Devotos a las imágenes en tiempos de guerra

Es septiembre ya, y se acerca, como cada año, la conmemoración del inicio de la Guerra de 1810, por lo que parece un buen momento para hablar de la devoción a las imágenes religiosas en aquella época. Es un tema particularmente conocido, casi se diría que ya demasiado clásico en nuestra historiográfica, pues se sabe bien que insurgentes y realistas enarbolaron a sus santos patronos y a las advocaciones marianas más diversas, comenzando por Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac y Nuestra Señora de Los Remedios. Algunas ostentaron (y todavía hoy, como la bella imagen de Nuestra Señora del Carmen de Teziutlán) sus bandas de generales o generalas de los ejércitos. Otras se convirtieron en banderas y en estandartes, o en símbolos llevados en los sombreros de los combatientes. Fenómeno en realidad nada nuevo en el mundo cristiano en general: en tiempos medievales el carro de guerra del Emperador bizantino llevaba a su frente un icono de la Virgen, la Nikopea, cuya sola visión se decía podía cegar a los enemigos del Basileus según recordaba Hans Belting en Image et culte (Cerf, 1998). Y si ya aquel icono imperial terminó en manos de los enemigos cruzados, hubo también imágenes novohispanas que sufrieron las terribles represalias de una guerra civil como la de entonces, con casos tan dramáticos como la mutilación y el fusilamiento de las de la parroquia de San Juan Bautista Coscomatepec a la entrada de las tropas realistas en esa población en 1813, que alarmó el espíritu público de buena parte del reino, como en la villa de Orizaba, según contaba un alarmado vecino, don José Casimiro Roldán en su diario.

Todo ello es bien sabido, y sin embargo tal vez no esté de más decir que los novohispanos no sólo abanderaron sus imágenes religiosas, en esos tiempos de crisis del Imperio hispánico. Su recurso a ellas, su revaloración incluso, tenía aspectos acaso más modestos, más íntimos incluso y sin duda más clásicamente devotos y religiosos, y no menos significativos de la intercesión cotidiana y de las esperanzas puestas en ellas. Así, quisiera simplemente evocar al respecto dos documentos de dos personajes casi anónimos, que desde las ciudades de México en 1809 y Oaxaca en 1815, hicieron llegar a las más altas autoridades de la monarquía cartas en que daban cuenta de su devoción. Se trata de las instancias de José Villegas Puente, fechada en México el 26 de abril de 1809 (AGI, México, 1895) y de José María Giral, desde Oaxaca en 22 de agosto de 1815 (AGI, México, 1903), casi perdidas en medio de las siempre numerosas cartas que hoy forman los legajos de “instancias de parte” de la sección Audiencia de México del Archivo General de Indias. Hombres ya mayores, Villegas de más de 60 años y Giral al menos de más de 50, tenían en común haber sido “empleados”, es decir, habían hecho carrera al servicio de las oficinas del rey. El primero no detalló sus servicios, el segundo en cambio incluyó hasta su hoja de servicios, que muestran una brillante carrera culminada como tesorero de las Cajas Reales de Acapulco, donde afrontaría la época más difícil de la guerra.

Habiendo trabajado para la Real Hacienda, Giral incluso como contador de diezmos, es decir, representando la reorientación de prioridades de la monarquía hispana en esos finales del siglo XVIII, hacia preocupaciones más seculares digamos, sus cartas muestran que ello no impedía que fueran fieles devotos. De hecho, inciaban casi haciendo una verdadera profesión de fe: “Creyendo siempre, desde el uso de la razón que no puede moverse la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”, decía Giral, mientras Villegas se declaraba específicamente devoto (“mi verdadero entusiasmo, mi lealtad, mi amor, mi patriotismo y confianza”) del Cristo de Santa Teresa y de la Virgen de los Remedios. No era una devoción simplemente interiorista, pues eran sensibles a los fastos del culto. Giral en particular podía probar que su devoción lo había llevado a glorificar a las imágenes de la Virgen desde tiempo atrás, promoviendo en diversas Catedrales e iglesias principales del reino y en particular de la Ciudad de México la devota práctica de cantarles constantemente “de rodillas, con diversas composiciones de música de órgano, violines y voces”, la breve oración siguiente:

Sancta Maria Dei Filia
Sancta María Dei Mater
Sancta Maria Dei Sponsa
Ora pro nobis Dominus

Más todavía, “no dudando que comprende una muy cosiderable parte de este debido culto” a las imágenes “la loable costumbre” de colocarlas “en las piezas decentes que habitamos”, Giral emprendió en la década de 1790 desde Puebla, una campaña en ese sentido, pidiendo para ello abundantes indulgencias por los obispos novohispanos. Combatía así, decía el “oropel de la moda”, la cual había “logrado desterrar de algunas salas y otras piezas las sagradas imágenes” en beneficio pinturas u otros “objetos ridículos”. Los años de guerra lo convencieron de aumentar sus esfuerzos: luego de salir de Acapulco en 1814, “evadido por la misericordia de Dios”, ya en la Ciudad de México, reemprendió su campaña, obteniendo el favor del arzobispo electo Bergoza y Jordán. Aprovechó claro está el recurso de la prensa, y difundió las indulgencias concedidas en avisos al público sueltos y en los periódicos, en una empresa que estimaba tanto más necesaria “en el deplorable tiempo en que aún no se había restablecido el utilísimo e incomparablemente benéfico y santo Tribunal de la Inquisición”.

Villegas, más modesto, pero más directamente preocupado por las autoridades provisionales de la Monarquía, envió en su auxilio 25 estampas del Cristo de Santa Teresa y otras 25 de Nuestra Señora de los Remedios, una para cada miembro de la Junta Suprema Provisional Gubernativa de 1809, que estaba seguro los protegerían “de las tiranías de Napoleón”. Prometía además remitir pronto otro centenar de imágenes, para que las llevaran consigo los generales leales a Fernando VII.

Y es que en el pensamiento de Villegas, los hechos recientes confirmaban el carácter milagroso de las imágenes. Sin solución de continuidad alguna, los milagros cotidianos tradicionales que una y otra imagen proporcionaban al público local, se multiplicaban ahora en beneficio de la causa del rey ausente. Así, la Virgen de los Remedios no sólo había llevado a la capital novohispana las lluvias, que caían de inmediato apenas se le llevaba en procesión de su santuario a la ciudad, sino que en ese mismo día, hizo “el milagro de librarnos de la escuadra francesa de 14 mil hombres que venía para este reino”, sirviéndose para ello de los ingleses protestantes. Era claro pues, “dos milagros hizo a un tiempo”.

De ahí que nuestro devoto pudiera declarar confiado “luego que lleguen a las reales manos de Vuestra Majestad, en el mismo instante salen fugitivos cuantos enemigos existen en esos reinos”, e incluso el mismo Napoleón podría hasta convertirse.

Desde luego, la historiografía reciente, y en particular debo citar aquí los trabajos de los profesores William B. Taylor y Brian Connaughton, se ha interesado en el tema de la renovación de las prácticas de culto entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Mas acaso por su perfil fundamentalmente institucional, hay aún, o al menos tengo esa impresión, cierta tendencia en nuestra historiografía a ver esos años fundamentalmente bajo de la decadencia. Cierto, estos dos no son sino ejemplos muy particulares y acaso aislados, pero invitan me parece a seguir estudiando de qué forma la guerra podía incluso hasta fortelecer en ciertos devotos, la confianza en las “soberanas imágenes”.

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