Edicto de Campanas del obispo Ruiz Cabañas, 1803

CampanaEn los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, tuvo lugar en el mundo hispánico la reforma de las campanas. Iniciativa de ciertos prelados, como el Dr. Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México, quien publicó en 1791 el edicto más conocido sobre el tema, seguido al año siguiente por el obispo de Puebla de los Ángeles, don Salvador Biempica y Sotomayor, y por el de La Habana, don Felipe José de Trespalacios. Los prelados insistían en la tradición de la importancia sobrenatural de las campanas y su sonido, y trataban por ello de moderar los repiques, de restablecer el orden jerárquico que concebían propio de la Iglesia en que el paisaje sonoro debía estar gobernado por las iglesias catedrales y principales de cada población, y reflejar la mayor o menor celebridad de las fiestas según el calendario litúrgico, evitando la mezcla en ellas de la “rusticidad”, de la “piedad indiscreta” de unos fieles acostumbrado a sonarlas con exceso hasta la profanación. La reforma fue respaldada por la Corona, que hizo circular una real cédula fechada en Aranjuez, el 1o. de marzo de 1794 extendiendo el edicto de monseñor Trespalacios para todos los reinos americanos, propiciando además intervención de la jurisdicción civil en estas materias sonoras. Sobre todo ello, nos permitimos remitir a nuestro artículo “Jerarquías, jurisdicciones y sensibilidades: aspectos de la reforma de las campanas en la Nueva España, 1700-1808”, publicado por la revista Secuencia, editada por el Instituto Mora en su número 86, correspondiente al cuatrimestre mayo-agosto de este año.

Cabe decir, no pudo faltar a la cita de la reforma otro de los grandes obispos de la época: don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, obispo de Guadalajara, quien en 1803 publicó también un edicto sobre el tema, que es el que presentamos aquí. Éste, se destaca sobre todo por la amplia explicación que el prelado dirigió a sus feligreses sobre las virtudes sobrenaturales y religiosas de las campanas, tema al que dedicó la primera parte del documento. En cambio, contrario a los edictos del arzobispo y del diocesano poblano, la reglamentación concreta fue más bien general, sin entrar demasiado en los detalles, aunque compartiendo las mismas inquietudes por el orden jerárquico, la sacralización de las campanas y las nuevas sensibilidades que los otros prelados. El obispo Cabañas partía sin embargo de una situación distinta, la diócesis de Guadalajara no era tan sonora como las de la región central, la densidad del paisaje sonoro de su capital diocesana sin duda no tenía comparación con el de la sede primada.
Aquí pues el edicto sobre campanas del obispo de Guadalajara del 8 de junio de 1803, firmado por el prelado desde Atotonilco el Alto, en la transcripción hemos actualizado la ortografía para su mayor claridad, en cambio, lamentablemente la incompetencia del que esto escribe en latín me impide dar una versión corregida traducida o del pasaje que el obispo cita en ese idioma, cuyo sentido general, sin embargo, es bastante claro. El documento lo hemos tomado del Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, serie Edictos y circulares, caja 5, expediente 27.

Nos, el Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, obispo de Guadalajara, del Consejo de S.M., etc.

A todos los fieles de nuestra diócesis de cualesquiera estado, clase y condición que sean a quienes el presente toque o tocar pueda, salud, paz y gracia en nuestro Señor Jesucristo.

