El Bicentenario y la CEM

El día de hoy tiene lugar la publicación oficial de la Carta Pastoral Conmemorar Nuestra Historia desde la Fe, para Comprometernos Hoy con Nuestra Patria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), presentada antes los medios el día lunes, y aunque todavía no he tenido la oportunidad de leerla, me parece oportuno una entrada extraordinaria para comentar un poco sobre los festejos del Bicentenario por parte del Episcopado mexicano. Para mayores detalles remito desde luego al micrositio de la CEM sobre el tema.

Ante todo, creo que no puede evitarse cierta comparación con los festejos del Estado federal. No puedo entrar en detalles, pero es bien sabido que la Comisión conmemorativa federal ha generado varias controversias, desde el nombramiento de su presidente hasta la música, oficial primero y meramente “de animación” más tarde, compuesta para la ocasión, sin mencionar el tema del gasto de los espectáculos de la noche 15 próximo. Entre todas esas vicisitudes, si algo parece claro es que no había en realidad un proyecto de festejos coherente por parte del Estado, algo en lo que contrasta la Comisión episcopal, encabezada por el arzobispo de Morelia, monseñor Suárez Inda, que ha sido muy consistente en su proyecto. Cierto, no puedo llevar la comparación muy lejos, porque no es un festejo que tenga las mismas dimensiones, no sólo por el presupuesto (aunque no es una diferencia menor), sino porque lógicamente el Episcopado no tiene los mismos intereses ni los mismos instrumentos que el gobierno (a Dios gracias, si se me permite la expresión).

Dicho lo anterior, un primer punto a destacar es un interés muy claro del Episcopado por la historia y la historiografía, especialmente sobre la participación del clero en la guerra. Al respecto lo más notable ha sido la organización de las cuatro jornadas académicas con sede en México, Morelia, León y Guadalajara, respaldadas por el Episcopado, y en las que se reunieron académicos de instituciones tanto laicas como religiosas, especialistas muy reconocidos en el tema de la guerra de independencia. Es verdad que foros de este tipo han sido muy frecuentes en estos días, organizados por instituciones universitarias y gubernamentales, pero creo que no es un asunto menor que sean los obispos quienes tomen la iniciativa de poner lado a lado a historiadores de uno y otro origen. También es muestra de ello la aparición de artículos, nuevos y ya clásicos, de historiadores especialistas en el período, en publicaciones oficiales diocesanas, por ejemplo el Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, sobre todo su número del pasado mes de marzo.

Ahora bien, a más del interés por la historia y creo que de la mano él, es claro que el elemento central de los festejos es la publicación de la Carta Pastoral citada arriba. No es, por supuesto, la primera vez que el Episcopado publica un documento colectivo. Si no me equivoco, los primeros y tal vez más célebres son los que dan cuenta de la respuesta del Episcopado a la Reforma liberal y al régimen del presidente Calles en la década de 1920. Más tarde los ha habido también, sobre temas tan diversos como la moralidad (las hubo en 1936 y 1952, si la memoria no me falla) o la desigualdad (1968), o tal vez la más célebre en las recientes Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, del año 2000, que ya trataba con amplitud el tema de la historia nacional y sus desafíos. Esto es, las cartas colectivas del Episcopado como la que se publica hoy, son documentos que están redactados casi ex profeso para pasar a la historia e incluso me atrevería a decir que hacer la Historia, con mayúscula, la de la Iglesia e incluso la nacional. Sin haber leído la carta, me parece que, un poco como en 2000, el Episcopado celebra el Bicentenario proponiendo una lectura de la historia, un diagnóstico de problemas presentes y de perspectivas a futuro. Independientemente de que se esté de acuerdo o no con su contenido concreto, me parece que es un ejercicio que no deja de ser interesante.

En fin, no podía de ser otro modo, la CEM celebra de manera religiosa. Siendo que el tema de la fiesta religiosa no me es desconocido, sobre todo la del Antiguo Régimen, no puedo sino constatar que hay un buen abismo entre las de entonces y las de ahora. Por decirlo brevemente, más que en la espectacularidad de los rituales, que era central antaño, lo que importa en estos festejos es su contenido propiamente religioso. Antaño hubiera bastado unas vísperas solemnes, unos maitines muy clásicos, misa solemne con Te Deum, sermón y procesión. Hogaño, se trata de una semana de oración completa, que incluye no sólo celebraciones como la misa por la Patria y la misa votiva a la Virgen de Guadalupe, sino también actos de devoción pública e incluso familiar, y que ha dado pie a la publicación de un subsidio litúrgido (muy interesante por cierto) y ocho catequesis populares, además de una oración.

Siendo que no podré asistir a las celebraciones personalmente, tal vez más adelante pueda dedicar una entrada exclusiva al subsidio litúrgico, pero de antemano es de señalarse una inquietud muy clara en todos estos actos religiosos: la paz. La oración es muy clara al respecto, no menos que las preces indicadas en varias de las celebraciones y en particular la Misa por la Patria para el 15 de septiembre. Las circunstancias en las que se da el festejo parecieran haber movido al Episcopado, sin duda con justa razón, a introducir en una liturgia que uno podría haber esperado marcada sobre todo por la acción de gracias y la alabanza, gestos claramente de rogativa, reconocimiento de que la situación por la que atraviesa el país no permite celebraciones que sean únicamente festivas.

En fin, no puedo terminar sin mencionar al menos que, por lo que toca a la música, la CEM propone cantos tradicionales mexicanos, y así, para las Horas Santas previstas en la Semana de Oración está previsto uno de los himnos eucarísticos clásicos mexicanos del siglo XX: el del Congreso Eucarístico de 1924, que dejo aquí a su consideración en voz de Pedro Infante.

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