Derroches Festivos

Hace unos días se publicó en un periódico de amplia circulación en México una columna cuya autora criticaba el derroche de 60 millones de dólares que se proyecta para el espectáculo del Bicentenario de la independencia y lo equiparaba con la fiesta que en honor a Santa Rosa de Lima se realiza en un pueblo de Oaxaca. El gasto del Bicentenario, decía, “es perpetuar a lo grande el pecado” de la fiesta de la santa patrona americana. Cabe apuntar, la publicista no hacía sino responder a los comentarios de algunos lectores cuyo argumento ante el derroche no era otro que un “así somos los mexicanos”, fiesteros y derrochadores, capaces de “echar la casa por la ventana a pesar de no contar con los recursos económicos”.

Al respecto me interesa hacer notar, brevemente, tres cuestiones: primera, respecto del espíritu de esta crítica, su carácter elitista; segundo, respecto de los comentarios de los lectores, el error de esencializar algo que no es sino histórico, y en fin, sobre el objeto de la crítica, que entre las dos fiestas, la de Santa Rosa y la del Bicentenario hay más diferencias que sólo la amplitud; es decir, que no son comparables.

Primero, hay que decir que el espíritu de dicha crítica no tiene nada de original. Data cuando menos de los siglos XVIII y XIX, cuando muchos de los publicistas ilustrados de todo el mundo católico dedicaron sendos artículos de periódicos y panfletos a criticar el derroche de las fiestas de los santos patronos, organizadas por mayordomías, cofradías y parroquias. Eran unas fiestas, decía un periódico veracruzano en 1834, en las que no se hacía sino “celebrar un comelitón en que ruedan las jícaras de chica o tepache, con una general embriaguez y las consecuencias consiguientes”, celebradas “aunque el miserable indio rinda sus fuerzas en el trabajo, aunque viva desnudo y embrutecido”. Desde luego, en aquellos años la crítica era no sólo económica, sino también religiosa, pues se descalificaba a estas fiestas por tratarse de “prácticas supersticiosas” que iban en ofensa de la religión y del propio santo o de la Virgen que decían festejar. Previamente, es importante decirlo, las élites también participaron de esos mismos festejos y de las mismas sensibilidades. Y es que en efecto estos festejos eran útiles y tenían su lógica en un cultura religiosa heredada de la Edad Media, transformada con las Reformas religiosas del siglo XVI, pero en la que el tema de la ostentación, el derroche, seguían siendo indispensables como medios de transmisión de creencias, identidades y jerarquías. Entonces también había críticas contra los excesos, provenientes sobre todo de clérigos preocupados por el desbordamiento que estas fiestas conllevaban. Ellos, desde luego, no pretendían eliminar esas fiestas sino encuadrarlas en un marco, para ellos, más estrictamente religioso.

Sin embargo, conforme se fue construyendo una cultura nueva, la de la modernidad por decirlo en un sentido amplio, el derroche perdió su credibilidad frente a nuevas prioridades, económicas en general. Los publicistas del siglo XIX llegaron a escribir que la mejor manera de “santificar las fiestas” era trabajando, siendo así útiles y productivos a la sociedad y conservando la moral, frente a los derroches que ya entonces se tenían, aunque se dijera con otras palabras, por autodestructivos. Ahora bien, esa cultura religiosa tradicional “nuestra”, “barroca” por llamarle de alguna forma, no es ninguna esencia que sea irreformable y eterna. Fue construida, por lo que toca al México central, a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, poco más o menos. Y como construcción cultural, ha sufrido cambios. De hecho, es erróneo identificarla con “lo mexicano”, porque desde que México comenzó a construirse como nación en el siglo XIX siempre ha habido varios proyectos culturales presentes y a veces radicalmente enfrentados. Por esos enfrentamientos, ya no es exactamente la misma cultura que vieron los publicistas ilustrados y liberales. Aquella estaba sustentada sobre todo en corporaciones, cuya estructura se ocupó de desarticular la Reforma juarista a mediados del siglo XIX. Era además fundamentalmente urbana, mientras que su herencia en el siglo XX ha sido sobre todo rural, en virtud de la progresiva secularización de los espacios urbanos. Cierto, en algunas regiones ha sabido adaptarse al primer liberalismo, a la Reforma liberal, a la Revolución, a los campañas desfanatizadoras, a la migración a las grandes ciudades, y ahora a la migración a Estados Unidos como advierte la autora de la columna. Ha tenido hasta agregados, como las fiestas de 15 años tan evocadas por los lectores del ya citado periódico, que son relativamente nuevas si las comparamos con las varias veces centenarias fiestas patronales. Sin embargo, la propia cultura liberal en las ciudades, los nuevos movimientos religiosos en el campo, e incluso la propia migración a Estados Unidos, son otras tantas vías por las que la tradición barroca se va modificando e incluso me atrevería a decir, desgastando.

En fin, y sobre todo, creo que no es lo mismo el derroche de la fiesta patronal de un pueblo que el de una fiesta nacional. En el contexto actual, el primero está fundado en la tradición, depende de los actores locales (los hermanos de la cofradía, el ayuntamiento, los notables pueblerinos, el párroco, el mayordomo, y claro está el conjunto de los habitantes), que están dispuestos a financiarla por una obligación que es exclusivamente moral y social. Tiene, desde luego un componente político: una fiesta local cancelada es prácticamente la garantía de un tumulto popular, todo en marcos estrictamente locales. Así, la fiesta patronal puede ser un derroche, pero lo repito, tiene su propia lógica. Puede parecernos autodestructivo, podemos criticarlo (o mejor aún, tratar de comprenderlo), pero para modificarlo, me parece, sólo hay dos vías: o la educación en otras prácticas festivas, o el autoritarismo.

En cambio, una celebración nacional y la forma en que se festeja está, en nuestro contexto actual, claramente inscrita en el marco de la cultura liberal, y por ello mismo, todo derroche queda fuera de lógica. Me atrevería a agregar que está especialmente fuera de lógica en una administración que procede de un partido que, fundado sobre la tradición del catolicismo liberal, colocó entre sus principios doctrinarios originales los del Trabajo y el Orden.

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