Dobles mortales: Campanas y tranquilidad de los enfermos, 1790-1834

DSC_0042Durante mucho tiempo en la historia del catolicismo, las campanas habían sido un recurso protector fundamental, no sólo contra las tempestades, sino también contra cualquier otro género de aflicción. En caso de guerra, de hambre, de sequía o de temblores, eran comunes los toques de “rogativa” que clamaban por la misericordia divina. Mas a finales del siglo XVIII y durante las primeras décadas del siglo XIX, hubo ya ocasiones en que las campanas comenzaron a ser oídas como inoportunas ante un desastre en particular: las epidemias. Incluso más allá de esos eventos puntuales, su sonido en general comenzó a tenerse por causa de “intranquilidad” para los enfermos Lo interesante del caso es que fue una visión compartida por el clero y por los seglares de la época.

En efecto, los edictos episcopales sobre esta materia, dan testimonio de que en esa segunda mitad del siglo XVIII existía ya una sensibilidad que percibía de manera negativa el sonido de las campanas. Ya en 1766, el arzobispo Lorenzana advertía contra el exceso de repiques y dobles porque podía «volverse en perjuicio o molestia de los fieles», de forma que eran necesarias reglas porque «se causa mucho fastidio a los vecinos».[1] Mas en la década de 1790, su sucesor en la mitra de México, el arzobispo Haro y Peralta, era más específico: «causan gravísimos perjuicios a los enfermos», afirmaba, temiendo incluso el abandono de las casas alrededor de las iglesias por sus inquilinos, en perjuicio de las corporaciones religiosas propietarias.[2]


En el mismo tenor, hacia esos mismos años el obispo de La Habana declaraba que era «lastimada miserablemente la quietud de los enfermos»; el de Puebla, Salvador Biempica, citaba también entre los afectados por los excesos campaneros al «enfermo desde su cama», mientras el obispo Cabañas decía temer también «se acarree incomodidad a sanos y enfermos»; e incluso el arzobispo de Valencia y antiguo obispo de Puebla, Francisco Fabián y Fuero se lamentaba en su edicto de la suerte del enfermo, «a quien [las campanas] mortifican sobre toda ponderacion en sus sensibles dolores de cabeza, añadiendo gravisima afliccion al gravemente afligido».[3] En fin pues, los obispos americanos, aun si estimaban que las campanas eran objetos sagrados, reconocían que podía haber excesos, que los repiques podían dejar de ser favorables a los enfermos como convocatorias a la oración por ellos, convirtiéndose en ruidos que alteraban el ambiente necesario a su convalescencia.

Los testimonios fuera del ámbito estrictamente clerical confirman la existencia de esta sensibilidad, a veces de manera directa. En diciembre de 1806, el sucesor del arzobispo Haro y Peralta, don Francisco Xavier Lizana y Beaumont, recibió una carta anónima de quien declaraba ser un antiguo paciente del hospital de San Andrés de México. A pesar de que calificaba su enfermedad de «larga y dolorosa» refería de inmediato que había «padecido mucho más con las campanas que circundan dicho hospital, que con mi enfermedad». Peor aún, los excesos campaneros terminaban siendo mortales, aquí no por atraer los rayos como veíamos la semana pasada, sino directamente por su sonido, hasta el punto el anónimo invocaba el «amor de Dios y de la humanidad», para que el arzobispo tomara cartas en el asunto.[4]

DSC_0025Desde luego, no es fácil saber si la carta es auténtica, pero es significativo que por la misma época, también hiciera alguna alusión puntual al respecto Antonio Gómez, seudónimo de un autor del que nunca se ha sabido el nombre real pero que es ya bien conocido en la historiografía, quien dirigiera extensas cartas sobre todo género de temas al rey en el Consejo de Indias y a otras autoridades en Madrid. Según él, «muchos vecinos honrados y buenos republicanos» llegaban incluso a reclamar a los campaneros por sus excesos cuando «echan las torres y campanarios abajo a dobles y redobles», sobre todo «por tener algún enfermo en sus casas».[5]

El argumento se utilizó, como decíamos al principio, de manera casi lógica en ciudades azotadas entonces por epidemias. En 1804, ante el vómito prieto que azotaba a la ciudad y puerto de Veracruz, el ayuntamiento, «para menor perjuicio de los enfermos que tanto abundan hoy», resolvió en reunión de cabildo pedir al párroco y prelados de los conventos para ir más allá de la normativa del obispo de Puebla, el edicto ya citado de monseñor Biempica y Sotomayor, y aplicar «toda la disimulación que quepa en sus facultades» en materia de repiques.[6] En este caso, se trataba de manera particular de moderar los dobles, es decir, el sonido fúnebre, que podía además «consternar» a los que todavía no habían sido alcanzados por la enfermedad. Lejos de constituir un oportuno recordatorio de la proximidad de la muerte para los fieles, recordatorio de sus deberes religiosos como hubiera dicho Chateaubriand, los dobles tan frecuentes se convertían en una alteración de la tranquilidad pública. Cabe destacarlo, el párroco Ramón Palao no tuvo el menor inconveniente, aunque siempre bajo la advertencia de que debía pedir autorización episcopal.[7]