El orden exacto y majestuoso aparato con que se comenzó a practicar el culto público de la verdadera religión desde que ésta se vio libre de sus más crueles y poderosos perseguidores exigía ciertamente que así como a los israelitas les eran anunciadas las fiestas y concurrencias religiosas por medio de las trompetas sagradas que fabricó Moisés de mandato del mismo Dios, lo fuesen también las suyas a los fieles de la Nueva Alianza con algunas señales públicas notables y de consideración, que a causa del respetable silencio de los primeros escritores eclesiásticos, se ignora todavía cuáles fuesen y esto a pesar de los mayores connatos de los muchos eruditos que han tratado de las antigüedades eclesiásticas con la seriedad y dignidad que esta grave materia se merece. Pero dejando al cuidado de varones tan sabios el conjeturar la forma de aquellos instrumentos, designar el autor de los que hoy tenemos y fijar la época en que se introdujo el toque de campanas para convocar al pueblo cristiano a la celebración del Santo Sacrificio, a dirigir al cielo sus fervorosas preces y ejercer en los templos del Dios vivo diversos actos espirituales de sólida piedad y devoción, lo cierto es que su uso en la Iglesia occidental asciende a una antigüedad verdaderamente respetable. Ni es menos fundado que esta Madre tan santa como piadosa, acostumbrada a consagrar con ritos solemnes todo lo destinado al culto divino, y siempre solícita de poner ante los ojos de sus hijos, aun en las cosas más sensibles y usuales, motivos de edificación, socorros contra las empresas del enemigo común y oportunos alivios en sus necesidades espirituales y aun temporales, tendría buen cuidado de hacer que la necesidad de llamar al pueblo a son de campanas reuniese oportunamente en sí todas aquellas insinuadas ventajas mediante la sagrada ceremonia en que se dedican, bendicen y consagran estos instrumentos eclesiásticos; ceremonia que no se juzgaba reciente en el siglo VIII y que desde su principio parece haber sido muy conforme a lo prescrito en nuestro Pontifical, en el antiguo Orden Romano, y en los rituales de varias iglesias, como puede verse en Alcuino, en Thiers y otros autores dignos de nuestra veneración por su piedad bien entendida y nada vulgar erudición.

En esta sagrada ceremonia se emplea ante todas cosas un considerable número de salmos, los más escogidos y oportunos para excitarnos a loar al Señor e interesar su soberana piedad y protección en nuestro favor, principalmente cuando acosados de nuestros más terribles enemigos nos hallamos gravemente afligidos, turbados, menesterosos, y recordando a la Divina Majestad la grandeza de su poder, y alguno de los portentos que obró allá en otro tiempo por medio del sonido, se sigue interpelando su misericordia con preces devotísimas, a fin de que al toque de las campanas se digne derramar sobre nuestros corazones la suave unción del Divino Espíritu, así para orar fervorosamente, como para esforzarnos contra las acechanzas de los demonios, para que pongan en vergonzosa fuga a tan malignos enemigos, para que reprima su pernicioso poder sobre el aire y demás cosas naturales con que podrían dañarnos, y para que últimamente quedemos libres y salvos en las espantosas tempestades, en los huracanes violentos, en el duro granizo y en los horribles rayos con suelen amenazarnos, principalmente en la ocasión de horrendos truenos y vivos relámpagos. Entre tanto, se baña la campana con agua bendita y ungida luego por de fuera con el santo óleo de los enfermos y por dentro con el sagrado crisma, a semejanza de los templos, altares y vasos sagrados que sirven inmediatamente al tremendo sacrificio de la Misa, se perfuma por último con el incienso y aromas en que están simbolizadas las oraciones de los santos.

Y si a cualesquiera santas y devotas preces se ha prometido por Dios mismo el pronto y buen despacho, con una seguridad y firmeza que suena a especie del más solemne juramento, ¿qué efectos no deberán esperarse del toque de aquellas benditas campanas sobre las que a nombre público de la Iglesia se han derramado tantas, tan devotas y tan interesantes deprecaciones por los ministros primeros de Dios, los sacerdotes de primera jerarquía, a quienes está reservada su santa bendición? Ya se puede fácilmente colegir de lo poco que habemos dicho en esta parte, y lo contaron muy pormenor los padres del Concilio Primero de Colonia, como de las palabras siguientes que dejamos en su mismo idioma lo inferirán nuestro muy dignos párrocos y por su clara y oportuna explicación nuestros muy amados fieles:

Benedicintur quoque campanae (dicen) ut sint tubae Ecclesiae militantis, quibus vocetur populus ad conveniendum in templum: ut per earum sanitus fideles invetentur ad preces: ut daemones tinnitu campanorum christianos ad preces concitantium terreantur, [cortado]quin potius precibus ipsi territi abscedant; illisque sub motis fruges, mentes et corpora credentium serventur: fragor grandinum, procellae turbinum, impetus tempestatum et fulgurum temperatur: infesta tonitur et ventorum flamina suspendantur; Spiritus procellarum eta aerae potestates prosternantur.

