El Cristo de Santa Teresa

Señor Santa TeresaTal vez una de las escenas de religiosidad más emotivas de los políticos mexicanos de la primera mitad del siglo XIX haya sido la que tuvo lugar el 29 de febrero de 1836. En esos días agonizaba el presidente interino de la República Mexicana, general Miguel Barragán, quien aunque desde el día 27 había sido ya reemplazado por el licenciado José Justo Corro, seguía siendo tratado como mandatario; Para conseguir su alivio o ayudarle a bien morir, al mediodía de esa fecha se le llevó en procesión el Cristo de Santa Teresa, que el presidente y general moribundo veneró besando sus pies, mientras el clero que acompañaba los últimos días del primer mandatario que fallecía en el cargo, rezaba el salmo del  “Miserere”. Así, incluso en los últimos instantes de la vida del general, se cruzaban aquí la religión y la política, pues lo apuntaría unos días más tarde desde las páginas de El mosquito mexicano Carlos María de Bustamante, este acto era lógico en él, que sí había “respetado la religión y sus ministros”. Cabe decir, el presidente pagaría de alguna forma la visita unos días más tarde, ordenando el entierro en la capilla de dicha imagen de una parte de sus entrañas, como hemos indicado en otras oportunidades. Este acto de veneración presidencial de la imagen constituyó apenas uno de los acontecimientos que muestran el ascenso, religioso y político de nuevo, de esta devoción de orígenes tan remotos como el siglo XVII. Originalmente Cristo de Ixmiquilpan, como contaba el Dr. Alfonso Alberto de Velasco en su Exaltación de la Divina Misericordia original de 1697 y reimpresa en 1807, de la que tomamos la imagen que presentamos aquí.

La Exaltación del doctor Velasco, da cuenta de una imagen muy propia del catolicismo barroco, no sólo porque estaba suficientemente rodeada de misterios proféticos y de milagros que daban cuenta de su carácter sobrenatural, sino también porque ejemplifica bien las controversias en torno a las imágenes propias de ese tiempo. Donación de uno de los hombres más ricos de la Nueva España de finales del siglo XVI, Alonso de la Villaseca, el mismo cuyas donaciones permitieron la instalación de la Compañia de Jesús en el reino, padeció al principio los avatares del tiempo, el clima y las ratas. Así, por estar muy maltratada ya, fue considerada “indecente” por el arzobispo Pérez de la Serna, quien la visitó en 1615, lo que no evitó que el pueblo de Ixmiquilpan siguiera rindiéndole culto, incumpliendo con el mandato arzobispal de destruirla. Anunció su propia renovación con constantes manifestaciones del más allá, propias de la religión sensible que se promovía entonces: la vista se impresionaba con misteriosas procesiones de disciplinantes que desaparecían a las puertas de la iglesia, y con señales en el cielo, concretamente tres estrellas que iban a posarse sobre la cruz de hierro arriba del templo; el oído se conmovía no menos con músicas, repiques y gemidos nocturnos sin causa natural evidente.

Renovada milagrosamente en las vísperas de la Ascensión de 1621, el 19 de mayo, adquirió incluso “la entereza y perfección que antes no tenía”. Abundaron entonces los milagros que probaban la presencia en ella de toda la potencia de su celestial prototipo: la imagen sudó copiosamente, y aun más, derramó sangre por sus heridas, abrió los ojos y la boca como en agonía, moviéndose y quebrándose por el costado. Todo ello, desde luego, rodeado de campanadas y músicas misteriosas que anunciaban estas manifestaciones y también, como cabía esperar, curaciones milagrosas. Culminaron los milagros cuando, por mandato del arzobispo iba a ser trasladada a la capital y el pueblo la recupera para refugiar al Cristo en el convento agustino del pueblo, donde comienza a emanar el clásico olor de santidad. A partir de entonces, incluso la vista misma de la imagen podía conmover y llenar de un santo temor tan terrible que dejó desmayado a un sacerdote que se atrevió a orar solo directamente ante su faz. Mayor razón sin duda para que la imagen no estuviera en una iglesia de un pueblo rural, sino en donde pudiera recibir decente culto, según la lógica de la época. El arzobispo logró concretar su traslado, en principio a su oratorio, para más tarde al Cristo en manos de las religiosas carmelitas de Santa Teresa la Antigua. Ahí, a lo largo del siglo XVII, no faltaron tampoco los milagros, o exaltaciones, que dan motivo al título de la obra del doctor Velasco que hemos venido citando. No entraremos en todos sus detalles, pues lo que nos interesa aquí es simplemente hacer notar que esta imagen tan propia de la Reforma católica, se adaptó bien al siglo XIX, a pesar de que alguno de sus milagros tuviera que ver con la extirpación de la “herejía judaizante” y por tanto con la labor de la Inquisición del siglo XVII.

