Devotos

El término “devoto” tiene un sentido general que es de uso corriente desde hace siglos: “fervoroso y dedicado a obras de piedad y religión” decía ya el Diccionario de Autoridades en 1732. Sin embargo, en la historiografía tiene, también desde hace algún tiempo ya, un sentido más específico, para designar a los seglares que en el marco de la Reforma católica (siglos XVI-XVIII) participaban activamente y en colaboración con los eclesiásticos, sobre todo con los jesuitas, en obras misioneras y de piedad. Ellos constituyen una de las paradojas más interesantes de la Reforma católica, pues habiendo subrayado el Concilio de Trento la jerarquía de los clérigos sobre los laicos, hubiera podido esperarse la más absoluta desconfianza ante cualquier participación seglar en la organización eclesiástica. Lejos de eso, autores como Louis Châtellier y Jean-Pierre Gutton han mostrado que esta época fue de un ascenso, espiritual y social sin precedentes de los seglares en la vida de la Iglesia. Un ascenso que fue buscado y respaldado por muchos de los eclesiásticos de la época. En general, los devotos no aparecen solos, sino bajo la forma de corporaciones. Y es que la sociedad de la época, no concibe al individuo sino incorporado en comunidades que le proporcionen la asistencia necesaria para su bien espiritual y material. Tales comunidades serán puestas al servicio de la gran obra misionera de la Reforma católica, formando élites bien educadas en las prácticas piadosas de la época y capaces por ello mismo de contribuir a la difusión del conocimiento de la fe y la reforma de las costumbres tanto entre fieles como entre infieles, no menos que de respaldar las obras propiamente clericales. En una palabra, capaces de contribuir a la transformación del mundo. Así pues, los devotos aparecen integrados a cofradías, órdenes terceras, escuelas de Cristo, congregaciones jesuitas donde el aprendizaje de las prácticas piadosas propias de la Reforma constituye la prioridad. Éstas eran asociaciones cuyas normas imponían la frecuentación de los sacramentos, particularmente de la confesión y de la eucaristía; la asistencia a la misa y a los oficios; las oraciones cotidianas como el Angelus, el Rosario y las letanías; la práctica del culto a la Virgen y a los santos. De esta forma, el devoto aprendía a dedicar a Dios toda su jornada, desde el amanecer hasta el ocaso, no menos que a dedicarle todas las temporadas del año, siguiendo estrictamente el calendario litúrgico desde el Adviento a la Cuaresma, de la Semana Santa a Pentecostés, de Corpus Christi a la Asunción, etcétera. Aprendían así a controlar su tiempo para dedicarlo a la causa de la fe, no menos que a controlar su propio cuerpo para alejarlo de la concupiscencia, y presentarlo bajo los atributos del penitente diestro en las disciplinas, los cilicios y flagelos, y del humilde orante que logra transformarlo en un instrumento de devoción por sus posturas (genuflexión, prosternación, los golpes de pecho) pero también por su participación en procesiones y peregrinaciones. Control del tiempo y del cuerpo que se extendía incluso hacia los estados de somnolencia, particularmente peligrosos para la salvación.

