore en este año que comienza. Por ello me pareció oportuno dedicar ésta, que será de las últimas entradas del año, a evocar las preces para pedir lluvias. En realidad, no es una causa ritual que nos parezca tan distante, toda vez que hoy en día se siguen haciendo celebraciones litúrgicas para pedir lluvias al cielo cuando la necesidad lo impone. Incluso ahora, de manera bastante natural, el director de la Comisión Nacional del Agua, José Luis Luegue, ha recomendado pedir lluvias al Señor de Chalma. Ello era tanto más razonable en los siglos pasados, cuando realmente era esa la única esperanza para que llegara a caer alguna gota de agua. Dada la importancia del líquido, no es extraño que el propio Ritual Romano, que fue más bien parco en conservar este tipo de rituales protectores, haya incluido bien la procesión ad petendan pluviam, que presentamos aquí en una edición de Amberes de 1688.

Se trataba, en efecto, de una procesión de letanías, normalmente portando a alguna de las sagradas imágenes o reliquias de los santos patrones de cada localidad. La Ciudad de México, por ejemplo, movilizaba para esta causa, por el mes de junio, a la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, que era llevada en procesión desde su santuario cada año hasta la Catedral, en un acto ocasionalmente interrumpido por algún aguacero que probaba la eficacia de su intercesión. Asimismo, el 10 de junio era la fiesta de San Primitivo mártir, cuyas reliquias custodiaba la Catedral Metropolitana, y eran asimismo expuestas o incluso llevadas en procesión alrededor de la iglesia para pedir “el remedio de la lluvia”.

No muy distinta pues, de cualquier otra procesión para pedir algún remedio al cielo, se cantaba o rezaba la letanía de los santos o las letanías de la Virgen, la larga serie de invocaciones seguidas del tradicional “ora/orate pro nobis”, las primeras movilizando por su orden a toda la corte celestial, las segundas recordando todos los atributos de la Madre de Dios. Al final de ellas, se distinguía claramente por incluir la petición de las lluvias, seguida del salmo 146 (actual 147), tanto más oportuno por sus versículos 8 y 9, que en español, según la traducción oficial contemporánea, dicen:

“Él cubre el cielo de nubes
y provee de lluvia a la tierra;
hace brotar la hierba en las montañas
y las plantas para provecho del hombre;
dispensa su alimento al ganado
y a los pichones de cuervo que claman a Él.”

Sirva así esta entrada para recordar, como en otras ocasiones, hasta qué punto la liturgia ha sido tradicionalmente también un ritual protector de la vida terrena del hombre, que el clero debía celebrar en más de una ocasión por exigencia de sus propios fieles.

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