El clero de Oaxaca hacia 1786 según su obispo

OrtigosaLa historia del clero, aunque tema particularmente clásico de la historia del catolicismo, constituye aún un objeto de estudio interesante. Abordar el tema es siempre oportunidad de recordar que el clero no es sino una construcción histórica en permanente cambio, es decir, contrario a lo que podría pensarse no ha sido igual siempre desde tiempos apostólicos, a pesar del aire de antigüedad y de tradición que suele ser su aura propia, la definición del sacerdocio, las funciones que debe cumplir, las virtudes que deben caracterizarlo, y hasta los pecados que se les critican, no son las mismas hoy que tiempos de Constantino, ni son tampoco exactamente las mismas que en el siglo XVIII novohispano. Para confirmarlo, aquí un oportuno documento: un informe del obispo de Oaxaca a José de Gálvez, marqués de Sonora y ministro de Indias del rey Carlos III, que data de 1786.

Conviene insistir en ello, es un documento de tiempos en que no se había inventado la separación entre la religión y la política, y más aún, es una comunicación de un obispo hacia el “patrono de la Iglesia”, como se insiste constantemente en el texto. El rey, en efecto, era quien, por diversos motivos que sería largo mencionar ahora, se ocupaba de nombrar a los eclesiásticos de toda la jerarquía de los reinos americanos. El informe, del que sólo presentamos aquí la carta inicial y no el largo listado de 365 nombres y sus observaciones, estaba destinado a que las autoridades de la monarquía (el Consejo y Cámara de Indias) pudieran realizar los nombramientos más adecuados. El rey era el “rey católico”, la religión era estimada como el fundamento de la sociedad, el soberano debía velar por el cumplimiento de sus dogmas y preceptos, el clero por tanto era, por definición, útil y necesario.

Ahora bien, lo interesante del informe es su notorio pesimismo. El obispo José Gregorio Alonso Ortigosa (a quien vemos en la imagen, tomada de Eutimio Pérez, Recuerdos históricos del Episcopado Oaxaqueño, 1888, p. 59) juzgaba con dureza a su clero y presentaba un panorama nada alentador al respecto. Destaquémoslo, en el conjunto del informe el criterio fundamental del prelado para estimar a sus sacerdotes era la educación. Monseñor Ortigosa exigía (o hacía lo posible por hacerlo) de su clero instrucción y letras, pero que fueran más allá de la mera memorización de manuales básicos como el de teología moral de Lárraga, tan popular entonces. Asimismo, no es extraño, ya la carta y el informe en conjunto muestran a un prelado limitado por lo que se llamaba el “sistema beneficial”: una parte importante del clero esperaba simplemente vivir de las rentas de una fundación piadosa, una capellanía, con pocas obligaciones, y sin tener que ejercer el cargo pesado de cura de pueblo. No es extraño que valorara la obediencia y en cambio criticara constantemente a los “orgullosos”.

La carta no entra en detalles, pero en el resto del informe aparecen extensamente ilustrados los “vicios” del clero de la época. El obispo señaló en 39 clérigos pecados como la lascivia, es decir, la falta de respeto al celibato, pero también la embriaguez, y en menor medida el juego y la mezcla en negocios profanos, en particular el comercio. Algunos se iban enmendado: el cura de Villa Alta, después de haber tenido once hijos; el de Tequisistlán, después de haber tenido cinco; el de Santa Cruz Mixtepec, luego de estar recluido por tratos con una mujer casada, y el Chacaltianguis, procesado por la Inquisición por solicitante en confesionario. Entre todos destacaba por mucho el cura de Jamiltepec, español peninsular por cierto, de quien el obispo afirmó: “En todo el gremio de los curas del orbe cristiano no se hallará otro más inútil por su poco celo, malos modales, indolencia con su poquito o mucho de codicioso y lascivo y jugador”.

Dejemos pues la palabra al testimonio de este activo y reformador obispo de la segunda mitad del siglo XVIII, activo reformador de su diócesis.

 

Archivo General de Indias (AGI), Audiencia de México, leg. 1876

“En reservada de 26 de septiembre del año último pasado de 85 se sirvió vuestra excelencia mandarme, de orden del rey, que sin retardación haga los informes que previenen las leyes reales acerca de la literatura, conducta y demás calidades de los eclesiásticos de este obispado. En debido cumplimiento de esta soberana determinación, paso a manos de V.E. lista de todos los individuos de este clero secular, por números, abecedario y clases, con la nota y juicio que me merece cada uno en el día, sin que me quede escrúpulo alguno de que haya hecho agravio ni favor a particular, por ser conforme en todo a los dictámenes de mi conciencia, y a lo que me ha enseñado la experiencia en once años que sirvo esta mitra.