Palabras dignas de la mayor atención y que dicen de un modo el más oportuno el valor y la estimación en que la Santa Iglesia ha tenido y tendrá siempre la ceremonia de consagrar las campanas, que a la verdad, es una de las más prolijas, devotas y misteriosas por su forma y expresión de las más venerables por su respetable antigüedad y de las más útiles por sus importantes efectos.

Nos gozamos en el Señor de que en medio de la universal incuria que tiene casi olvidada o desconocida una buena parte de las piadosas bendiciones de la Iglesia Católica, os acordéis aún de apreciar la de las campanas, y de que tengáis una sana y reglada confianza en su toque, cuidando de acompañarlo en vuestras necesidades y aflicciones con la fervorosa oración, y con aquellos píos y sinceros afectos que convienen a sonido tan sagrado. Sabemos también, con mucho gusto, que hay campanas benditas en varias iglesias de nuestra capital, y aun en muchas foráneas, y que no faltan quienes deseen la consagración de las que no lo estén. Y ya que por la distancia de los lugares, por la dificultad de recurrir a Nos, o a nuestros dignísimos antecesores, o por otras causas que no necesitamos insinuar, se han colocado las más de las campanas sin la bendición de los prelados, que ciertamente debe preceder (no interviniendo justa causa para la omisión), según la expresión del Pontifical y varios decretos de la Sagrada Congregación, tenemos por conveniente y muy propio de nuestro oficio pastoral el anunciar nuestros sinceros deseos de que al menos en cada parroquia haya siquiera una a la que no falte la más solemne bendición, así para conservar y perpetuar de algún modo un rito eclesiástico tan del agrado de Dios y de la Iglesia, nuestra Madre, como para que todos nuestros muy amados hijos en el Señor tengan este poderoso recurso cuando se vean amenazados de los huracanes, terremotos, granizo, truenos, rayos y tempestades, que por nuestra desgracia no dejan de ser sobradamente frecuentes en la mayor parte de este vasto país. Que a este fin, estaremos prontos a acudir a los pueblos, villa, lugares y aun haciendas a donde se nos llamase para tan piadoso objeto, siempre que nuestra salud y primeras obligaciones nos lo permitiesen. Igualmente, a mandar despachar los documentos que en todo tiempo puedan acreditar dicha consagración, los que deberán custodiarse en la iglesia o capilla adonde la campana bendita o consagrada perteneciese. Y aunque los sensatos bien instruidos no ignoran que éstas son las únicas campanas que deben tocarse al amago de las públicas calamidades, como somos deudores a todos, no debemos omitir que éstas y no otras son las propias para mover la Divina Misericordia por la virtud y eficacia de la oración que sobre ellas hizo el obispo a nombre de la Iglesia, y que son sin duda un título justo para exigir el favor de Dios siempre que las empleamos con aquella confianza que inspiran sus infalibles promesas, y con aquella respetuosa atención con que nos debemos poner a presencia del Todopoderoso, de quien nos viene todo bien y que tiene en sus manos las tempestades, los vientos, los rayos, las aguas, la tierra y toda, toda la naturaleza.

