Desastres naturales

Una de las funciones más tradicionales del clero y de la liturgia, e incluso de la religión católica en su conjunto, es la de proteger a los fieles, no sólo sus almas sino también sus cuerpos y sus bienes, ante lo que ahora llamamos desastres naturales. El profesor Jean Delumeau trató extensamente el tema en su obra clásica Rasurer et protéger (Paris, Fayard, 1989), sobre la construcción del sentimiento de seguridad en la Europa occidental de los siglos XIV al XVIII. “Nuestros ancestros, decía el profesor Delumeau, compensaban la escasez de protectores terrestres con la proliferación de protectores celestes y de ritos, objetos y fórmulas de protección”. Así, ante incendios, inundaciones, tempestades, terremotos, epidemias y un largo etcétera, la reacción inmediata de los pueblos de antaño era acudir a la parroquia a hacer sonar las campanas para alejar el peligro, y reclamar al párroco la exposición del Santísimo Sacramento para una rogativa cantando las letanías mayores, o bien la traslación de reliquias y de imágenes milagrosas de sus santuarios a las iglesias principales para implorar su cese. Aunque ciertos sectores del clero, preocupados por el sacrilegio y la superstición, no siempre estaban de acuerdo con estas prácticas, más que impedirlas lo que se hacía era orientarlas en marcos lo más ortodoxos posibles. Los rituales posteriores al Concilio de Trento, a comenzar por el Ritual Romano, dan cuenta así de las normativas establecidas para las procesiones de este tipo, reduciéndolas a sólo siete casos: sequía, pedir serenidad, tempestades, hambre, peste, guerra y cualquier otra tribulación.  Por sólo citar un ejemplo, aquí el salmo y las oraciones del Ritual Romano de 1617 para la procesión ad postulandam serenitatem.


Como se notará por las oraciones, era bien entendido que eran los pecados públicos los que atraían sobre los fieles este tipo de azotes, por lo que solían también organizarse procesiones penitenciales, incluso de flagelantes en ciertos casos, para mostrar el arrepentimiento de la comunidad. Así surgieron muchísimos cultos, en todo el mundo católico durante varios siglos. Si en París las reliquias de Santa Genoveva, protectora de la ciudad contra los hunos, eran llevadas en procesión a la Catedral de Notre-Dame de París, en caso de necesidad pública, otro tanto se hacía en México con la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, la patrona de los conquistadores. Nunca está de más recordar que Nuestra Señora de Guadalupe obtuvo buena parte de su reconocimiento por habérsele atribuido el librar al valle de México de una epidemia de matlalzáhuatl en 1737. Todavía en el siglo XIX, la gran epidemia de cólera de la década de 1830 ocasionó, al menos en México, una oleada de procesiones penitenciales, de las cuales la del Viernes Santo de Iztapalapa quedaría consagrada de ahí en adelante.

Santas Justa y RufinaPor lo que a terremotos se refiere, hubo también reliquias e imágenes a los que se atribuyó la conservación de ciertos edificios o el cese de los temblores. Un caso célebre, el de Santa Justa y Santa Rufina, las mártires sevillanas, cuya iconografía sosteniendo la Giralda, la torre de la Catedral, es por su invocación para ello mismo en el terremoto de 1504. En la misma región, en Andalucía, el terremoto más famoso de la historia de Europa por su magnitud, el de Lisboa de 1755, también dio origen a numerosas procesiones que se celebran hasta hoy a principios de noviembre. En la Nueva España, permítaseme evocar tan sólo un ejemplo de Orizaba, donde el temblor de 1819 y sus réplicas dieron motivo a una solemnísima procesión del Señor del Calvario, la que entonces era la más querida de las imágenes locales.

Con el paso de los siglos, la intervención ritual de la Iglesia ante los desastres naturales ha adoptado nuevas formas. En nuestros días los rituales protectores se han vuelto más bien raros, dejando lugar más bien a mensajes de consolación y acompañamiento. Lo hemos visto semanas atrás con motivo del terremoto en Haití: otrora se hubieran celebrado rogativas para “calmar la ira del Cielo”, ahora se celebraron misas en efecto, pero siguiendo más bien el ritual funerario. Me consta cuando menos del caso de la celebración que tuvo lugar aquí en París en la catedral de Notre-Dame el 16 de enero: la misa por las víctimas de Haití incluyó los salmos De profundis y del Buen Pastor, que son las oraciones por antonomasia de la liturgia de difuntos; la homilía del cardenal Vingt-Trois estuvo claramente orientada a consolar a los dolientes (en este caso la comunidad haitiana de París, que abarrotó la catedral), e incluso tuvo un aspecto de catarsis dolorosa al incluir el himno a la patrona haitiana, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, durante el cual los clamores de varios de los asistentes (mujeres sobre todo) ahogaron incluso la música del gran órgano de la catedral, dejando en la estupefacción a muchos de los franceses presentes, poco acostumbrados al desborde sentimental.

En fin, aunque es cierto que los grandes desastres naturales parecen la oportunidad perfecta para plantearse grandes cuestionamientos sobre la providencia, como lo hicieron los ilustrados ante el terremoto de Lisboa, su atención, al menos en el mundo católico, históricamente pasa de manera casi invariable por rituales religiosos.

Comentarios: