Del poder de un gran prelado…

índiceMarta Eugenia García Ugarte, Poder político y religioso. México, siglo XIX, México, Cámara de Diputados, LXI Legislatura/ Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales/ Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana/ Miguel Ángel Porrúa, 2010, 2 tomos, 1828 pp.

La obra que presentamos en esta ocasión, aparecida hace ya poco más de 2 años, es particularmente difícil de reseñar, en primer término, por su carácter monumental. Texto de 1574 páginas sin contar anexos, se trata de una investigación que tomó más de una década en culminarse, reuniendo información de al menos 14 archivos y 11 bibliotecas de fondo antiguo, lo mismo de Zamora que Roma. A ello se agrega una revisión, amplia también, de la bibliografía antigua y reciente sobre el tema, de una vasta folletería, publicaciones periódicas, tesis, etcétera. La obra pues es de gran envergadura y su estructura misma contribuye a esa impresión, con sus extensos 15 capítulos de poco más de cien páginas cada uno, que por sí mismos podrían fácilmente constituir un libro independiente. Estructurada en riguroso orden cronológico, cada uno de esos capítulos está dedicado a un período particular de la vida nacional, entre 1825 y 1878, que es el verdadero marco temporal del estudio.
Pero no sólo es su vastedad la que hace complicada la noticia de este libro, llamado desde ya a constituirse en un clásico de la historiografía en la materia, sino también la multiplicidad de temas que aborda. Es, al mismo tiempo, una completa historia de la relación entre el episcopado y el gobierno civil del México independiente, pero también lo es de la historia de la relación entre México y la Santa Sede; es asimismo un análisis profundo del partido conservador y de sus liderazgos, no menos que una magnífica biografía de los principales obispos de la época, de uno sobre todo, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, obispo primero de Puebla y luego arzobispo de México. De hecho, sobre todo a partir del capítulo VI, la vida de monseñor Labastida comienza a constituirse en el verdadero hilo conductor del texto.
Largo sería hacer aquí un recuento completo de todo lo que la obra nos ofrece, por ello me limito tan sólo a señalar algunos puntos que me parecen especialmente dignos de resaltarse. Ante todo, resalta bien la diversidad del clero del siglo XIX. A lo largo de la obra vemos que si bien los obispos van construyendo, no sin dificultad, un proyecto coherente para la “Iglesia mejicana”  (siguiendo la ortografía de la época y lo que argumenta la autora desde la introducción), soberana y libre; pero nos encontramos con frecuencia canónigos e incluso obispos (o arzobispos, como don Lázaro de la Garza y Ballesteros), más moderados y capaces de negociar o incluso de integrarse a los proyectos de los liberales, y en el caso de los clérigos hasta el punto de proponer la construcción de otra iglesia nacional, la de Jesús, ya en tiempos de la Reforma. En ese sentido, la obra deja amplios interrogantes sobre el tema de las categorías con las cuales comprender al clero y al episcopado del siglo XIX: es significativo que el tema del “ultramontanismo” apenas si llega a mencionarse esporádicamente en algún pasaje, y es que paradójicamente los obispos del siglo XIX se nos presentan como fieles a la Santa Sede frente al Estado, pero renuentes a aceptar una sumisión total a sus representantes directos, los delegados apostólicos. Es asimismo evidente que la formación y posicionamientos del clero cambian profundamente a lo largo del siglo, que los acontecimientos, en particular la experiencia del exilio y las derrotas políticas, sí que los obligan a replantarse temas como la libertad de cultos, la separación de la Iglesia y el Estado, la forma de defender lo que estimaban como derechos de la soberanía de la Iglesia.
Pero aunque el prioritario es el clero y la política, la autora no deja de lado el tema de la administración pastoral, el gobierno de las iglesias, sobre todo en el arzobispado de México bajo monseñor Labastida, y en menor medida la diócesis de Michoacán bajo el obispo Juan Cayetano Gómez Portugal. Vemos obispos capaces de reorganizar una administración centenaria, de impulsar nuevos proyectos educativos y misioneros, de modernizar pues, la vida eclesiástica. Es cierto, a pesar de su vastedad, la obra no llega a tratar temas específicamente religiosos, nos quedamos mayormente en el plano político y social, pero ello no quita que se trata de una aportación fundamental para la historiografía.
No lo es menos, en tercer lugar y volviendo a la política, el análisis del movimiento conservador mexicano a partir de sus propias fuentes. El aprovechamiento exhaustivo de fuentes clásicas (la Correspondencia de los principales intervencionistas) pero sobre todo de los dos archivos del arzobispo Labastida, de los fondos de Félix Zuloaga y de Ignacio Aguilar y Marocho, aportan realmente una visión de la Guerra de Reforma y de la Intervención Francesa desde el interior mismo del partido conservador. La abundante correspondencia estudiada nos permite conocer nuevos actores (como las esposas de algunos de los dirigentes), y además casi hasta lo íntimo de sus posicionamientos, sus fuertes divisiones, sus intrigas, sus grandes decepciones. Ante todo, es cierto, se resalta la construcción del liderazgo del arzobispo Labastida, por quien la autora no oculta su alta estima, y a quien vemos aprovechar su relación ni más ni menos que con el Papa Pío IX.