Esto supuesto, y que os debe bastar así para vuestra dirección como para sofocar las expresiones y producciones de ciertos sabios, de mala casta, debemos exhortar a todos los fieles de nuestra diócesis a que en oyendo la señal o señales que en casos semejantes se hicieren en las torres de sus respectivas iglesias, acudan con prontitud a implorar con fervorosas oraciones la piedad de todo un Dios, lleno de bondad, procurando unir y acomodar sus afectos, peticiones y deprecaciones a las de la Santa Madre Iglesia, y de las que con este importante motivo les hemos querido dar una idea sencilla, exacta y suficiente, rogando y encargando, como rogamos y encarecidamente encargamos a todos, y particularmente a los curas, sacristanes y demás personas que tuvieren iglesias o torres a su cargo, no se detengan en manera alguna en los malos efectos que suelen atribuirse al toque de las campanas en tiempo nublado y oportuno. Opinaron, es verdad, algunos físicos y no despreciables, que el sonido de éstas, a la sazón de hallarse los nublados sobre la población, era la causa de que las iglesias, y especialmente sus torres fuesen muy a menudo heridas de rayos devoradores. Pero, sin meternos a una seria crítica de las observaciones mismas en que se fundaron; sin tratar de oponerles otras innumerables que persuaden ser común este peligro a la cima o eminencia de cualesquiera edificios y lugares; sin pasar a examinar la incertidumbre y desconfianza con que hablaron los mismos sabios que supieron ser tan filósofos como moderados, y menos a inculcar los sistemas y principios, así de éstos como de otros igualmente físicos y observadores experimentales, que enseñan, sostienen o arguyen eficazmente lo contrario; lo cierto es que hasta ahora no hay causa natural suficientemente conocida que pueda hacernos temer con fundamento el toque de campanas al amago y aun a presencia de los más terribles nublados, y sí sabemos todos, y es muy digno de notarse, el que en los muchos años en que se han tocado las campanas consagradas en nuestra Santa Iglesia Catedral, no ha sido herida su torre de alguna exhalación o rayo, habiendo sido infinitas las tempestades y no pocos los rayos que han caído en la ciudad, en casas altas y bajas, en su centro, en sus orillas e inmediaciones. Mas sea lo que fuere de aquellas y de éstas filosóficas reflexiones, nadie ignora que el señor Benedicto XIV, prelado sabio de primer orden y acostumbrado como pocos a oír, examinar y aun a pesar en justa balanza las obras y aun los prodigios y mayores esfuerzos de la naturaleza y sus efectos ordinarios y extraordinarios, no tuvo embarazo para exhortar a sus diocesanos a valerse del piadoso y oportuno auxilio que para ese caso les proporcionaba la Iglesia en la consagración de las campanas. Ni creemos haya sensato que pueda resentirse de que éstas se toquen y pulsen en una sola iglesia sin estrépito, con toda moderación, pausa y medida, y con toda aquella gravedad, respeto y consideración que se merecen el uso de las cosas santas, y el logro de los fines y objetos con que se instituyeron para la utilidad espiritual y aun temporal de los fieles. Moderación y gravedad que tenemos a bien prevenir para que hasta los más delicados físicos jamás puedan ofenderse de una práctica que siendo con este temperamento, será siempre muy indiferente a la atracción o no atracción de las tempestades, de los rayos y su fuego eléctrico. De otra suerte, y si tamaña moderación no les satisface, ni repararemos en decir que en estos peligrosos tiempos es de temer se confundan con aquellos filósofos que describió San Agustín en el suyo por medio de las siguientes palabras: “Hay gentes (dice) que abandonando la práctica de las virtudes e ignorando aun qué cosa sea Dios, y cuán grande la Majestad de su naturaleza siempre inmutable, juzgan hacer una cosa grande si se paran a examinar con mucha curiosidad y atención esta masa universal de los cuerpos que llamamos mundo, y se ensoberbecen y envanecen tanto con estas inquisiciones, que creen habitan ya los cielos de que disputan”. Ni tendremos embarazo en asegurar que faltan gravemente a la reverencia y consideración debida a la Iglesia, Madre tan piadosa como benéfica, y de quien no se puede creer sin sobrada ligereza el que haya acarreado a sus queridos hijos tan terrible e inminente peligro por aquel mismo medio con que ha intentado guardarlos y ponerlos a cubierto de los males y riesgos con que los acometen sus más crueles enemigos, como es de ver en el rito y santas ceremonias de que usa en la bendición y consagración de sus campanas.

