Dominus canis, o de los perros en la catedral.

DSCF5252La vida de las iglesias del mundo hispánico del siglo XVIII estuvo marcada por la preocupación constante por distinguir y proteger lo sagrado, y separarlo de lo profano. En el sentir del clero de la época, e incluso de autoridades monárquicas y seglares devotos, si la profanidad, por definición, no podía ser evacuada de la iglesia en tanto comunidad, al menos había que expulsarla de las iglesias en tanto edificios. Ahora bien, hasta en esa época en que la catolicidad lo permeaba todo, no había un consenso pleno y estable sobre qué debía ser considerado profano. Hoy en día, como herederos que somos, al menos en parte, del catolicismo ultramontano de fines del XIX y principios del XX, nos resulta extraño mucho de lo que se permitía o se había permitido hasta entonces en esos espacios sagrados. Las grandes catedrales, los espacios por definición del culto de la época, gobernadas por sus cabildos de canónigos, clérigos cuya preocupación principal eran las ceremonias y su solemnidad, y quienes justo protegían celosamente lo sagrado, casi cotidianamente luchaban contra “presencias profanas”, que en la actualidad nos resultarían hasta simpáticas. Una de ellas, la de los animales urbanos, en concreto, los perros.

En efecto, hoy casi nos olvidamos que, entre los empleos permanentes de las catedrales solía contarse, lo mismo en México que en Sevilla, un perrero, el mozo que debía dedicarse a expulsar a los canes de la iglesia. El oficio mismo es ya testimonio de dos hechos claros: primero que los perros entraban, pues esos distinguidos clérigos no solían estar menos preocupados por el cuidado de las rentas de la iglesia, y no las hubieran desperdiciado en un sueldo inútil; segundo, que muy probablemente no bastaba la sensibilidad de los fieles para expulsarlos, es decir, que acaso los fieles no vieran del todo anormal su presencia tanto en las calles como en los templos. Acaso contribuía a ello, su presencia en la zoología simbólica del catolicismo: la representación del perro tenía lugar en las iglesias, así como la paloma del Espíritu Santo, el cordero del Buen Pastor, el gallo de San Pedro, el león de San Jerónimo, por sólo citar algunos, en particular como alegoría de la fidelidad al lado de Santo Domingo de Guzmán, como lo vemos aún hoy en la antigua iglesia del convento imperial dominico de México. Desde luego, una cosa es aceptar su representación y otra su presencia real en las iglesias. No era raro que, en sus cabildos y pelícanos, los canónigos lamentaran la falta de cumplimiento de los deberes del propio perrero.

miedoAsí, en enero de 1757, los canónigos de México se lamentaban de la “indecencia” de su Catedral, pues “hasta el altar mayor […] subían los perros y se emporcaban”, sin que Joseph de Lora, el perrero, se ocupara de cumplir con el deber principal de su empleo. Tan grave era la situación, que los canónigos no dudaron en despedir a Lora en esa misma sesión (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, libro 43, f. 62).  Más constante aún era el caso de la Catedral de Sevilla, en España. A finales del mismo siglo XVIII y principios del siglo XIX, fue en más de una ocasión que sus canónigos manifestaron la incomodidad que causaban los perros incluso “al tiempo de celebrar los divinos oficios”; empero, más cautos, no fue sino hasta 1804 que amenazaron con despedir a su perrero, Manuel López, cumpliéndolo por fin en 1807. (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, legajos 7210, f. 54v; 7212, fs. 32v-33; leg. 7215, f. 84v y leg. 7218, f. 97v). Todavía peor para los canónigos, es que la presencia canina en su iglesia, por una parte no se limitaba a los perros callejeros y por otra, alcanzó incluso a la publicidad de la prensa.

En efecto, en febrero de 1808 el Cabildo Catedral hacía notar que los perros entraban a la iglesia en calidad de animales de compañía, y según se entiende de manera implícita en el acta de la sesión, llegaban a ella con personajes de las élites hispalenses. Debieron instruir al nuevo perrero, Salvador de Cárdenas, que “no permita perro alguno en la iglesia, ni solo ni acompañado, sea quien fuere el sujeto que lo trajese” (ACS, leg. 7219, fs. 12-12v). Más todavía, ya en diciembre de 1806, el arcediano de Niebla había denunciado que en el Diario de Sevilla, se había publicado que “por causa de los perros no se había podido oír el sermón en esta Santa Iglesia”. Por la reacción de los canónigos, de nuevo insistiendo en el cumplimiento de los deberes del perrero, se entiende que el problema no era que el publicista se hubiera equivocado, aunque claro, verlo asentado “en papel público” lo estimaron como una falta a su honor. Aun si ya había críticas a las prácticas religiosas en la prensa de la época, todavía estaba en vigencia el régimen antiguo de la publicidad, que hacía de ella, ante todo, un instrumento para difundir lo que se estimaba necesario para el bien común, como el culto y sus eventos, no para ridiculizarlo o criticarlo.

No sabemos con precisión en qué momento los perros fueron desapareciendo efectivamente del interior de las catedrales. Acaso el catolicismo ultramontano del siglo XIX, a pesar de la falta de recursos para el pago de esos antiguos empleos, logró transmitir a los fieles de manera más efectiva la sensibilidad del cuidado de los templos.

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