Sobre todo, debía aprender a controlar las facultades de su mente, sobre todo la imaginación. En estas congregación era donde el devoto se formaba en la oración mental, a veces sólo bajo la forma de la meditación, pero alcanzando incluso a veces la contemplación mística con ayuda de imágenes y textos compuestos al efecto por los artistas y guías espirituales más renombrados de la época. Así por ejemplo obras como las de Charles Le Brun, como esta Adoración de los pastores en la que los devotos podían encontrar ejemplos de contemplación con los cuales identificarse hasta sustituirse en ellos. Era cuando menos necesario que aprendiera a seguir la misa, no tanto por la comprensión de cada uno de los ritos, sino que aprendiera a ver en ella, ayudado por los libros de misa como los Tableaux de croix franceses, un teatro simbólico de la historia de la salvación. Así preparados, consolidados en su fe y en sus prácticas piadosas, los devotos emprendieron frecuentemente la empresa de salvar al mundo. Una empresa que tuvo múltiples aristas y que estuvo asociada principal mas no exclusivamente, a los devotos que no eran sólo una élite religiosa sino ya desde antes una élite social y política, y que fueron especialmente buscados por los clérigos y religiosos, especialmente por los jesuitas. Miembros de las municipalidades, de la nobleza, de la administración real, incluso de los más altos consejos de las monarquías y, por qué no, a veces miembros de las familias reales, se integraron a estas asociaciones o se relacionaron con sus fundadores e integrantes. Desde su posición emprendieron las reformas que estimaban necesarias para la salvación de la comunidad. La obra de Gutton nos ofrece un panorama general de esas actividades. En principio, el establecimiento de la paz en el sentido más amplio del término: los devotos lo mismo combaten el duelo, que promueven el arbitraje y el acceso de los pobres a la justicia; además, se preocupan por los marginados que desean ver concentrados en hospitales, prisiones y casas de recogimiento donde poder reformarlos cristianamente. Desde luego, su acción tiene sobre todo un perfil piadoso: ante la inseguridad de los tiempos, ante las guerras y desastres naturales, ante lo que hoy llamaríamos conflictos sociales, los devotos tienen por insturmento principal la oración, bajo la forma de misas, procesiones y rogativas.

Asimismo, emprenden grandes obras educativas. Colaboran con el clero en la difusión del catecismo entre infantes y adultos, lo mismo en el campo que entre los pobres de las ciudades, una vez más, sobre todo en hospitales y prisiones. Aquí por ejemplo uno de los grandes santos del catolicismo francés del XVII, ligado a los medios devotos: Vincent de Paul, fundador de la congregación de la Misión. Y es que los devotos fueron los patrocinadores de las misiones en tierras de infieles, lo mismo en el Canadá que en el Brasil o en el norte novohispano, pero no menos de las misiones populares que recorren prácticamente toda Europa y América en los siglos XVII y XVIII. Atienden además a la educación de las mujeres, bajo la forma de la enseñanza de la santidad del matrimonio y de los deberes de las viudas y doncellas. En fin, se esfuerzan por la moralización de las costumbres. Muchos de ellos se empeñaron en combatir el carnaval, el teatro, las comedias y los bailes y todo lo que veían como obstáculo para la salvación. Pero además, saliendo de alguna forma del estricto marco corporativo, fueron capaces de crear auténticos grupos de presión, redes que se movilizaron para hacer presión en las cortes de los príncipes para tratar de construir un orbe católico. El caso más célebre es el de la Compañía del Santísimo Sacremento, una gran red de asociaciones devotas francesas que lo mismo apoyaba las misiones en el Levante que las prédicas contra los protestantes, la reforma de las prisiones o el combate de la usura. Prohibida en 1660, la monarquía francesa conocera varias veces el surgimiento de “partidos” o “cabalas devotas” que pusieron en cuestión la política de la “razón de Estado” de los Borbones. Muchas veces asociados a las reinas, como a las princesas españolas Ana de Austria y María Teresa de Austria, o a otras damas importantes de la corte parisina

Tuvieron su mejor posición bajo el reinado de Luis XIII, monarca devoto y patrocinador de los jesuitas, quien asistió con toda su corte a la consagración de la iglesia de su noviciado, la de San Luis, en el Marais, el barrio de la nobleza francesa de la época. Tal ceremonia, por cierto, fue oficiada por el cardenal Richelieu en persona, a pesar de ser acaso el gran enemigo del partido devoto. Desde luego, no todos los devotos eran habitantes del Marais parisino. Es importante traer a la memoria, y con esto concluyo, los devotos más sencillos, lo mismo miembros de cofradías de los pueblos rurales, a los notables de las órdenes terceras urbanas, o a los administradores de las fábricas de las parroquias. Eran ellos quienes tenían la posibilidad de hacer realidad los designios de la Reforma católica hasta los últimos rincones de todo el mundo católico, construyendo retablos, abriendo escuelas para el catecismo, fundando obras piadosas. Mirando desde esta perspectiva muchas de las instituciones que ligamos con demasiada premura con la modernidad, como escuelas y hospitales, nos encontraremos tal vez con la trascendencia de la obra de estos entusiastas de la religión de tiempos barrocos.

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