Como en este asunto de tanta importancia y gravedad se interesa el descargo de la Real conciencia, en la grave sagrada obligación de presentar para el servicio de dignidades, prebendas y demás piezas eclesiásticas de estos vastos dilatados dominios a los más dignos y beneméritos. En cumplimiento del estrecho cargo que me corre, debo poner en la consideración de vuestra excelencia que en cuanto al Dr. D. Ramón Pérez, contenido en el número tercero, tengo informado todo lo contrario de lo que en el día siento a la Real Cámara de Indias, porque en realidad así lo juzgaba entonces, pues la astucia e hipocresía de este eclesiástico me han tenido engañado más de ocho años que lo he tenido a mi lado.

Él es un de un talento y comprensión sobresaliente, pero ahora debo hacer presente que el citado informe anterior debiera recogerse de la Cámara, para no hacer de él mérito, si vuestra excelencia lo tuviese por conveniente; porque sobre él y sobre la gran protección que le ha proporcionado en la corte el exjesuita Poyanos, puede ponérsele en destino de que siga perjudicial resulta; quedando abundantemente premiado para todos los días de su vida o mientras su conducta no dé claros testimonios de reforma de su genio orgulloso, con el canonicato lectoral de la Santa Iglesia de Valladolid de Michoacán a que va consultado en primer lugar.

En cuanto a los números 64 y 65 es digno de tenerse presente, en el primero, la insolencia de los indios en resistir la presentación real y la tibieza con que, al parecer, se mira este punto en el gobierno de este reino, pues sin embargo de haber representado lo conveniente en el asunto, hace meses se halla demorado y aun sin haberme dado aviso de haberse recibido mis representaciones. En todo evento aquel curato se halla a cargo de un mercenario de escasísima suficiencia y equívoca conducta, como parece al número 287 de la lista. Y el cura propio, que es muy benemérito, despojado de su curato por unos indios que resisten un párroco que seguramente celará sus idolatrías.

Y por lo respectivo al segundo, no puedo dejar de representar que si se abre la puerta semejantes indultos, como el que concedió la Real Audiencia en su gobierno, para que poniendo coadjutor al cura de Huehuetlan, D. Francisco Antonio de la Peña, indio poderoso, comprendido en el número 65, contra el dictamen del obispo, fundado en razón, en justicia y en leyes del Real Patronato, será lo mismo que dejar desiertos los curatos, pues a ningún cura le faltará arbitrio para sacar certificaciones de enfermdades y comerse la renta del curato donde le dé la gana. Fuera de que aun cuando fuera conforme a derecho semejante indulto, la escasez de ministros no da lugar a estas indulgencias.

Por la citada lista advertirá vuestra excelencia que este clero secular se compone de trescientas sesenta y cinco personas de orden sacro, unos puramente castellanos y otros lenguaraces, si es que la mayor parte de ellos pueden tenerse por tales. Que más de la mitad por enfermos, por viciosos, por díscolos, por ineptos y faltos de instrucción, respectivamente, de nada sirven más que de ejercitar la paciencia del obispo, trayendo inquieto su espíritu y su alma llena de congojas y aflicciones al ver los curatos sin los ministros necesarios para la cura de almas, y por otra parte, la necesidad cuasi extrema de haberlos de surtir y confiar a la dirección de aquellos que se encuentran menos malos, y que pasando por un ligero examen, sacan la aprobación que no merecieran en otras circunstancias.

La prodigiosa multitud de 22 idiomas, los más de ellos bárbaros que se versan en este obispado, los temperamentos insalubres y cuasi inhabitables, la escasa congrua que ofrece la mayor parte de los curatos, la fatiga y trabajo que son consiguientes a la distancia y dispersión de los pueblos de varias doctrinas, y finalmente, los continuos encuentros y desazones de los curas con los alcaldes mayores, y con los indios, que están muy violentados y sin la debida subordinación a sus párrocos, habiéndose verificado que en cuatro o cinco curatos los han echado de sus casas, y aun puesto fuego a alguna de ellas, dificultan y aun imposibilitan la administración, enseñanza y pasto espiritual que es tan necesario. De suerte, que tengo por particular providencia de Dios o por efecto de la demasiada pobreza de los eclesiásticos, que haya sacerdotes que tomen la carrera de curas y temo mucho que ha de llegar el caso de que no se encuentre quien sirva este difícil cargo.

