Del respeto a las capas pluviales

A principios de diciembre pasado publiqué en este mismo espacio una nota breve sobre las cortesías que los prelados de antaño debían realizar cuando pasaban por delante de un magistrado real portando un ornamento muy concreto: la capa magna. Vimos las airadas reacciones de oidores y gobernadores que lamentaban que los obispos se negaran a arrastrar la larga falda que la caracterizaba.

Pues bien, en esta ocasión, para seguir explorando este tema, vamos a ver la situación contraria, es decir, los gestos que los magistrados debían realizar a su vez al paso de uno o varios eclesiásticos. Vamos a ilustrarlos con claridad con un documento que los resume bien: la representación al rey en el Consejo de Indias de los canónigos de la Catedral de Guadalajara del 15 de abril de 1724. En ella, los prebendados lamentaban que la Real Audiencia e incluso el Ayuntamiento de esa ciudad se negaban a corresponderles con su postura y gestualidad sus atenciones que ellos tenían con los magistrados cuando les pasaban por delante. En particular se destaca el respeto que los clérigos exigían a los ornamentos que portaban cuando encabezaban los oficios divinos: la capa pluvial y bonete. Si la capa magna del hábito coral de los obispos debía arrastrarse, la pluvial de unos oficiantes, al contrario debía al menos levantar a los magistrados de sus asientos.

Al igual que en el caso del arrastre de la falda episcopal, en nuestros días puede sonar simpático y meramente anecdótico este tipo de enfrentamientos. Mas debemos reiterar que eran decisivos en la política de la época: en el siglo XVIII novohispano, se seguía haciendo política en las iglesias en las ceremonias, tanto los gestos de cortesía como en la liturgia, que por lo común generaban a su vez extensas contestaciones ante los más altos tribunales, como en este caso el Real y Supremo Consejo de Indias. En esos gestos y posturas estaba constantemente comprometido algo tan importante en la época como el honor de los representantes de las majestades divina y humana. Veamos pues la manera en que formulaba su queja el Cabildo eclesiástico de Guadalajara.

AGI, Audiencia de Guadalajara, leg. 207.

Señor,

Siendo del divino agrado y del servicio de Vuestra Majestad la conservación de la paz, así para la quietud de las almas como para los aciertos del gobierno, y siendo de la obligación cristiana el procurarlo, para conseguirla, expone a Vuestra Majestad. el Cabildo Eclesiástico de esta Santa Iglesia el justo sentimiento que le asiste de los repetidos desaires que de la Real Audiencia de esta Corte experimenta.

El día 1o. de marzo del corriente año de 724, se ofreció un entierro de Cabildo, en que asistió la Real Audiencia, así en la casa, sacando el cuerpo hasta la puerta, como en las calles, acompañándole y en la Iglesia deponiéndole, quizá por haber sido la difunta hija de un ministro que fue de ella. Y estando en dicha Iglesia, que fue la de Santa Teresa, acabados los oficios, tomaron el féretro los cuatro ministros para [llevarlo] del túmulo a la sepultura, que estaba en el presbiterio, y habiendo comenzado a subir sus gradas se puso en pie todo el Cabildo Eclesiástico, pareciéndole urbanidad precisa a la representación de una Real Audiencia, y esperando que esta acción fuera correspondida con alguna política demostración, no la mereció el Cabildo, antes sí experimentó el desaire de que los cuatro ministros volviesen a sus sillas dando las espaldas uno por uno al Cabildo que por haber sido así no lo atribuye a descuido.

Más sensible desaire experimenta el Cabildo en todas las funciones de tabla, pues saliendo con capas pluviales para las procesiones y pasando en comunidad por la crujía, aunque al llegar a la vista de la Real Audiencia todos los capitulares se quitan los bonetes y bajan la cabeza, los ministros de ella se quedan sentados y apenas hacen una muy ligera cortesía, faltando en esto no sólo a la correspondencia política, sino a la religiosa urbanidad, y a lo que Vuestra Majestad tiene mandado por reales cédulas al virrey, Audiencia y más tribunales de México.

Lo mismo se experimenta cuando observando la ceremonia eclesiástica de ir dos capitulares del coro al altar mayor a dar la gloria al preste, pues ni cuando van ni cuando vuelven merecen de la Real Audiencia la correspondencia de su atención, pues los prebendados se quitan los bonetes y bajan la cabeza, no obstante que van con capas pluviales, lo que no debieran hacer pues ningún eclesiástico que se viste tal capa debe quitar el bonete para hacer cortesía, sino bajar solamente la cabeza. Y así parece que lo ordenó Vuestra Majestad en 27 de junio de 1698 cuando se sirvió de aprobar y mandó observar las constituciones sinodales del obispado de Caracas, pues en la constitución 285, libro 4, tit. 20, &6 que manda hagan cortesía los prebendados al vicepatrón de Vuestra Majestad con la cabeza descubierta, si no llevaren capa o estola, y con los bonetes puestos si llevasen uno de estos dos vestuarios, se le dio absolutamente el paso sin auto alguno acordado de vuestro Supremo Consejo.

Con tales ejemplares de la Real Audiencia se ha movido el Cabildo secular y tanto que el Domingo de Ramos dio orden a todos sus capitulares para que no hicieran cortesía alguna al eclesiástico que entonces para recibir las palmas se hallaba en el presbiterio y así lo ejecutaron los más de los regidores, no con poco rubor del Cabildo Eclesiástico.

Estos desaires, por ser públicos y repetidos siente el Cabildo y porque con sus expresiones reverentes nunca los ha merecido, antes sí es acreedor de las más buenas correspondencias, porque en las referidas ocasiones no ha hecho una pequeña demostración que pudiera manifestar su sentimiento, portándose siempre muy conforme a lo que Dios manda y a lo que Vuestra Majestad en sus leyes reales ordena, y procurando servir los ministros en muchas ocasiones que se empeñan para que a sus ahijados se den conveniencias, la alta y cristiana comprensión de Vuestra Majestad pesará y apreciará esta expresión del Cabildo, y para que se logre y mantenga la paz, dispensará las reales órdenes que fuere servido, los que observará rendida y puntualmente este Cabildo como leyes de su rey y señor natural.

Dios nuestro Señor guarde la Católica Real Persona de Vuestra Majestad los muchos años que la Cristiandad ha menester.

Guadalajara, y abril 15 de 1724.

El marqués de Uluapa.- D. Joseph Portillo Gallo.- D. Manuel Antonio Tello del Rosal.

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