En cuarto lugar, y ya que hemos mencionado a la Santa Sede y al Papa, destaquemos que se trata de un estudio que juega constamente con las escalas. Lo mismo nos lleva por momentos a conocer los grandes temas de la política internacional europea de la época, de la mano de los representantes diplomáticos y exiliados (Labastida ante todo, por supuesto), que residieron en París, en Madrid, en Londres y sobre todo en Roma. Pero la autora no descuida la escala nacional, antes bien la obra es asimismo una síntesis completa del acontecer del siglo XIX mexicano que no omite darle al lector los datos necesarios para comprender cada uno de los pronunciamientos y de las guerras civiles. En fin, hay varios subcapítulos dedicados a la vida local, la de ciudades como México y Querétaro (la autora aprovecha al máximo su propia experiencia como historiadora de esa región), pero también la de los pueblos rurales sobre todo de la arquidiócesis de México. Esto es, aunque la articulación entre todas las escalas podría haber sido más detallada, la autora muestra bien hasta qué punto el marco global termina afectando lo local, y cómo en este último se reproducen las batallas que se libran a nivel nacional.
Un quinto punto a resaltar, volviendo sobre lo local, es la atención dada, de nuevo gracias a su exhaustiva búsqueda fuentes, a diversas corporaciones eclesiásticas hasta ahora poco atendidas para el siglo XIX. Podemos seguir paso a paso, por ejemplo, la vida corporativa del Cabildo Catedral Metropolitano de México, la construcción de su predominio aprovechando la larga ausencia de un arzobispo en la capital, las relaciones a veces muy comprometidas de algunos canónigos (Irisarri, Madrid) con los liberales, su final alejamiento de la vida política con la Reforma y la Intervención. La atención dada a los canónigos de México permite también a la autora introducirse con detalle en dos temas fundamentales de la relación entre el clero y el Estado liberal del primero siglo XIX: el apoyo económico, que es en el que más abunda, pero también en el respaldo ceremonial a las autoridades constituidas, casi independientemente de la facción en el poder hasta la proclamación de la Constitución de 1857.
A propósito de la primera mitad del siglo, un tema que a título personal me ha parecido más que interesante en el libro de la profesora García Ugarte, es el del Patronato. Si bien es un tema ya clásico y en el que los trabajos de Brian Connaughton han aclarado mucho sobre la forma en que se discutió, la obra de la doctora García Ugarte tiene la virtud de mostrarnos paso a paso cómo se realizaron efectivamente las provisiones episcopales en la época, que eran el punto central de la discusión. La autora muestra bien que no hubo en México, ni Patronato “de facto”, o “virtual” como algunos otros autores han defendido, sino que la antigua designación por la autoridad del rey dejó paso a una negociación constante, conflictiva las más de las veces, entre los numerosos actores involucrados: cabildos catedrales, gobiernos estatales, gobierno nacional, y por supuesto, la Santa Sede, que tenía la última palabra.
En fin, como decía más arriba, se trata también de la biografía del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, a quien la autora no duda en contrastar con los otros obispos del XIX. Si otros autores habían destacado principalmente a Francisco Pablo Vázquez, obispo de Puebla, como el gran líder eclesiástico de la primera mitad de ese siglo, la profesora García Ugarte hace resaltar al obispo Gómez Portugal de Michoacán, “el grande Portugal”, como no duda en llamarlo en varios apartados. Y por cuanto hace a monseñor Labastida, el contraste es en este caso con su paisano y amigo don Clemente de Jesús Munguía, el sucesor de Gómez Portugal, figura reconocida sobre todo gracias a los trabajos de David Brading. En el balance entre ambos la autora se muestra especialmente enfática: frente a un prelado más bien intelectual en su perfil, empecinado en sus posiciones, como pareciera haber sido el de Michoacán, monseñor Labastida casi se diría que “resplandece” por su capacidad de negociación y su perfil pragmático.
Por todo lo anterior, la obra que comentamos se sitúa en una posición muy original respecto de la historiografía reciente (aun si está claramente influida, aunque hasta cierto punto, por los trabajos de David Brading). Es de lamentarse, en ese sentido, que la autora no haya discutido de manera más constante a lo largo de su texto con esa historiografía, que ella conoce muy bien, según podemos ver desde la introducción, en particular con las nuevas perspectivas de la historia del Segundo Imperio.
Mencionemos por último, que en una obra tan vasta es lamentable, pero comprensible que haya algunos errores tipográficos, si bien en este caso abundan en ambos tomos detalles que los editores pudieron haber cuidado mejor (por ejemplo, abundan los “canónicos” en lugar de “canónigos). Amerita bien por ello una nueva edición, aunque mientras eso ocurre, podemos disfrutar de la actual versión disponible en la Biblioteca Virtual de la Cámara de Diputados, desde donde es posible descargar el tomo I y el tomo II separadamente.
La autora anuncia ya al final de esta obra, que pronto veremos la continuación de su estudio con la gestión episcopal del arzobispo Labastida durante el Porfiriato, y no dudamos que se convertirá junto con ésta en textos fundamentales para el conocimiento del catolicismo mexicano del siglo XIX en el contexto mundial.

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