Porque no suceda tal fatalidad en mi tiempo, con público escándalo, con mayor ruina espiritual de las almas de estos infelices, con agravio de las obligaciones del Patronato Real, y con poco honor mío; me ha sido forzoso dispensar para los sagrados órdenes, y aun para curatos a los ilegítimos, que se especifican en la relación, y ojalá que en esto sólo parase la relajación de la disciplina eclesiástica.

Como la mies es copiosa y escasos los operarios, ni éstos se prueban, en cuanto a su vocación y género de vida, con la escrupulosa circunspección que pide la Iglesia; ni se pueden practicar los exámenes de literatura, y demás partes que deben adornar a los confesores y ordenandos con el rigor que corresponde, para el grave sagrado ministerio de la cura de almas de los miserables indios, que por su rudeza y falta de pía afección, conocimiento y aprecio de las cosas espirituales y dogmas de la religión cristiana, debieran ser doctrinados y gobernados ya que no por Ángeles, por párrocos y vicarios de letras, virtud y celo de la salvación de las almas.

En lo absoluto no hay arbitrio para proporcionar eclesiásticos de estas calidades, ni medio seguro para la debida corrección de los díscolos y para la competente instrucción de los ignorantes. Me es preciso confesarlo con la mayor confusión y con las más acerba amargura de mi corazón.

No una sola vez, sino muy repetidas, me ha obligado la cuasi extrema necesidad en que he visto y veo a varios curatos a habilitar ministros de aquellos clérigos mismos que siendo poco menos que idiotas los tenía suspensos hasta de celebrar, mientras que asistiendo a la cátedra y conferencias morales adquiriesen algunas luces en esta sagrada facultad, imponiéndose siquiera en saber construir el Breviario y en una Suma de Moral en castellano.

¡Y quién lo creyera! De la misma reclusión de los claustros y de la cárcel me ha sido forzoso en algunas ocasiones sacar para el ministerio sacerdotes que tenía reclusos y presos para corregir sus vicios de borrachera y lascivia, contando con la mal fundada esperanza de que medio amonestados se enmendarían y bajo unas promesas y propósitos de mudar de vida, hijos de los deseos de salir de la reclusión.

Y aun muchos, o los más, miran con tanto tedio y horror el ministerio que fingen o abultan males y achaques para indemnizarse de servir en los curatos; siendo muy común que el obispo se vea en la necesidad de disimular algo en esta parte por no arriesgarlo todo y de pedirles por merced y favor con frecuentes ruegos aquello mismo que bajo la sagrada religión del juramento ofrecieron cumplir, y sobre cuyo empeño y obligación de administrar fundaron su título para recibir las órdenes.

De lo poco que insinúo deducirá la sabia perspicacia de vuestra excelencia el miserable estado de este obispado, y las aflicciones y amarguras en que zozobra mi corazón. Un obispo sin clérigos, o con muchos inútiles y viciosos, es lo mismo que un general sin soldados o cercado de un ejército de desertores.

De aquí es, excelentísimo señor, que yo desee con todas las veras de mi alma dejar una carga que no puedo llevar, y relevarme de una obligación que en la presente constitución, por estos motivos y por otros más graves, no puedo cumplir, pues mis fuerzas y salud se van arruinando, y mi edad y achaques no permiten ya repetir la santa visita de esta diócesis.

Por lo relativo a mi Santa Iglesia, no está mal servida. Sin embargo, debo poner en consideración de vuestra excelencia que sólo quedan en ella dos gachupines y los demás son criollos y naturales de esta ciudad. Yo tuviera por oportuno y conveniente que las dignidades y canonicatos, conforme fueren vacando se proveyesen en europeos en la mayor parte, siempre que los sujetos que se presentasen sean de carrera, literatos y graduados en facultad mayor, de vida probada y de práctica, como provisores y fiscales de las curias eclesiásticas de España.

Me parece ocioso molestar más la atención de vuestra excelencia, por lo que concluyo pidiendo a su justificación que tenga a bien poner dicha relación y esta representación a los pies del rey, informando a Su Majestad de las sinceridades, pureza y vredad con que procedo, y de mis verdaderos eficaces deseos de cumplir sus religiosas sagradas órdenes, secundando sus reales intenciones.

Nuestro Señor guarde y prospere la vida de vuestra excelencia muchos años como le pido. Oaxaca, 21 de marzo de 1786.

Excelentísimo Señor

[Palabra ilegible] de V.E. su más rendido servidor y capellán

J[osé] G[regorio]  obispo de Antequera

 

[Al] Excelentísimo Señor Marqués de Sonora.”

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