En efecto, habría que destacar ante todo la renovación, ya no de la imagen, sino de su capilla. La Gaceta de México informaba que el 17 de diciembre de 1798 había sido colocada la primera piedra de dicha obra, con toda la pompa correspondiente, incluyendo en el tesoro “varias medallas de oro, plata y cobre del Santísimo Cristo…; escapularios, algodones y otras cosas tocadas al Señor”. Esto es, la imagen mantenía bien su fama de milagrosa y generadora a su vez de nuevas reliquias. Aun más, en las primeras décadas del siglo XIX se le invocaba en la Ciudad de México contra cualquier calamidad natural o incluso política. Así, el 14 al 22 de agosto de 1821, en pleno sitio de la Ciudad de México por las tropas trigarantes, se celebró un novenario al Cristo por iniciativa de uno de los comandantes realistas que ahí estaban concentrados, asistiendo las autoridades en pleno, tanto constitucionales como de facto: el comandante Francisco Novella, el ayuntamiento y la diputación provincial. Otra vez a finales del verano, pero de 1833, el 25 de agosto, el Señor de Santa Teresa saldría en procesión, “solemnísima” por las calles de la capital para pedir la clemencia divina ante la epidemia de cólera morbo que azotaba al país. Carlos María de Bustamante, quien incluso dedicó un folleto a dicha procesión, afirmaría que justamente desde ese día la plaga efectivamente amainó. Destaquémoslo, menos de tres años después, el pueblo de la capital vería salir en procesion de nuevo al Cristo en dirección del Palacio Nacional para auxiliar al presidente. No tenemos pruebas para confirmarlo, pero se diría que es por ello que el Cristo se asoció de manera particular con la autoridad presidencial y con la propia epidemia.

La devoción pues, tenía renovados motivos para confirmarse, de forma que parece no haber sido fatalmente dañada por la destrucción de la capilla. En efecto, en 1845, como se sabe, un fuerte temblor derribó el cimborrio haciendo pedazos al Cristo, que para entonces era calificado en el acta de ese suceso que se incluyó en la nueva edición de la obra del doctor Velascomo como “el taumaturgo de los mexicanos”. De esa edición justamente, tomamos la imagen de abajo, disponible en la Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Cabe destacarlo, el acta en cuestión muestra que entonces la imagen, cuyos fragmentos fueron recuperados y depositados con las religiosas carmelitas, aunque desmembrada, no había perdido su carácter sobrenatural. En principio, emitía una “agradabilísima fragancia”, de nuevo el olor de santidad de larga tradición en la historia del catolicismo, pero que ya entonces el propio arzobispo Manuel Posada y sus asistentes pusieron en cuestión y atribuyeron a un origen natural. No era sino “análogo a los bálsamos y poco activo”, según la declaración de Leopoldo Río de la Loza, a quien tocó también analizar los fragmentos. Mayor éxito tuvo en cambio, la idea de que la Providencia había protegido a las religiosas y a los devotos, por lo común numerosos en ella, de sufrir daño alguno con el derrumbe. Milagros pues, que si bien tienen también sus antecedentes en la tradición, no dejaban de ser más aceptables en esos mediados del siglo XIX. Dieciocho años más tarde, en 1863, el incendio del templo de la Compañía de Santiago de Chile, con sus numerosas víctimas daría en cambio motivo a la prensa para cuestionar las prácticas religiosas tradicionales y e incluso su favor divino. El derrumbe de la capilla del Señor de Santa Teresa en cambio, casi parecía convertirse en un nuevo sacrificio de la imagen del Salvador para evitar daños incluso físicos a sus fieles. Capilla del Cristo

Con tales antecedentes, en mayo de 1850, durante la segunda epidemia de cólera que azotó la capital, un grupo de “ciudadanos recomendables” insistiría en que el presidente de la República, el general José Joaquín de Herrera, asistiera a la procesión de la imagen. No debemos, desde luego, extrañarnos por ello, durante toda la primera mitad del siglo XIX, si bien ya había debates en materias eclesiásticas e incluso religiosas, los sucesivos regímenes republicanos no dejaron de considerar que era necesario mantener al catolicismo como uno de los pilares del nuevo orden, de forma que el ceremonial público seguía siendo básicamente la propia liturgia católica. No es raro, pues que el presidente Herrera aceptara el convite señalando que “es conveniente que la autoridad suprema dé un ejemplo de que es la primera que por medio de una demostración pública se acoge a la protección divina”. Ahora bien, el problema es que justo en esa década de 1850 los distintos grupos políticos empezarían a radicalizarse, y los temas religiosos serían particularmente motivo de su enfrentamiento. Por ello, la carrera ascendente del renovado, ahora tanto sobrenatural como naturalmente, Cristo de Santa Teresa, terminó en 1859, cuando en medio de la guerra civil, la de Reforma, uno de los dos gobiernos en pugna atendió a una nueva representación de los devotos de la imagen. En decreto del 9 de mayo de ese año, el general Miguel Miramón, presidente sustituto de la República por el bando conservador, declaró como fiesta nacional la renovación del Cristo de Santa Teresa de cada 19 de mayo, fundado en que “la nación debe tanta protección y que es objeto de su culto, veneración y especial devoción” (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 146, f. 270). Fiesta nacional efímera, que terminará con la derrota final del bando que la proclamó, pues en adelante comenzaría la construcción de un ceremonial civil republicano.

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