Así que, y a la manera que la Divina Majestad quiso ordenar por sí a los israelitas el tañido de las sagradas trompetas, prescribiendo los modos, tiempos y variedad con que según las diversas ocasiones y motivos debía practicarse por los sacerdotes de la antigua ley, era también regular que la Santa Iglesia, regida siempre por el Espíritu de Dios en la institución de sus ritos, no permitiese el desorden y desconcierto que pueden hacer del arbitrario uso de unos instrumentos de que siempre tuvo la mayor consideración, y de que perpetuamente se ha valido para promover la honra y gloria de Dios y de sus santos, y para la edificación y provecho espiritual, y aun temporal de sus queridos hijos. Así vemos que de tiempo inmemorial se observa inviolablemente el misterioso silencio de las campanas en el Jueves y Viernes Santo, y que no obstante la variedad de usos y costumbres que rigen las iglesias en esta parte de disciplina, todas convienen en anunciar con mucha propiedad, mediante la diferencia de toques, los diversos afectos de gozo y alegría, o de tristeza y compunción que según los tiempos y calidad de las festividades deben ocupar los corazones de los cristianos. Que el Sumo Pontífice León X, la Sagrada Congregación intérprete del Tridentino, la de Ritos, el Ceremonial de Obispos y varios Concilios y sínodos particulares han prescrito diversas reglas concernientes al toque de campanas, de que aun la misma civil legislación no se olvidó; que así y aun más por extenso lo hicieron varios prelados tan sabios como piadosos y respetables, siempre que la piedad indiscreta, el capricho o la vanidad que de mil modos sabe insinuarse y aun penetrar hasta lo más sagrado, introdujo notables abusos en esta práctica venerable, y que así, en fin, lo verificó recientemente en su diócesis de La Habana el ilustrísimo señor D. José Trespalacios, con tal oportunidad y tan a satisfacción del rey nuestro señor, que se sirvió Su Majestad remitir ejemplares de su edicto y de la real cédula con que lo acompaña, a todos los prelados de estos dominios, a fin de que se excitasen a corregir los abusos que se hubiesen introducido en sus respectivas diócesis en esta parte.

Por lo que toca a esta de nuestro cargo y que por la gracia de Dios y de la Silla Apostólica gobierno sin mérito alguno, debemos confesar que así en nuestra Santa Iglesia Catedral, como en las urbanas, foráneas y aun rurales del obispado, hemos observado una moderación nada común en el uso de las campanas, ya lo comparemos con el que de ellas se hace en España, ya con el que hemos visto o entendido de algunas diócesis de estos reinos, y aun nos atrevemos a asegurar que si se hubiese llevado a efecto el orden prescrito en el mencionado edicto habría aumentado considerablemente los mismos toques que se trataba de reducir y moderar. Mas como aunque esto sea así por lo común y general, sea muy de temer el que en alguna u otra iglesia, en alguno u otro día, y en alguna u otra función que se arrebate la atención del pueblo y su feligresía, se haya introducido aquel mismo abuso de uso y desorden que tratamos de remediar y que casi siempre dimana de la ignorancia y rusticidad de los que tocan las campanas, o de la indiscreta piedad de los que juzgan que no se celebran dignamente los grandes misterios y solemnes festividades sin el ruido y el estruendo y otras semejantes exterioridades, o de los que se abrogan arbitrariamente el uso y manejo de estos instrumentos piadosos contra las disposiciones de la Iglesia y el buen orden prescrito en todas las cosas que dicen relación al culto de Dios, y porque consultando al espíritu de esta Santa Madre, y a los fines que se ha propuesto en el uso de las campanas, no nos parecen necesarios toques muy largos, y que aun en los que se usan se puede cercenar algo de su duración, como también evitar el que por la hora o el tiempo se acarree incomodidad a sanos y enfermos, sin verdadera necesidad y aun sin algún bien entendido provecho. Tenemos a bien encargar, como por la presente encargamos al muy ilustre venerable señor Deán y Cabildo de nuestra Santa Iglesia Catedral, en cuyo celo, ilustración y prudencia tenemos la mayor confianza, que guardando la forma, variedad y distinción de señales que observa, según el Ceremonial Romano, constituciones, estatutos y loables costumbres, hagan cercenar y moderar la cantidad y duración, en cuanto sea posible y en cuanto lo permitan las circunstancias y también las respetables determinaciones que hayan recaído sobre este particular, teniendo siempre atención a la mayor o menor celebridad de las funciones y a que a ellas corresponda una prudente, ordenada y constante diferencia en el número de campanas que hayan de pulsarse, igualmente que en el tiempo, reglada armonía y continuación de sus toques, repiques o pulsaciones.