DSCF2800Del otro lado del Atlántico, sabemos que la prensa apoyó también el cese de los dobles de campanas ante las enfermedades. «La misma falta de ánimo vigorizaba la enfermedad, acrecentando la disposición de recibirla» decía la «Disertación médica», publicada por el Memorial literario a propósito de la epidemia de Cádiz de 1800, cuando daba cuenta de que el gobierno había dispuesto «no se doblasen campanas».[8] En cambio, no fue de la misma opinión el Cabildo Metropolitano de la Catedral de Sevilla ante esa misma epidemia que también azotaba a la capital hispalense. El ayuntamiento solicitó la suspensión de los dobles de campanas “por no afligir más al pueblo”. La cuestión suscitó tal división que los canónigos debieron decidir por vía de votación, sólo para responder con una reducción: se haría “señal de doble” en la torre por los canónigos que fueran falleciendo (y varios fueron víctimas de la enfermedad), pero no se continuaría doblando por ellos en los días siguientes. Unas semanas más tarde se les solicitó también que se suspendiera por ese año el espectacular doble del día 1o de noviembre, de nuevo “para que no incomode a los muchos enfermos de epidemia”, debiendo conceder su reducción a las vísperas. [9]

Las preocupaciones médicas se fueron imponiendo en las décadas siguientes. En México, durante la epidemia de cólera de la década de 1830, los doble motivaron una disputa en Colima entre el jefe político y el párroco. El primero había pedido que cesaran, al igual que las agonías, «para evitar el terror que infunden en tiempos de peste». El clérigo cumplió inicialmente la suspensión, pero la levantó en cuanto pudo por razones económicas, lo que generó un intercambio de respuestas entre ambas autoridades, que llegó también a la prensa de la capital de la república, pero que no parece haber tenido consecuencias más amplias.[10] De manera más radical, podía ya leerse en la prensa española: «una de las cosas que más abate los ánimos de un pueblo atacado de epidemia, es el aparato con que se administran los últimos auxilios a los enfermos y los honores fúnebres», decía el Boletín de Medicina de Madrid en 1834, mientras el Eco del comercio de esa misma ciudad era más directo: «estos dos medios consternadores [dobles fúnebres y viáticos] arrebataron durante la epidemia de Lisboa [a] millares de individuos».[11]

La secularización de las campanas y sus sonidos pues, las hacía no sólo peligrosas por atraer los rayos, sino también por perturbar a los enfermos. De una forma o de otra, resultaban cada vez menos el religioso instrumento protector de antaño, y cada vez más, materia para debates en los espacios públicos.

NOTAS

[1] Lorenzana y Butrón, Francisco Antonio: Cartas pastorales y edictos del ilustrísimo señor… arzobispo de México, México, Imprenta del Superior Gobierno del Br. D. Joseph Antonio de Hogal, 1770, pp. 8-9.

[2] Archivo General de Indias (AGI), México, leg. 2644, edicto del arzobispo de México, 18 de octubre de 1791.

[3] Trespalacios y Verdeja, Felipe Joseph: Edicto en que el Ilustrísimo Señor Doctor … primer obispo de La Havana, provincias de La Florida y Luisiana, del Consejo de S.M., etc. corrige en su diócesis el abuso y desorden con que se tocan las campanas, y concurre a la moderación con que la Real Pragmática reduce la pompa fúnebre, Madrid, Imprenta de la viuda de Joaquín Ibarra, 1794, f. 1v. «Edicto del Ilustrísimo señor Dr. D. Salvador Biempica y Sotomayor…» en Gazeta de México, V, 12, México, 12 de junio de 1792, 113-116, la cita en 114. Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG), Edictos y circulares, 5, 27, edicto del obispo de Guadalajara, 8 de junio de 1803. «Edicto sobre los toques de campanas», Valencia, 1790, consultado en http://campaners.com/php/textos.php?text=1026 el 26 de enero de 2015.

[4] Archivo General de la Nación (AGN), Indiferente Virreinal, caja 1087, exp. 3, carta a Francisco Xavier Lizana, México, 10 de diciembre de 1806.

[5] AGI, México,  leg. 2688, carta de Antonio Gómez al rey, México, 27 de enero de 1804.

[6] AGN, Indiferente Virreinal, caja 2809, exp. 7, certificación del acta de cabildo del Ayuntamiento de Veracruz, 15 de junio de 1804.

[7] AGN, Indiferente Virreinal, caja 2809, exp. 7, carta del párroco al Ayuntamiento de Veracruz, 20 de junio de 1804.

[8] Memorial literario o Biblioteca periódica de ciencias, literatura y artes, núm. 23, 1802, p. 155.

[9] Archivo de la Catedral de Sevilla (ACS), Secretaría, leg. 7211, fs. 132v y 147.

[10] Boletín de Medicina, Cirujía y Farmacia, año I, núm. 9, 31 de julio de 1834, p. 72. Eco del Comercio, núm. 70, 9 de julio de 1834, p. 2.

[11] Fénix de la libertad, año III, núm. 83, 22 de octubre de 1833, pp. 1-2.

Comentarios: