Desventuras de un fraile capellán y cantor

Un fraile del Antiguo Régimen podía sin duda pasar buena parte de su vida en un convento, siguiendo tranquilamente la regla de su orden, asistiendo cotidianamente al coro, al confesionario y al púlpito, tal vez ocupando algunos cargos dentro su provincia, predicando en las ocasiones solemnes en otras iglesias, etcétera. Sin embargo, hubo frailes que conocieron una vida mucho más agitada que la permanencia en un claustro urbano. Los hubo con andanzas por los rumbos a veces más insólitos, a veces siguiendo las órdenes de sus superiores, como demandantes de limosna de alguna imagen, como procuradores de sus institutos por algún trámite, como misioneros itinerantes, como capellanes de cuerpos militares. Otras veces, también las hubo, simplemente porque eran “apóstatas”, es decir, fugados de sus claustros para escapar de alguna acusación o porque simplemente habían perdido la vocación. Aunque hoy nos imaginamos vivir en una época en que las comunicaciones y los viajes son mucho más fáciles, hay que reconocer que tampoco era muy difícil la movilidad de la que dan prueba estos religiosos. Si en principio debían vivir “separados del mundo”, algunos ejemplos nos muestran que sabían muy bien moverse en él cuando era necesario.

Aquí un ejemplo de frailes viajeros: una petición de fray Martín Cañero, religioso franciscano, al Consejo de Indias en 1790 que proviene del Archivo General de Indias, legajo México 2666. Fray Martín es un fraile andaluz, que se embarca para servir de capellán en los navíos de guerra españoles en 1779 y que conoce un largo periplo en el Caribe, para finalmente desembarcar en la Nueva España después de la guerra. Después de sus vueltas en buques y hospitales militares, conoce otras tantas buscando una provincia franciscana donde establecerse, para terminar de nuevo como capellán militar en Durango. En sus viajes, sin embargo, fray Martín tenía una particular ventaja: su voz, que lo hace “muy útil y aún necesario” como dirá uno de sus superiores en el documento que aparece más adelante. Nuestro fraile es bajo, voz rara y por tanto estimada, sobre todo para completar las capillas de cantores, lo mismo en México que en Durango, y dar mayor realce al culto divino.

No es, me parece, un tema que haya resaltado mucho en la historiografía. De hecho en algunas ocasiones casi podría pasarse por alto, por lo que no está de más recordarlo: los frailes cantan. En los conventos donde había una comunidad en forma, asistían constantemente al coro a lo largo de la jornada para cantar las horas canónicas: maitines a la medianoche completados con laudes al alba, prima, tercia y sexta repartidas a lo largo de la mañana y el medio día, nona hacia las tres de la tarde, vísperas al caer ésta y completas al final de la jornada.

Por tanto, un fraile con buena voz era forzosamente bien estimado. El expediente deja ver que nuestro religioso sabe de esa ventaja y le saca provecho cuando es necesario. Por supuesto, y aunque era de esperarse en un documento dirigido a una de las máximas instancias de la Corona, el religioso insiste en haber trabajado constantemente al servicio de las “Dos Majestades”, la divina y la humana. Y en efecto su labor como capellán lo ha puesto directamente al servicio de las tropas del rey, sobreviviendo entonces del sínodo que la Corona le asignaba. De hecho, y lo lamenta en un pasaje de esta exposición, ha hecho más bien carrera de capellán militar que de fraile conventual, por lo que ahora encuentra difícil hacerse aceptar en una comunidad, y menos aún llegar a obtener algún reconocimiento por antigüedad o algún cargo, como correspondía a un fraile ya maduro.

Veamos pues este testimonio de los andares de un religioso de finales del siglo XVIII.

AGI, México, leg. 2666

Señor

Fr. Martín Cañero, religioso sacerdote de la religión de nuestro seráfico padre San Francisco, postrado a los pies augustos de Vuestra Majestad con la más profunda humildad digo: Que en el convento de San Diego de Sevilla, provincia de Andalucía, de donde soy hijo, entré, profesé y seguí mis estudios hasta los mayores de la Sagrada Teología, acreditando mi verdadera vocación y la aplicación a mis tareas de púlpito, confesionario y también de coro, por haberme dotado la Divina Providencia con una voz de bajo algo particular.

En este estado, y en el grado de estimación que merecía a mis respectivos prelados por mi religiosa abstracción y conducta, que jamás dio el menor motivo de queja, fui escogido para capellán de uno de los bajeles destinados al servicio de la última guerra. Obedecí gustoso por acreditar mi amor a Vuestra Majestad. Me embarqué en abril de 79 y salí de Cádiz con la escuadra entregada al mando de vuestro general D. Josef Solano. Arribamos a las islas de Dominica y Guadalupe, donde se erigieron hospitales para la curación del crecido número de enfermos que tuvieron esta desgraciada suerte. Acudí con el mayor celo a darles la medicina espiritual como la mejor, y a consolarlos al mismo tiempo en sus dolencias, sin apartarme un punto de sus camas; en cuyo ejercicio me mantuve hasta que salió de allí dicha expedición.

Llegamos a La Habana, y al instante fui destinado para el mismo sagrado ministerio en el hospital nombrado de Jesús María, donde me mantuve con el mismo celo y amor por espacio de más de tres años, al cabo de los cuales se me destinó en la propia calidad de capellán a uno de los buques de tropa de que se componía la expedición dirigida al Guarico, como punto de reunión de las dos escuadras española y francesa, en cuyo puerto fui nombrado también capellán de la fragata Mentor, destinada para hospital de la tropa. Después se trasladaron los enfermos a otro hospital en tierra, donde también continué desempeñando el propio sagrado y piadoso ministerio.

A este tiempo se me pasó un oficio por el teniente vicario general D. Pedro Padilla, ordenándome, que por convenir al servicio de Dios y de Vuestra Majestad me trasladase en calidad de capellán al hospital erigido en el cantón de Limonada. También obedecí puntualmente, pero allí me envió Dios unas fuertes calenturas, que ya postrado me obligaron a clamar por consuelo, mas no me fue posible lograrlo.

En tan triste situación mía se publicó la paz, y entonces fui nombrado por capellán de los buques que retiraron las tropas a La Habana, y ya concluido este ministerio santo tuve permiso de mi venerable padre comisario general para pasar a la provincia de San Diego en esta capital de Nueva España, y advirtiendo que como forastero nada adelantaba, ni podía esperar, impetré la venia de ambos prelados, el de la primitiva observancia y el de San Diego, para pasarme al convento grande de esta misma capital. Se me concedió y en efecto me he mantenido en él, trabajando las tareas del púlpito, confesionario y coro con general aplauso, tanto del público cuanto de lo interior del claustro.

En este intermedio ocurrí a mi venerable prelado padre comisario general suplicándole mi incorporación en esta provincia. Mi desgracia no correspondió a mis méritos en el buen despacho, y en tal extremo acudí a vuestro Supremo Consejo de Indias, cuyo justificado tribunal, precedido e informe de mi propio venerable comisario, fue servido mandar me restituyese a mi provincia madre de España. Obedecí puntualmente sin más auxilios para el camino que mi Breviario, como tan pobre por mi instituto y fortuna, y no haberse tenido presente esta grave consideración en un sacerdote hijo del gran padre San Francisco. Pero a las tres jornadas me hallé con nueva orden de retrocesión, en cuya fuerza, y costeando tantas caminatas la limosna de algunos fieles, volví a este mismo convento, donde se me aseguró mi incorporación, respecto la falta de religiosos, la utilidad de mi servicio, especialmente en el coro por la total escasez de voces apreciables, y que se me protegería y aliviaría en mi quebrantada salud, mayormente cuando en nada había sido gravoso, pues aún para trasladarme aquí desde La Habana lo hice con mis pobres pagas, sin quedar ni aún para vestir un triste hábito.

Nada, con todo, adelanté, pues jamás pude lograr mi suspirada incorporación, y en este estado volví a salir a servir a V.M. en calidad de capellán del regimiento de dragones e España, que se dirigía a las remotas provincias internas, por cuyos dañosos temperamentos no había quien abrazase este ministerio; pero como siempre he pospuesto hasta la vida en servicio de Dios y de Vuestra Majestad admití gustoso. Pasé a Durango con dicho regimiento, paró allí por espacio de año y medio, y sin faltar a mi obligación constituida, dediqué mi suficiencia en las horas señaladas al coro de aquella Santa Iglesia Catedral, donde como en todo este reino, se carece de voces iguales a la mía; y merecí por lo mismo la mayor estimación pública, y la más especial de aquel digno prelado vuestro reverendo obispo. Pero cuando más descansaba en este nuevo ejercicio, aumentando mis méritos, enfermé gravemente del estómago, a cuyo tiempo se retiraba el regimiento con nueva orden. La necesidad obligó avenirme y a volver a acogerme al amparo de este convento, cuyos prelados me han recibido llenos de caridad, y yo sigo sacrificándome para darles gusto en mis tareas, particularmente en las más fuertes del coro, a pesar de mi salud quebrantada, por ver la falta de voces en una comunidad que se lleva las primeras atenciones en todo el reino y cuyo celoso lucimiento en adorno de iglesia, en el sagrado culto y en cuanto es de su santo instituto, puede disputar la preferencia.

Todo esto le consta a mi piadoso prelado provincial, cuya virtud, ardiente caridad y delicada conciencia no podrá faltar a informarlo, ya que carezco de los documentos originales que lo acreditan, por haberlos acompañado en mis recursos, y no haber cuidado de quedarme con testimonio, mediante mi sencillez y mi poca instrucción en estas formalidades de tribunales, como tan retirado del trato mundano y embebido todo en los ejercicios espirituales que han llamado mi primera atención y celo.

En tan estrecha constitución, en la de no saber el partido que tomar viéndome en el aire mientras no se me incorpore o se me retire de una vez, en la de haber perdido mi carrera y ascensos de justicia en mi nativa provincia según mi mérito; en la de hallarme tan quebrantado de salud con tantos trabajos y tribulaciones, y finalmente en la de haber gastado lo mejor de mi tiempo en tanto como he servido a V.M. no me queda más arbitrio que suplicar humildemente y clamar rendido a vuestra soberana clemencia se digne mandar tenga efecto mi incorporación a esta Provincia del Santo Evangelio, haciéndome verdadero conventual de esta capital, cuyo único consuelo espero de la suma compasión y paternal misericordia de V.M. México y abril de 1790.

Señor

Fr. Martín Cañero

Anexo:

Señor

Penetrado de los sentimientos de piedad y bien impuesto de la irreprensible conducta del suplicante, su mérito, trabajos, servicios y demás que expone, me veo estrechamente obligado a asegurar que es digno de que V.M. incline sus benignos ojos a la humilde súplica que interpone, a que debo añadir (por el deseo que me asiste del mayor lucimiento del coro de este convento grande, cuya atención llama toda la Nueva España) que es muy útil y aún necesario el suplicante por la sonora voz y lleno que da a todo el coro. Sin embargo Vuestra Majestad se dignará determinar lo que sea de su real agrado, a que quedará rendida mi veneración, conociendo que siempre será lo más justo y lo más sabio. México, 26 de abril de 1790.

Señor

Fr. Francisco García Figueroa

Provincial.

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