Y por lo que toca a las demás iglesias, principales o menos principales, seculares o regulares, exentas o no exentas, de la capital y demás ciudades, villas, pueblos y haciendas de nuestra diócesis, no juzgando necesario el encargarles la obligación de hacer callar sus campanas después que al Gloria in excelsis se han repicado el Jueves Santo las de la Catedral o iglesia más digna, cualquiera que ella sea en la ciudad, villa, pueblo o lugar, hasta tanto que en la misma se hayan vuelto a pulsar, tocar y repicar el sábado siguiente, nos basta el recordarles cuán conforme es también al espíritu de la Iglesia el que se guarde todo honor y respeto así a la Iglesia Catedral, como a la más digna parroquia de la población y que resultará no poca armonía de que todas las demás iglesias se uniformen con la principal en todas aquellas señales ordinarias públicas y notables que suelen tener un mismo principio, objeto y fin. Y nada dudamos el que así lo ejecutarán todos en cuanto esté de su parte, ya moderando la cantidad y duración de los toques a ejemplo de la iglesia más principal, ya teniendo cuidado de no anticiparse en las señales de las Ave Marías, Ánimas u otras cualesquiera generales, ya guardando absoluto silencio desde las diez de la noche hasta la hora del amanecer, como se acostumbra de tiempo inmemorial en nuestra Catedral y parroquias, donde ni por agonías, ni por alguna causa fuera de la de terremotos, tempestades, incendios, huracanes u otras imprevistas y muy graves suenan las campanas a horas tan irregulares e incómodas, práctica verdaderamente digna de imitarse y de la que nos prometemos no discreparán en lo sucesivo aquellas iglesias donde con mucha incomodidad del público y no leves inconvenientes suele llamarse a las tres y a las cuatro de la mañana, ya con ocasión de las misas que dicen de Aguinaldo, y ya con el motivo de anunciar las respectivas fiestas y solemnidades que al día siguiente deben celebrarse; práctica que observarán también los monasterios de ambos sexos, que todavía acostumbran a tocar a las doce de la noche, puesto que para que acudan al coro sus religiosos o religiosas basta la campana pequeña e interior, o el uso de la matraca o algún otro instrumento que suele haber en los mismos conventos, puesto que ninguna necesidad hay de avisar al pueblo para ejercicios a que no ha de concurrir, y puesto en fin que no hay inconveniente alguno en que no lleguen a los oídos del público todos los actos de devoción y de piedad, en que ya sabe se ejercitan loablemente estas santas criaturas en lo más interior de sus iglesias, oratorios y claustros. Todo lo cual tenemos a bien insinuar y aun recomendar a los muy reverendos superiores regulares de dichos conventos, esperando que así por su religiosa moderación y bien entendida piedad, como por su notoria ilustración y ardientes deseos de ser útiles al público en todo aquello que sea compatible con la exacta observancia de sus reglas, harán cesar en adelante los referidos toques y otros cualesquiera nocturnos desde las diez de la noche, hasta el amanecer, en que se hará la primera señal del Ave María en nuestra Iglesia Catedral, o en la parroquia más digna de la ciudad, villa, pueblo o lugar, y a consecuencia de las demás iglesias en la misma forma que al mediodía y al anochecer, renovándose en toda nuestra diócesis el antiguo y piadoso uso de esta señal, que en parte se había interrumpido, sin que sepamos la verdadera causa de esta omisión. Con esto los fieles podrán aprovecharse de las indulgencias plenarias y parciales concedidas por los Sumos Pontífices en favor de los que a tales toques hiciesen atentos y devotamente la acostumbrada oración, y los curas cuidarán de explicar a sus feligreses las gracias tan importantes con toda aquella claridad y distinción de que tanto necesita el pueblo fiel, así como también las concedidas a todos los que al doble de las ocho de la noche rueguen a Dios por las almas del Purgatorio en la forma dispuesta por la Silla Apostólica, y las de otros cuarenta días de indulgencia que Nos gustosamente concedemos por cada vez que a las mencionadas señales de la iglesia principal y demás que en esta loable práctica le siguiesen o acompañasen, hicieren la misma oración o se empleasen en cualesquiera ejercicio de caridad, cristiano y devoto.

