Domingo

Hace un par de semanas hablaba del respeto al espacio sagrado, y bueno, ahora una breve nota para tratar del respeto al tiempo sagrado, que en la tradición católica, si bien incluye las fiestas de precepto y de otras categorías, tiene un punto fundamental: el respeto al domingo, el día del Señor.

Si hoy el tema de un día de descanso obligatorio puede parecer más bien banal, hay que decir que era parte fundamental de la organización eclesiástica. Era el día en que todos los vecinos debían de reunirse en su parroquia para la celebración de la misa, de la cual era sobre todo importante el sermón, cuando los eclesiásticos, desde la “cátedra del Espíritu Santo” predicaban sobre el Evangelio, pero además sobre numerosos mensajes que los obispos les indicaban debían transmitir para el bien tanto de la Iglesia como de la Corona. Recuerdo entre las cartas circulares de los obispos de Puebla de finales del siglo XVIII que no faltó alguna en que se ordenara a los curas predicar contra “el excecrable vicio del contrabando”, un pecado que tocaba especialmente el Real Fisco, y que había que convencer a los fieles de que era efectivamente tal, es decir, un pecado.

Cabe decir, se trataba de una asistencia obligatoria: los fiscales de la parroquia, normalmente seglares devotos, se ocupaban de verificar la asistencia de todos los “hijos del pueblo”, aunque podía haber cierta tolerancia para quienes vivían a gran distancia del templo, o que debían atravesar caminos difíciles. De hecho esa situación era el motivo más comúnmente alegado para permitir la construcción de un nuevo templo o la separación de una nueva parroquia, un tema bajo el cual había también cierto “espíritu de campanario” como dicen los franceses. Es decir, la asistencia dominical era la reunión de una comunidad muchas veces orgullosa de su identidad, reticente a reunirse con otra, especialmente si había rivalidades de por medio (caso nada raro en los pueblos rurales).

Ahora bien, si los pueblos podían alegar de manera a veces muy dramática que no podían asistir a la misa y que por ello necesitaban parroquia y párroco propios, ello no significa que aceptaran sin más el precepto dominical. Iban a misa, sin duda, pero no era tan evidente que aceptaran no trabajar o asistir a la instrucción dominical que los párrocos organizaban al terminar aquella.

Citemos algunos casos de las regiones costeras del actual territorio veracruzano. En la década de 1770, un largo pleito enfrentó a los feligreses de la parroquia de Ilamatlán con su párroco Juan Valentín de Cequa (AGN, Criminal, vol. 79, exp. 5). Entre los muchos motivos de la disputa estaba el que un domingo por la mañana el párroco se encontró con que los indios de la parroquia estaban realizando faenas, es decir, trabajo colectivo, encabezados por su gobernador. El clérigo montó en cólera y levantó su bastón contra el gobernador, a quien además no bajó de “alcahuete”. Si los fieles se quejaban del exceso de violencia del párroco, éste insistía en las faltas al respeto del domingo: varias veces durante el proceso insistió en que el gobernador de los indios cobraba tributos “con la lista de la misa” y seguía organizando faenas que impedían a los fieles asistir a la plática doctrinal.

Otro problema semejante lo tuvo en los 1790’s el párroco de Tlacotalpan (AGN, Clero regular y secular, vol. 188, exp. 7), quien lamentaba amargamente que sus feligreses “demasiado libertinos e insubordinados” no acudían, tras dos años y medio de intentos, a la instrucción dominical. De hecho, los habitantes de las localidades más alejadas de la parroquia, como Saltabarranca y Boca de San Miguel, sólo asistían a misa cada quince días “con motivo de atender sus milpas”, y asistían los varones solos, llevando a sus familias sólo en los días de fiesta.

Ahora bien, si tenemos constancia de ambos problemas es porque los párrocos tenían derecho a pedir el apoyo de la autoridad civil para imponer el respeto al culto. Pero los representantes locales de la autoridad del rey tenían sus propias prioridades. El de Tlacotalpan no veía problema para autorizar a los vecinos “algún fandango u otra diversión” en los días de fiesta, cosa que el párroco, celoso de la sacralización del día, reclamaba constantemente. Cabe decir, en muchas regiones el clero no pudo evitar que la reunión de todos los pueblos de la parroquia para la misa fuera también oportunidad para hacer el día de mercado. Ya en el siglo XIX, no faltaron autoridades que se preguntaban si era correcto conceder autorizaciones formales para abrir las tiendas los domingos. Uno diría que mientras en algunos países la jornada terminó por secularizarse, en otros no han dejado de convivir la asistencia a la misa con las actividades laborales y comerciales.

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