Es también costumbre y muy importante a la verdad al buen orden de policía y a la deseada tranquilidad de los pueblos el que a la hora regular o a la que el gobierno político prescribiese, se toque a la queda y recogimiento de todos sus ciudadanos y moradores, y para que este recomendable uso en manera alguna se embarace, prevenimos seriamente a los curas y sacristanes mayores o menores el que en este punto se presten gustosos a los ruegos, solicitudes y providencias de los jueces a quienes este gobierno perteneciese, pero en tales términos que su condescendencia no degenere en abuso ni pueda ceder en perjuicio de la seguridad de la Iglesia, o sea ocasión de que ella, su atrio, su torre y demás que pueda decir verdaderamente lugar sagrado padezcan alguna profanación o queden expuestos a la arbitrariedad de aquellas personas de quienes prudentemente pueda temerse cualesquiera abuso o desorden. Es, en fin, práctica muy recomendable y de la importancia más interesante el que en los casos de incendio o algún otro peligro grave e inminente se haga alguna señal con las campanas, y aun no debemos omitir el que sería mejor y más acertado el que para esto sirviesen las benditas y consagradas, no sólo por ser más a propósito para excitar la caridad de los fieles a favor del prójimo y de la población, que suele verse amenazada, sino para inclinar también la Divina Misericordia al pronto remedio y socorro de tan graves aflicciones y tamañas necesidades, mas como el concurso de los fieles y habitantes quedaría y de hecho queda frustrado muchas veces o por la arbitrariedad en la forma de toques, o por hacerse estos en diversas iglesias entre sí muy distantes, aumentándose el terror y la confusión, al paso que se dificultan la oportuna concurrencia y el pronto y necesario auxilio en el lugar de la desgracia, exhortamos y encargamos que estos toques, señales o convocaciones se hagan siempre unas mismas y se hagan con las campanas de la iglesia más inmediata al incendio o al peligro, y a lo más en la Catedral o parroquia más digna, o en cualquiera otra donde lo tuviese por conveniente rogare y encargare el gobierno secular y político, para que acudiendo allí los fieles y moradores, logren individual y pronta noticia de la calle, manzana, casa o paraje donde su auxilio fuese más oportuno y necesario para el alivio y socorro de la ajena aflicción y miseria pública o privada.

Y de los defectos, abusos y desórdenes que haya así en esto como en todo lo demás que llevamos prevenido; acerca de la cantidad, duración, forma y tiempo de las señales que se han de hacer con las campanas en las parroquias y demás iglesias filiales, urbanas o rurales, de cualesquiera modo sujetas a Nos, serán personalmente responsables los curas y sacristanes mayores, a cuyo oficio pertenece cuidar del buen uso y pulsación de estos instrumentos eclesiásticos. Y donde no los hubiere, el eclesiástico más digno o la persona a cuyo cargo y bajo cualquiera título estuviese la iglesia. Para cuya inteligencia y la de todos los fieles de nuestra diócesis mandamos que el presente se comunique al muy ilustre venerable señor Deán y Cabildo de nuestra Santa Iglesia Catedral, y a los superiores regulares, párrocos y personas eclesiásticas a quienes correspondiese según estilo y costumbre. Que por los curas se traslade a su respectivo libro de gobierno, con buena letra y exacta ortografía. Que así en nuestra Santa Iglesia Catedral como en la de las parroquias se lea y publique en un día festivo para que llegue a noticia de los fieles, y que todos en la parte que les toca cooperen a darle el más cabal y exacto cumplimiento.

Dado en el pueblo de Atotonilco el Alto a ocho días del mes de junio de mil ochocientos y tres años, firmado y refrendado según estilo.

Juan Cruz, obispo de Guadalajara.

Por su mandado.

Lic. Toribio Gonzáez.

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